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Palacio de San Carlos: la joya desde donde gobernó Bolívar y de la Espriella quiere revivir

De convento jesuita a escape de Bolívar: la fascinante historia del Palacio de San Carlos, el edificio colonial que volvería a albergar el despacho presidencial en Bogotá. Su historia abarca desde los tiempos coloniales y la Gran Colombia hasta el Bogotazo, siendo pieza clave de la memoria política y patrimonial del país.

Camilo Tovar Puentes

28 de julio de 2026 - 07:36 p. m.
El presidente electo Abelardo de la Espriella anunció que despachará desde el Palacio de San Carlos. La Casa de Nariño pasaría a ser un museo.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga
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Cuando el presidente electo Abelardo de la Espriella anunció que, mientras permanezca en Bogotá, despachará desde el Palacio de San Carlos y no desde la Casa de Nariño, la discusión se centró en las implicaciones políticas, logísticas y administrativas de la medida. Además de suscitar el debate por la idoneidad de la propuesta, que ha sido calificada de capricho presidencial y como un paso para la descentralización del poder ejecutivo, también volvió a poner la mirada sobre uno de los edificios más importantes de la capital y de la historia colombiana.

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Mucho antes de convertirse en sede de la Cancillería y décadas antes de que la Casa de Nariño se consolidara como residencia presidencial, el Palacio de San Carlos fue el centro político de la incipiente República, residencia de Simón Bolívar y escenario de algunos de los episodios más recordados de la historia nacional. Para Alfredo Barón, historiador del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), la importancia del lugar trasciende su papel como antigua sede presidencial. El edificio reúne distintas capas de la historia del país, desde la época colonial hasta la actualidad, dónde vuelve a acoger la máxima dignidad del poder nacional.

Mucho antes de ser palacio presidencial

Aunque hoy es identificado por su relación con el poder político, los orígenes del Palacio de San Carlos se remontan al siglo XVI. Según Barón, se trata de uno de los palacios más antiguos que conserva Bogotá (con el Palacio de San Francisco y el de Liévano) y originalmente perteneció a la Compañía de Jesús. Durante cerca de dos siglos funcionó como seminario jesuita, hasta la expulsión de la orden en 1767, dictada por el rey Carlos III, con el objetivo fundamental de diezmar el creciente poder de la iglesia católica frente al gobierno.

Tras ese episodio, el inmueble asumió nuevas funciones. Allí operó la primera biblioteca pública de la ciudad, antecedente de la actual Biblioteca Nacional, y también funcionó una de las primeras imprentas del país. De acuerdo con el historiador, algunos de los primeros periódicos que circularon en Colombia estuvieron vinculados a este lugar. Es decir, antes de convertirse en símbolo del poder republicano, el edificio ya ocupaba un lugar destacado en la vida intelectual y cultural de la entonces capital del Virreinato de la Nueva Granada.

El edificio donde Bolívar vivió, gobernó y se salvó de morir

La transformación definitiva del inmueble ocurrió en los años posteriores al proceso de Independencia, suscitado en la primera década del siglo XIX. Para entonces, buena parte de los edificios que rodeaban la Plaza Mayor —hoy Plaza de Bolívar— se vieron afectados por el terremoto de 1827. El Palacio de San Carlos también sufrió daños y fue sometido a un proceso de restauración, impulsado por su propietario de la época, Juan Manuel Arrubla.

Fue entonces cuando apareció la figura de Bolívar. Según relata Barón, en 1828 el Libertador adquirió el edificio restaurado para convertirlo en palacio presidencial. Desde ese momento, San Carlos pasó a ser la sede del poder ejecutivo de la Gran Colombia. El hecho tenía una profunda carga simbólica. Desde Bogotá se gobernaba un extenso territorio que incluía los actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.

El Palacio de San Carlos se convirtió así en el principal centro político del proyecto republicano que se soñaba Bolívar: la Gran Colombia. “El hecho de que Bolívar viviera en el Palacio de San Carlos y que este fuera el centro político de la Gran Colombia como proyecto de país unitario, le da una importancia muy superlativa que pocos sitios tienen en la historia del país”. ”, resume Barón.

Septiembre negro: la noche en que Bolívar escapó por una ventana

La historia del edificio también quedó ligada a uno de los episodios más dramáticos de la vida del Libertador. Apenas unos meses después de instalarse, Bolívar fue blanco de la llamada Noche Septembrina, el intento de asesinato ocurrido el 25 de septiembre de 1828. El ataque tuvo lugar precisamente en el Palacio de San Carlos, en un punto que hoy es parada obligada para quienes caminan el centro histórico, develando el mapa del pasado.

