El regreso de Diana Ospina a casa, tras ser víctima de hurto y secuestro, reactivó una discusión que Bogotá no ha logrado cerrar en los últimos años: la persistencia del llamado “paseo millonario” (judicializado como secuestro extorsivo) y su impacto en la seguridad urbana. Este caso no es aislado. Se inscribe en un patrón que combina zonas de rumba, app de transporte, taxis abordados en vía pública, hurto de dinero y, en algunos episodios, violencia con desenlaces fatales.
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El caso de Diana Ospina
En la madrugada del domingo 22 de febrero, la diseñadora de modas, de 35 años, salió del club Theatron, en Chapinero. Tras despedirse de sus amigos pidió un vehículo por aplicación, pero canceló y tomó un taxi en la calle. Ese es el error de muchas víctimas: abordar un carro desconocido en zonas de alto tránsito, generalmente de rumba. Sin embargo, las primeras indagaciones sugieren que, en este caso, el taxista también fue víctima.
Cámaras muestran que el vehículo llegó hasta inmediaciones de la vivienda de Ospina, en Engativá. Allí, dos hombres descendieron de otro taxi, se subieron al carro en el que iba Diana y abandonaron la escena. La mujer permaneció retenida más de 30 horas. “En tres horas realizaron 12 retiros. Los ladrones sacaron la plata sin problema. ¿Y la seguridad de los bancos?”, cuestionó Enrique Arango, amigo de Diana.
Tras ser obligada a abordar el taxi que la venía siguiendo, la entregaron a otros delincuentes que la llevaron a una casa, al parecer, para exigir más dinero a sus familiares. Una vez la búsqueda tomó relevancia nacional, los responsables liberaron a Ospina en la vía que conduce a Choachí. Tras ubicar un CAI, fue trasladada a su hogar.
Patrón que se repite
Aunque la modalidad ocurre en distintos puntos, varios casos recientes comparten un origen: Chapinero. Semanas antes del caso Ospina, el profesor Neill Cubides, docente de la U Externado y asesor de la Procuraduría, salió de la Clínica del Country y tomó un taxi sobre la carrera 15. Entre la 1:25 y la 1:51 a. m. se realizaron movimientos bancarios por más de COP seis millones. Horas después, su cuerpo lo hallaron en Usme.
En 2023, el creador de contenido Julián Pinilla, conocido como “El chico de la ruana”, vivió un episodio similar tras abordar un taxi en la calle 85. Le robaron COP 20 millones de pesos. Tal vez el antecedente más recordado ocurrió el 20 de junio de 2013. El agente de la DEA Terry Watson salió de un restaurante en el Parque de la 93 y tomó un taxi. Tras un intento de paseo millonario, lo mataron con arma blanca. 13 años después, el corredor que conecta rumba, transporte y criminalidad sigue activo. ¿Qué falla?
Las cifras del aumento
Según datos de la Policía, en 2025 se registraron 37 casos de secuestro extorsivo en Bogotá. El aumento frente a 2024 fue de 362,5 % (hubo ocho casos). De los hechos registrados en 2025, 32 fueron en vía pública y el arma de fuego se usó en 25 de ellos. Con base en estas cifras, el cabildante Julián Sastoque anunció un debate de control político, señalando que un volumen similar no se registraba desde 2004.
Desde la administración, el secretario de Seguridad, César Restrepo, sostuvo que el incremento obedece en parte a la nueva tipificación penal: el “paseo millonario” dejó de imputarse como hurto y pasó ser secuestro extorsivo, con penas de hasta 42 años. Sin embargo, las cifras del Gaula muestran otra tensión: en lo corrido del año se realizaron cerca de 28 capturas, pero solo tres derivaron en imputaciones.
Las localidades con más casos y un patrón preocupante
De acuerdo con Andrés Macías, investigador de la Universidad Externado de Colombia, las localidades con más reportes de casos de “paseos millonarios” son Chapinero, Kennedy, Bosa, Ciudad Bolívar y Fontibón.
En el caso de Chapinero, la concentración de bares y discotecas crea escenarios donde los delincuentes identifican víctimas en condiciones de mayor vulnerabilidad, ya sea por consumo elevado de alcohol, cansancio o exceso de confianza al estar rodeados de un movimiento constante. En muchos casos, incluso, a las víctimas las eligen al azar, por razones tan variadas como la vestimenta o accesorios que lleve consigo. Por ello, estos puntos siguen siendo los más críticos.
Por otro lado, el 25% de las víctimas de paseo millonario en 2025 fueron mujeres, hecho que da cuenta de que el caso de Diana Ospina no fue aislado y responde a un patrón cada ve más preocupante: la dificultad de toda la ciudadanía, particularmente de las mujeres, de encontrar un transporte seguro.
Más penas, ¿menos delito?
Para Macías, el cambio jurídico es relevante, pero no garantiza la reducción del fenómeno. La estrategia buscó aumentar el riesgo percibido por los delincuentes, pero si es baja la probabilidad de captura, el efecto disuasivo pierde fuerza. Señala, además, un problema técnico: la reclasificación del “paseo millonario” ha generado inconsistencias estadísticas. En algunas bases de datos continúa apareciendo como hurto, lo que dificulta comparaciones rigurosas.
Advierte, además, el subregistro. Aunque se habrían reportado alrededor de 40 casos en 2025, la cifra real podría ser mayor, debido al miedo a denuncia o la percepción de inutilidad de la denuncia. El elemento más preocupante, añade, es el incremento de la violencia. Más allá de lo económico, algunos casos han terminado en homicidios, deteriorando la sensación de seguridad.
Si el fenómeno está territorialmente identificado, cabría esperar una respuesta focalizada. Pero la cadena de prevención y reacción continúa con vacíos. La disuasión es débil, incluso cuando casos como el de Diana Ospina generan atención pública. La reacción policial suele llega tarde. Entre tanto, los delincuentes tienen el tiempo para vaciar cuentas y, en casos extremos, matar a sus víctimas, como ocurrió con Cubides.
A ello se suma una falla estructural: la fragilidad e incompleta integración del sistema de videovigilancia. Lejos de operar como red y en tiempo real, presentan vacíos. La Personería alertó que, a agosto de 2025, el 30 % de las cámaras de la ciudad estaban fuera de servicio. Por su parte, la Contraloría reportó hallazgos fiscales por COP 2.274 millones relacionados con el contrato de mantenimiento.
Andrés Nieto, director del observatorio de Seguridad de la U Central, tiene una lectura de más largo aliento. El “paseo millonario”, explica, no es una modalidad nueva: en Bogotá existen registros desde finales de los años 90, con picos claros entre 1999 y 2000; nuevos repuntes hacia 2010, y una expansión más estructurada en 2015, cuando se consolidaron bandas dedicadas a este delito.
Esa fase logró ser contenida en 2018 mediante estrategias focalizadas, y por años los reportes anuales no superaron la decena de casos. El quiebre reciente, reflejado en las cifras de 2025, no solo rompe la tendencia sino que evidencia, a su juicio, falta de una estrategia consistente en el tiempo. No obstante, sin memoria institucional, sin análisis de patrones y sin prevención territorial sostenida, la ciudad vuelve a enfrentar un delito que se había aprendido a contener.
En ese escenario, el endurecimiento penal y el cambio de tipificación resultan insuficientes si no vienen acompañados de control territorial, capacidad de reacción y sistemas que funcionen. Mientras esos eslabones sigan fallando, el paseo millonario continuará siendo una amenaza latente en la noche bogotana.
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