2 Feb 2021 - 5:05 p. m.

Parque San Marcos, de Engativá, un hogar para los habitantes de calle

Según la ciudadanía, ya se cumplirá un año desde que comenzó un asentamiento de personas en el sector. Denuncian que esto ha incrementado la percepción de inseguridad y temen que sea un foco de contagio de enfermedades.
Manuela Valencia Gómez

Manuela Valencia Gómez

Periodista Bogotá
El parque lleva cerca de 10 meses sin ser visto como una zona de recreación y deporte, desde que se convirtió en el hogar de un grupo de habitantes de calle.
El parque lleva cerca de 10 meses sin ser visto como una zona de recreación y deporte, desde que se convirtió en el hogar de un grupo de habitantes de calle.

El parque San Marcos, ubicado en la localidad de Engativá, a la altura de la Calle 66 con carrera 82, lleva cerca de 10 meses sin ser visto como una zona de recreación y deporte, desde que se convirtió en el hogar de un grupo de habitantes de calle, que se tomaron dos costados del espacio para vivir allí.

En forma de “L” se acomodan más de 15 carretillas de reciclaje a diario, debajo de los árboles que se encuentran en el parque para protegerse de la lluvia. Alí cocinan, duermen, conviven y según denuncia la ciudadanía, consumen droga constantemente.

Los residentes del sector, con el liderazgo de la Junta de acción comunal del barrio San Marcos, han intentado enviar la queja sobre la situación al Distrito, teniendo en cuenta los distintos problemas que les ha generado la presencia de esta población, pero dicen que todos los esfuerzos han sido inútiles.

Y es que más allá de que se ha deteriorado la imagen del parque, que ahora es visto como una “olla” y muchos la comparan con el antiguo cartucho, los líos que ha traído el asentamiento tienen un impacto más grande. Por ejemplo, Luis Carlos Franco, quien tiene sobre la calle 66 un taller de motos, dice que las personas ahora evitan pasar por el sector y esto ha generado que sus ventas hayan disminuido de manera significativa.

“Nos ha afectado porque la gente se siente amenazada, ya que han habido muchos intentos de robo cuando las personas pasan por esta parte. En ocasiones hemos tenido problemas con ellos porque parquean las carretillas justo en frente del negocio, y al reclamarles, vienen agresivamente con palos y hemos tenido que llamar a la Policía”, expresó.

Por su parte, Adolfo Rodríguez, quien dicta clases de fútbol a menores en el parque, asegura que este ha sido el complemento de la difícil situación que ha tenido que atravesar por la pandemia. “Tras de que las cuarentenas y el Covid-19 ya tenían afectado mi trabajo, con estas personas ha sido peor. Los papás no quieren enviar a sus hijos al parque a hacer ejercicio y este es el espacio que siempre utilizamos”.

Asimismo, la trabajadora de un supermercado de la zona dice que se han incrementado los robos, que las personas ponen a pelear a los perros que los acompañan y que no existe ningún tipo de garantías de salubridad para los menores que conviven en este entorno. En resumidas palabras, que la salud pública se ha visto afectada porque es una población que “se tomó el barrio de manera desorganizada sobre todo con la pandemia, por las aglomeraciones y las condiciones en las que viven”.

¿Cuál ha sido el control?

Juan, miembro de la Junta de Acción Comunal, reconoce que hace poco, la voluntad de las autoridades comenzó a tener más fuerza por la insistencia de las peticiones. Sin embargo, denuncia que las medidas no han sido suficientes para erradicar la invasión. Pero, ¿cuál es la ruta a seguir?

La entidad que se encarga de este tipo de intervenciones es la Secretaría de Integración Social, que envía a sus funcionarios para llegar a un acuerdo con la población y ofrecer los servicios sociales que requieran. Sin embargo, la entidad debe respetar la voluntad de las personas y si su respuesta es “no”, los trabajadores no podrán hacer nada para obligarlos a desalojar el lugar.

Esta fue la respuesta que dio el Distrito frente a la situación, argumentando que efectivamente sí ha habido presencia de la entidad, pero reconociendo a su vez la complejidad de trasladarlos.

La Junta de Acción Comunal le dio la razón a la entidad, ya que se ha visto en varias ocasiones que los funcionarios del Distrito llegan a dialogar con estas personas, pero “es lógico que van a preferir permanecer allí, porque pueden consumir droga libremente, cosa que no podrían hacer en un lugar de paso”, dijo Juan.

Ahora bien, según explica la Secretaría de Integración Social, la situación cambia si estas personas comenten algún acto ilícito o de contravensión, ya que en ese momento, es la Policía la encargada de intervenir.

Como se ha evidenciado el consumo de droga y algún hurto que según testigos, han protagonizado los miembros del asentamiento, la Policía ha ido ha dialogar con las personas y algunas veces, les piden que abandonen la zona. Sin embargo, según Juan, aunque se van todo el día, dejando prendas de vestir, basura y la evidencia de las fogatas en el lugar, sobre las 7 de la noche regresan nuevamente hasta que vuelva la Policía a correrlos.

Pese a todos los reclamos, la ciudadanía también sabe que no es culpa de estas personas permanecer allí, que en su mayoría son extranjeros, sino que no tienen otra opción desde que se han intervenido puntos donde frecuentaban como lo era el caño de la calle 66. Además, que siendo un sector cercano a locales de chatarrería, optan por permanecer cerca para ganarse algunos pesos por lo que recogen sin tener que desplazarse por toda la ciudad.

Sin embargo, los residentes del barrio San Marcos se rehúsan a quedarse de brazos cruzados y resignarse estando situación. Por eso, hacen un llamado constante a las autoridades y al Distrito para que implementen una ruta de control más efectiva y así evitar que el barrio siga deteriorándose por las condiciones de inseguridad. Asimismo, piden que entre tanto se garantice al menos una distribución de elementos de bioseguridad para estas personas, ya que temen que sean un foco más de contagio por las aglomerscion que general y al no usar ninguna medida de bioseguridad.

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