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Por los pasillos de la memoria

Las calles de la ciudad son pasajes inagotables de leyendas, personajes históricos y recuerdos curiosos de sus habitantes. En La Muerte, Las Boquitas Pintadas, La 32 y Careperro siguen vigentes antiguos mitos.

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Diego Rubio / Especial para El Espectador
02 de mayo de 2009 - 10:00 p. m.
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La verdadera memoria está metida entre el piso de adoquín, los portones que chillan cuando alguien entra o sale, los lamentos fantasmagóricos de la noche, las tejas que zumban si el viento pasa, las farolas rotas y olvidadas. Las viejas vías capitalinas fueron testigos silenciosos de la historia. Sólo algunos vecinos, veteranos y creyentes de lo sobrenatural saben escucharlas.

Generación tras generación, ellos repiten las leyendas que bautizaron a algunas de las calles más tradicionales de Bogotá: La Muerte, escenario de brotes inagotables de sangre; Las Boquitas Pintadas, hogar de las putas alegres y los pintores rebeldes; La 32, con aroma de chicha y cerveza; y Careperro, con la paradoja de que ese era el camino de un perro sin cabeza. Hoy en día hay quienes aseguran que su sueño sigue siendo arrullado por esas voces del más allá.

En la Calle de Careperro

Cuentan que por las noches, cuando las calles adoquinadas del centro de Bogotá quedaban vacías y los fantasmas las recorrían a su antojo, el demonio tomaba la forma de un perro sin cabeza y deambulaba incansable por lo que hoy es la calle 15, entre las carreras segunda y tercera. Con el paso de los años, de las décadas, la calle angosta tomó el nombre de Cara de Perro, o Careperro, como la llaman todavía sus habitantes.

“¿Ja, pero cómo así, si el perro no tenía cara?”, pregunta un transeúnte añoso al enterarse de la historia. Tiene traje y corbata. Tiene bolsas bajo los ojos y arrugas bajo del bigote. Tiene un paraguas negro y largo que lleva siempre en sus paseos habituales por La Candelaria. Dice, al igual que algunos de los vecinos, que conoce, que ha visto, almas en pena por el barrio, pero que nunca había oído hablar del perro sin cabeza.

Hoy, tres casas de cuatro pisos y un altillo en forma de triángulo (desde uno de éstos ladra siempre un perro viejo) ocupan el costado norte de la Calle de Careperro. El ladrillo marrón contrasta con los colores vivos y los vitrales. El costado sur lo ocupan dos casonas de paredes grafiteadas y puertas raídas.

Es tan corta y tranquila que los carros la evitan, y sólo pasan por ella familias, estudiantes y turistas. Pero por las noches, cuando todos duermen, dicen los más crédulos, y también los más miedosos, que el diablo retoma su forma de perro descabezado para andar hasta el cansancio por la calle bogotana que bautizaron en su honor.

En la calle 32

La Sancocha, Micoloco, Salchichón, Blanca la Chencha, Grosero, Vikingo, Míster Lilia y el resto de los habitantes milenarios de La Perseverancia coinciden en que el que no entra al barrio por la calle 32 nunca entró. Para ellos, quienes se ganaron sus apodos cuando eran “chinos” y en el sector no se conocía a nadie por su nombre, dicha vía es el punto de encuentro, el desfiladero de reinas y políticos, el “testigo silencioso de la historia”…

La 32 ha sido el eje de La Perse desde su inauguración a finales del siglo XIX (aunque, por cuestiones legales, su registro data de 1913). Fue sobre su loma empinada que el empresario alemán Leo Kopp ordenó levantar las primeras casas del barrio, construidas para que los obreros de su cervecería, Bavaria, no viajaran a lomo de mula desde poblaciones lejanas y llegaran puntuales a trabajar.

La Perseverancia se desarrolló al ritmo de la industria cervecera y, con las cientos de nuevas familias, llegó la peste a la 32: los tubos de desagüe que confluían en la vía enlodada la convirtieron en un basurero intransitable, cuna de ratas e insectos. Pero los vecinos se organizaron y, con piedras que traían desde el río Arzobispo, la empedraron y construyeron un drenaje subterráneo.

Pero no sólo porquería corrió por la 32. También cientos de litros de chicha cuando el gobierno, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, culpó a esta bebida supuestamente “embrutecedora” de la violencia del 9 de abril de 1948 y envió una brigada especial de la Policía a las chicherías de La Perse. Entonces los agentes obedientes rompieron las múcuras y regaron la chicha por la misma calle por la que tantas veces subió el Negro Gaitán para jugar tejo, reunirse con los comandos liberales y salirse por las ventanas a regalar discursos improvisados.


