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(Opinión) Reserva Van der Hammen: vuelve el fantasma de la destrucción

El resurgimiento de la iniciativa confirma nuevamente que en nuestro país, la labor de protección de la naturaleza no puede tener pausa.

J. Orlando Rangel-Ch.
28 de marzo de 2023 - 12:10 a. m.
Opinión: Reserva Van der Hammen: vuelve el fantasma de la destrucción
Opinión: Reserva Van der Hammen: vuelve el fantasma de la destrucción
Foto: Cristian Garavito / El Espectador

Después de las discusiones y debates que se produjeron entre el 2016 y 2018, en la época en que el Dr. Enrique Peñalosa era alcalde de Bogotá y mantenía su viejo anhelo de llenar de cemento el área plana del antiguo lecho del lago de la Sabana de Bogotá, recientemente resurgió el fantasma de intervención bajo la figura de mejorar la movilidad.

Ahora se trata, según los expertos en planificación y movilidad, de lograr la conectividad de las localidades del noroccidente y del norte con “la región y el país”, permitiendo la proyección lineal de la avenida Boyacá para empalmar con la avenida Guaymaral y posteriormente (¿sin definir?) hasta el borde Norte de la capital (POT, 2022-2035). Se logrará de esta manera mágica que el transporte de todo tipo en la Sabana y prácticamente en toda Colombia se mejore.

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El resurgimiento de la iniciativa confirma nuevamente que en nuestro país la labor de protección de la naturaleza (biodiversidad y entorno) es una tarea que en ningún momento puede tener pausa, porque el ritmo de la planificación desarrollista depredadora, sin consideraciones de la calidad de vida y del entorno natural nunca cesa.

Desconcierta la descoordinación gubernamental a todo nivel, en las campañas proselitistas el entonces candidato a la alcaldía de Bogotá y hoy presidente de la República defendió la Van der Hammen con el argumento de ser un pulmón urbano ejemplo para el mundo. La alcaldesa Claudia López en el año 2021, al firmar un acuerdo de conservación, aseguró: “no se autorizará la construcción ni urbanización de un centímetro de la reserva Thomas van der Hammen. Por el contrario, trabajaremos para poner en marcha instrumentos de conservación, para protegerla y consolidarla”.

Curiosamente, en nuestro país se repite la máxima que reza “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. En las postrimerías de la alcaldía de Peñalosa invertimos tiempo, esfuerzos que tuvieron un significado económico para oponernos a sus pretensiones y se logró una audiencia que respaldó estas iniciativas. Ahora, al final de la administración de Claudia López, se presenta un intento similar, como se infiere de las declaraciones de su secretaria Distrital de Hábitat: “sustraer 20 hectáreas de la reserva es mínimo, frente a las cosas buenas que se derivarán. Sobre todo, se permite no frenar el desarrollo del borde Norte”.

Para responder al coletazo de la actual administración distrital, bastaría con enviarle a los funcionarios de la Alcaldía y a los de la CAR, la documentación que diferentes investigadores, conocedores del tema y del territorio en ese entonces, produjeron y que en siete años no ha cambiado.

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Es desconcertante el pronunciamiento emitido por el director de la CAR, Luis Fernando Sanabria: “no se causará un impacto ambiental con la extensión de la vía, no se perderá ningún ecosistema, ya que se afectarán potreros y construcciones”. En su profundo análisis, el funcionario dice que no se puede afectar un parque cementerio ni el cerro de la Conejera, por lo cual, la única posibilidad es autorizar la sustracción de una parte de la reserva.

Hace 6 años se ilustró, con la intervención de los expertos, el papel del territorio delimitado y la manera como, lentamente, con la participación de toda la sociedad, se darían las posibilidades para que se fuera restaurando, recuperando el paisaje original.

Se han tomado acciones en este sentido, convenios con personas y entidades que ocupan parte del área, acuerdos de no progresión de la intervención y la implementación de actividades como investigaciones sobre restauración, jornadas de siembra de especies vegetales, utilización del área como aula ecológica ambiental. Son maneras de expresar la intención de la sociedad para seguir adelante con este proceso.

Las vías de comunicación son la base del desarrollo, pero también se ha comprobado hasta la saciedad que una vía-carretera es el medio por excelencia responsable de la desaparición de todo vestigio natural a su alrededor.

¿Qué significa la intervención con una vía, que rompa la integridad de la unidad de bloque de la reserva?

