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16 Oct 2020 - 2:00 a. m.

Patrulla Aérea: la pasión por salvar vidas en lugares recónditos

Desde hace 12 años el cirujano Fabio Grandas dedicó parte de su vida a servir a la Patrulla Aérea Civil, dentro de la cual se enamoró de la aviación. Su historia, como la de cientos de pilotos y personal médico voluntario, refleja la importancia de una labor que se realiza en los lugares más apartados del país desde hace más de 50 años.
Mónica Rivera Rueda

Mónica Rivera Rueda

Periodista Bogotá
En cada brigada hacen cerca de 900 atenciones y 150 cirugías. / Patrulla Aérea Civil
En cada brigada hacen cerca de 900 atenciones y 150 cirugías. / Patrulla Aérea Civil
Foto: Catalina Garcés

“Uno tiene que devolver algo de lo que ha recibido en la vida”, decía el médico Fabio Grandas, quien murió el pasado martes en un siniestro aéreo, junto a su esposa y la niñera de su hijo menor. Esa consigna no solo se evidencia en la serie de reconocimientos que obtuvo como cirujano de trasplantes, sino en la gran labor que hizo como voluntario de la Patrulla Aérea Civil durante 12 años, como profesional de la salud y piloto.

La primera pasión la despertó Grandas en una brigada que acompañó en Timbiquí. Antes de aterrizar se dio cuenta de que la única forma de llegar era por aire o por el río. Así entendió que la visita del equipo médico era importante. Ya en tierra tuvo que atender a una indígena con bocio, un crecimiento anormal de la glándula tiroidea en el cuello, que requería cirugía de tercer nivel, por lo que al operarla se corría el riesgo de que hubiera cáncer y tuvieran que trasladarla a otro lugar.

“Se hizo la cirugía, hicimos una tiroidectomía subtotal (retiro parcial de la glándula), porque sabíamos que esa paciente no iba a tomar la hormona tiroidea en su comunidad. El estudio de patología salió benigno y en su caso se resolvieron las necesidades de la paciente”, indicó Granda en una conferencia sobre la Patrulla Aérea, que ofreció en 2017. Así supo que tenía que seguir ayudando.

Su segunda pasión creció en el camino: pilotar aeronaves. En las brigadas conoció a los pilotos y comenzó a acompañarlos. Su amigo Hans Timcke lo impulsó y pronto comenzó a transportar al equipo en las misiones, como la del traslado de su paciente Kevin, un niño de siete años que vivía en Florencia (Caquetá) y al que condujo hasta la clínica San Ignacio, en Bogotá, en compañía del piloto voluntario Camilo Gutiérrez, para hacerle un trasplante de riñón y de esta forma evitar que fuera cuatro veces al día a tratamiento de diálisis.

En las brigadas Grandas era fundamental tanto en el transporte como en la atención. Pues como parte del equipo, que conforman entre 45 y 65 trabajadores de la salud, tuvo que atender cientos de hernias inguinales, umbilicales y lipomas como cirujano general, o patologías tan comunes como la ligadura de trompas, atención de cataratas, terigios y lesiones en la piel, que ofrecían especialistas en cada una de las jornadas, permitiendo a los habitantes de las regiones apartadas acceder en sus territorios a operaciones y tratamientos que solo tendrían a kilómetros de distancia y tras múltiples visitas al médico.

La Patrulla Aérea Civil fue creada en 1966 con el fin ayudar en la búsqueda de aeronaves perdidas o accidentadas, y por muchos años sirvieron de apoyo al aeropuerto El Dorado. Sin embargo, la historia comenzó a cambiar pocos años después. “Aterrizaban en cualquier potrero y playas, donde empezaron a darse cuenta de las necesidades de las personas”, indica Enrique Martín, director de Operaciones Aéreas y Logística.

Fue así como un día invitaron a un médico a hacer un acompañamiento en una finca en el oriente del país y se encontraron con 80 personas de una comunidad, que habían caminado por días, para recibir atención. Esto los hizo replantear su enfoque. Con los años comenzaron a organizarse mejor: además de adquirir aeronaves especiales para aterrizar en pistas cortas, organizaron la logística que necesitaban para buscar los recursos, apelar al voz a voz para encontrar voluntarios (entre pilotos y personal de la salud) y coordinar las citas de los casi 900 pacientes que atienden gratuitamente en las brigadas, que duran dos días.