“Gente capaz, gente de angustia, gente tenaz, gente que siente con el alma, gente de perseverancia…”, dijo alguna vez el “Caudillo”, y la frase quedó inscripta en la estatua con su imagen que hoy adorna la calle 32, por donde La Sancocha, Micoloco, Salchichón, Blanca la Chencha, Grosero, Vikingo y Míster Lilia pasan a diario saludando a cualquiera que se atraviese en su camino.

En la calle de La Muerte

En la Bogotá paramosa de finales del siglo XIX, cuando Las Cruces era un barrio de casaquintas apartadas y potreros despoblados, una mujer envolvió a su hijo recién parido en una manta, lo llevó a la orilla de la quebrada de San Jacinto y lo cubrió con piedras hasta que la asfixia ahogó su llanto. Gritando, la madre bajó despavorida y se perdió en la penumbra. Los vecinos más veteranos de las proximidades de aquella cuesta, que luego se convertiría en el pasaje angosto que hoy conocemos como el Callejón de la Muerte (calle 1ªC entre carreras 7ª y 8ª), aseguran que, desde entonces, sus alaridos se escuchan a lo lejos cuando llega la Semana Santa.

Pero la muerte ha estado ligada a ese camino desde mucho antes de darle su nombre. Cuentan los viejos del barrio que una sangrienta batalla tuvo lugar en las orillas del mismo riachuelo: las tropas libertadoras, comandadas por el mismísimo Simón Bolívar, asaltaron a un grupo de soldados españoles mientras se refrescaban. El resultado: una alfombra de cadáveres de los dos bandos.

Con el paso de las décadas, la 1ªC se urbanizó al ritmo de Las Cruces. Cientos de desplazados por la violencia partidista del siglo XX llegaron desde diferentes lugares del país con sus familias numerosas, con sus gallinas, con sus misceláneas y sus zapaterías.

Y, dicen los abuelos, llegaron en los años 60 también hippies con marihuana y “otras cositas” para que la gente se “engrifara”. Algunos de ellos se organizaron en pandillas, se tomaron el callejón y convirtieron sus casas de dos pisos en metederos de droga. Y la muerte, de nuevo la muerte, llegó a una callejuela que para muchos nació maldita. Los procedimientos más comunes de “desaparecimiento”: tiros en la nuca, descuartizamientos y puñaladas traperas.

Un decreto ordenó en 1962 abrir el callejón encerrado para acabar con el vicio y la violencia. Pero el cambio de administración, y otra administración más, y otra, echaron para atrás el proyecto para el que alguna vez fueron destinados alrededor de 1.500 millones de pesos. Hoy, después de cientos de muertos, sólo dos casas quedan enteras. Al resto las tumbaron para abrir una calle de verdad. “Da lo mismo, siempre será un proyecto”, concluye un vecino de Las Cruces que siempre se da la bendición antes de pasar por el Callejón de la Muerte.

En la Calle de las Boquitas Pintadas

No siempre que los hombres casados visitaban la periferia de la Santa Fe colonial, lo hacían acompañados de sus esposas, sus hijos y sus suegras. Algo les resultaba más atractivo que los tradicionales paseos familiares de domingo, más divertido que bañarse en alguno de los riachuelos que bajaban por los cerros nubilosos: la casa de putas del norte que dio nombre a la Calle de las Boquitas Pintadas.

Situada en la esquina donde hoy confluyen la calle 26 y la carrera 4A, en el barrio de La Macarena, la residencia de “vagabundas” fue reemplazada a mediados del siglo XX por dos enormes construcciones: la mole verde del edificio Independencia y la torre KLM, desde donde se ve diminuto el paisaje del occidente bogotano. La serie de edificios de colores de la acera de enfrente, en el costado norte de la 26, se convertiría más adelante en patrimonio arquitectónico y centro de la bohemia de la capital.

Artistas como Fernando Botero, Enrique Grau y Luis Caballero se trastearon en los años 70 a dichos apartamentos y los conectaron por dentro abriendo huecos y clavando escaleras de hierro en las paredes compartidas. Así, ningún vecino necesitaba invitación para asistir a las fiestas habituales, calificadas por los más godos de bacanales. Fue entonces que la 26 dejó de ser la Calle de las Boquitas Pintadas para convertirse en la colina de la Deshonra.

Algunos de los habitantes de siempre de La Macarena recuerdan que Grau y Édgar Negret adornaron con sus esculturas los andenes de la empinada 26. Pero con el paso de los años esos artistas les dieron paso a otros, las obras fueron robadas y la calle, que hoy se caracteriza por su oferta culinaria, quedó vacía. “Ahora los placeres son menos carnales y más gastronómicos”, explica Alfredo Vásquez, dueño del restaurante Vásquez y Cebollas.

Por Diego Rubio / Especial para El Espectador

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