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El evento histórico es conocido como la Noche septembrina. La placa, originalmente en latín, traduce: "Detente, espectador, un momento y mira el lugar por donde se salvó el padre y Libertador de la patria, Simón Bolívar, en la nefanda noche septembrina. Año 1828".
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

Según la tradición histórica, Bolívar logró escapar gracias a la ayuda de Manuela Sáenz y abandonó el edificio por una pequeña ventana (que hoy da a la calle 10) antes de refugiarse cerca del río San Agustín, en las inmediaciones del actual sector del Carmen. El episodio convirtió al palacio en escenario de uno de los acontecimientos fundacionales de la historia republicana colombiana y contribuyó a consolidar su carácter simbólico dentro de la memoria nacional.

Más de un siglo como sede presidencial

Aunque la figura de Bolívar suele concentrar la atención, la relación entre el Palacio de San Carlos y la Presidencia fue mucho más extensa. De acuerdo con Barón, el edificio funcionó como residencia presidencial desde 1828 hasta comienzos del siglo XX, cuando el poder ejecutivo empezó a trasladarse al Palacio de la Carrera, construido durante el gobierno de Rafael Reyes.

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Posteriormente, algunos gobiernos regresarían temporalmente a San Carlos. Entre ellos estuvo el de Gustavo Rojas Pinilla, que volvió a utilizar el edificio después de una de las múltiples restauraciones que ha experimentado a lo largo de su historia. Así, el último mandatario que despachó desde el Palacio de San Carlos fue Julio César Turbay Ayala, antes de que la Presidencia se trasladara definitivamente a la actual Casa de Nariño en 1979, luego de otra tanda de remodelaciones.

Del Bogotazo a la Cancillería

El siglo XX también dejó huellas profundas sobre el inmueble. Para 1948, cuando se produjo el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y estalló la revuelta popular del Bogotazo, este Palacio ya funcionaba como sede de la Cancillería. Durante los disturbios fue atacado e incendiado por la turba iracunda que salió a las calles a vengar la muerte del caudillo liberal, lo que obligó a una nueva intervención arquitectónica.

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Aquella no fue la única restauración. El edificio había sido reformado en varias ocasiones desde el siglo XIX, tanto para reparar daños estructurales como para adecuarlo a nuevas funciones. Algunas de esas intervenciones, incluso, modificaron elementos emblemáticos de su arquitectura y la imagen del inmueble. Una de las más llamativas ocurrió en 1908, cuando el arquitecto francés Gaston Lelarge añadió un gran balcón a la fachada. Décadas después, durante los preparativos de la Novena Conferencia Panamericana de 1948, ese elemento se retiró para recuperar una apariencia más cercana al carácter colonial original.

Hoy, el conjunto que conforma el Palacio de San Carlos, considerado monumento nacional, y las edificaciones asociadas a la Cancillería, es considerado uno de los espacios patrimoniales más valiosos del centro histórico de Bogotá. La relevancia también se explica por el entorno urbano que lo rodea. A lo largo de la calle 10 se concentran algunos de los edificios más emblemáticos de la historia nacional: la sede de la Cancillería, el histórico Colegio Mayor de San Bartolomé —por cuyas aulas han pasado presidentes, dirigentes y figuras clave de la vida pública colombiana— y el Teatro Colón.

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El último gobierno que despachó desde San Carlos fue el de Julio César Turbay.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

Un debate que reactiva la memoria

Más allá de su valor histórico y simbólico, el eventual regreso del despacho presidencial al Palacio de San Carlos también plantea interrogantes prácticos. A diferencia de la Casa de Nariño, diseñada y adaptada para albergar la operación de la Presidencia, San Carlos es un inmueble patrimonial de dimensiones más reducidas, ubicado en un punto en el que las actividades propias de la presidencia generarían cambios cotidianos importantes.

La movilidad, por ejemplo, es un punto a tener en cuenta. El edificio se encuentra rodeado por calles estrechas, varias de ellas de un solo carril, en donde la congestión es diaria, en un entorno que concentra actividad institucional, universitaria, turística y comercial.

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El anuncio del presidente electo ha reabierto así una conversación que trasciende la coyuntura política. Además de volver a poner en el centro del debate uno de los edificios que sigue albergando la historia del país, plantea preguntas sobre cómo integrar un bien patrimonial concebido para otra época a las exigencias logísticas y operativas de un Estado contemporáneo.

El anuncio del gobierno entrante ha devuelto al Palacio de San Carlos una centralidad que parecía reservada a los libros de historia. La diferencia es que, si en el siglo XIX el reto era gobernar una república naciente desde sus salones, hoy la discusión pasa por determinar si un edificio patrimonial del centro histórico puede albergar las exigencias de una Presidencia del siglo XXI.

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