Hoy toda esta labor la planean con un año de anticipación, cuando se definen los 12 lugares que visitarán los siguientes 12 meses. A partir de ahí buscan la financiación. “A cada jornada hay que conseguirle un donante, que pueda cofinanciar los recursos para ir al lugar. Por eso se programa con tiempo, para acudir a los privados y a nuestros aliados internacionales”, manifiesta Martín.

Al acercarse la fecha de la misión contactan a las autoridades sanitarias de la zona para hacer un barrido de las especialidades que deben llevar y convocar a los voluntarios. Con esto conforman un hospital de nivel medio, con oftalmólogos, optómetras, cirujanos generales, pediatras y ginecólogos, así como enfermeras, instrumentadores, anestesiólogos, entre otros, para garantizar la atención.

Una semana antes la directora médica de la Patrulla Aérea viaja al lugar para adecuar las instalaciones, pues buscan hospitales de bajo nivel, con salas de procedimientos para partos o heridos, para convertirlas temporalmente en infraestructuras de segundo nivel durante las brigadas, con monitores y los equipos necesario, desde las máquinas para anestesias hasta agujas de todos los tamaños.

En total, siempre buscan realizar entre 150 y 200 procedimientos quirúrgicos a personas que no están amparadas bajo ningún régimen de salud o simplemente no tienen acceso. Además les entregan el tratamiento para garantizar su bienestar a largo plazo. No es un proceso fácil, pues sin las condiciones en muchas ocasiones deben decirles a los pacientes que no tienen capacidad para atenderlos, como ocurrió con Germán Mina, un hombre de 71 años de Tauramena (Casanare), al que no pudieron operar de cataratas, porque tenía diabetes.

Pero no han sido los únicos desafíos. Se han enfrentado a otros, como la articulación de la medicina occidental con la tradicional de indígenas y afros, como pasó en Riosucio (Chocó), donde lograron construir confianza con las comunidades y cambiar la percepción de que estaban allí para imponer sus conocimientos o apartar a los niños con enfermedades crónicas o desnutrición de sus madres. Asimismo, el conflicto armado no ha estado lejos, pues de hecho, por muchos años no solo debieron atender a personas en pobreza extrema, sino a los confinados por la guerra.

“Pero nunca nos ha pasado nada. Siempre nos han respetado y no hemos tenido ningún riesgo. Nos hemos encontrado a los actores armados en el camino, pero jamás nos han amenazado, retenido o nos han quitado parte de nuestros equipos. Esta misión de la Patrulla Aérea ha sido respetada por todos los actores del conflicto del país”, argumenta Martín.

El reto actual ha sido la pandemia. Ante las condiciones de la cuarentena en el país, si bien tuvieron que suspender las brigadas mensuales, siguieron volando para llevar a casi 300 hospitales, en el Pacífico, equipos de protección para el personal médico, se encargaron de llevar pruebas de COVID-19, insumos y sangre a todo el país, y de transportar piel a Valledupar, para atender a los heridos de la explosión en Tasajera, pues a lo largo de estos 54 años también se han especializado en atender emergencias, desde la de Armero hasta la de Mocoa.

Han vuelto con brigadas mucho más pequeñas para llevar programas de salud sexual y reproductiva a municipios como Sahagún, Caimitos, La Unión, Pueblo Nuevo y San Marcos, en Córdoba y Sucre, así como esperan realizar en los próximos días ecografías, pruebas de VIH y sífilis a embarazadas por todo el Pacífico.

“Lo que se hace es por pasión, por construir país y es un granito de arena en medio de todas esas necesidades. Uno no se imagina cómo impacta en esos pacientes”, decía Grandas, quien pese a todo y a la dedicación que les brindó a su familia y a sus tres hijos, hasta el final formó parte de la Patrulla Aérea, con la que sin lugar a dudas compartió todas sus pasiones, que apuntaban a un solo objetivo: salvar vidas.

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