Las vías de comunicación son fundamentales y son la base del desarrollo, que en ningún momento puede desconocerse. Pero, igualmente, se ha comprobado hasta la saciedad que una vía-carretera es el medio por excelencia responsable de la desaparición de todo vestigio natural a su alrededor. Por tanto, siempre debe existir la necesaria ponderación entre solución-beneficio temporal y costos a largo plazo.

El trazado de la reserva se definió tras detallados y documentados estudios y la decisión fue la opción más apropiada sobre todo el territorio considerado (desde la calle 26 hasta el límite con Chía). El objetivo principal de la reserva era mantener un corredor que sirviera de conexión biofísica entre los cerros Orientales (la zona de recarga del acuífero de la Sabana de Bogotá, la zona plana y el posterior desagüe en el río Bogotá).

Las áreas de protección son la única estrategia viable para contener los avances de la transformación del medio natural por parte del hombre, la reserva funge como una cuña de salvaguarda para detener el proceso de conurbación con los municipios cercanos. Al respecto, conviene traer a discusión un tema similar, pero de carácter nacional y global, particularmente en lo concerniente con la región Amazónica.

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La preocupación actual recae sobre la grave transformación producto de la deforestación por extensión de la frontera agropecuaria, que prácticamente está a punto de extinguir todo vestigio de las condiciones originales de la biodiversidad del piedemonte, particularmente en áreas del Caquetá y del Putumayo.

Una de las soluciones prácticas y rápidas es considerar la extensión de un área de protección o la creación de una nueva área que funcione como una cuña de separación entre dos focos principales, el piedemonte del Putumayo, deforestación del Napo y el piedemonte del Caquetá. Estas áreas de protección impedirían la conexión de los dos frentes de deforestación.

Haciendo un símil con la condición de la reserva van der Hammen, debemos recordar entonces que una de sus funciones es servir de cuña o tapón para frenar el proceso de conurbación. Si se permite la intervención por sustracción de parte del área, es inevitable que todo el sector involucrado se afectará notablemente, reduciendo las funciones para la cual fue creada.

La sustracción de territorio de las reservas es una figura exitosamente empleada por los intereses desarrollistas en nuestro país. Un ejemplo clásico de este tipo de intervención lo muestra la transformación del área original planteada en la Ley 2 de 1959 que creó la reserva forestal de Colombia (51.400.000 ha, acción que nos ha salvado de la destrucción total de nuestro entorno natural).

Hasta 2006, del área inicial se habían autorizado sustracciones para diferentes intereses (carreteras, minería, hidrocarburos) de cerca de 2.000.000 ha, con una tasa de deforestación de 40.000 hectáreas por año. Si esta práctica se hace costumbre y se extiende a situaciones locales, como la intención actual para afectar la Van der Hammen, prácticamente vamos a llegar a la situación puntualizada en el 2018 (Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de abril-junio de 2018).

La intervención-redefinición de linderos de la reserva y la fragmentación del bloque de su área original harán inútiles los procesos de restauración y recuperación de la biodiversidad original, por tanto, no se debe aceptar intervención alguna que conduzca a cumplir con la sentencia: fragmenta y extinguirás. La reserva van der Hammen debe mantenerse en su trazado como unidad de bloque, sin cortes ni divisiones que la sectoricen.

Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.

Por J. Orlando Rangel-Ch.

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German(16340)28 de marzo de 2023 - 03:17 a. m.
La autopista norte está colapsada, nuestras "salidas" son las mismas que en siglo XVIII. La solución no es ampliar más la autopista, se trata de implementar sistemas de movilidad de alta capacidad, preferiblemente férreos, es decir llevar el metro a Zipaquirá, pero indispensable hacer el plan vial del norte, es lo más sostenible en términos ambientales y sociales. Es posible hacer vías de alta calidad urbana -que no sean autopistas-, pero que permitan estructurar el crecimiento fragmentario.
German(16340)28 de marzo de 2023 - 03:14 a. m.
Es importante indicar que la zona norte necesita e desarrollo del plan vial, no se trata del páramo de Chinganza, es un territorio ya urbanizado, y mal urbanizado. La reserva debe ser vista como un gran parque metropolitano que permita integrar la vida urbana y la conectividad ecológica. No se trata de hacer autopistas, pero sí del sistema vial que integre el área metropolitana del norte. Acá pesa la sostenibilidad social, y por ello la movilidad como derecho debe garantizar su implementación.
-(-)28 de marzo de 2023 - 03:13 a. m.
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