Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Muy temprano en la mañana del miércoles, hombres del Gaula, bajo el mando del coronel Humberto Guatibonza, se apostaron en los edificios vecinos a una casa del barrio Santa Bárbara, de Bosa, en el sur de Bogotá, provistos de sus binoculares para no perder uno solo de los movimientos que se presentaran alrededor.
Una base de datos de posibles secuestradores, los retratos hablados de los sospechosos, la interceptación de celulares claves y la colaboración de la ciudadanía los habían llevado hasta la vivienda de la calle 58B Nº 99C-22. La espera se hacía tensa. Detrás de una de las ventanas aparecía a cada minuto una mujer visiblemente nerviosa. Se veía angustiada en la lejanía de los prismas de los agentes del Gaula, que estaban cerca. Lo sentían.
“Personalmente, me gustan los casos donde están involucrados menores, porque eso facilita mi trabajo. Me explico: los niños tienen un aura especial, una suerte de ángel de la guarda que los protege a ellos y nos guía a nosotros”, dice el coronel. En ese punto, con todas las pistas señalando hacia un solo lugar, los miembros del equipo policial estaban esperando una señal: aguardaban la llegada de un hombre que les daría la plena seguridad de que Joel estaba detrás de los muros de aquella vivienda humilde con la que estaban obsesionados. No se sabe si fue ayuda divina, esa extraña fuerza de la que hablaba el comandante del Gaula, pero la persona llegó.
Lo que siguió, sucedió rápido. Un equipo de entre seis y siete hombres irrumpió en la construcción. Rápidamente, los agentes redujeron a los ocupantes y, para felicidad de todos, encontraron a Joel, el mismo de las fotos que habían empapelado la ciudad desde el día anterior, el hijo de aquel señor angustiado que suplicó en la televisión nacional por la vida y el regreso sano y salvo de su niño.
La historia se había iniciado el miércoles al mediodía. Un taxi de la empresa Computaxis se estacionó frente a la residencia del menor. A bordo del vehículo iban tres hombres armados. La misión: raptar al pequeño Joel, de 22 meses. El método: simular una entrega de un ramo de flores, neutralizar al guardia del edificio y huir con el niño en el taxi. El plan fue ejecutado con maestría. No eran principiantes, sabían qué tenían que hacer.
La noticia resonó como un disparo en los medios. De inmediato los canales de televisión, los portales de internet y la radio registraron el hecho con una mezcla de dolor y repudio. En minutos, la calle tranquila donde vive el menor se convirtió en el epicentro de una emergencia, del drama que capturaba minuto a minuto la sintonía de los bogotanos. Las cámaras comenzaron a rodar, los micrófonos se abrieron.
Las declaraciones no se hicieron esperar. Al frente estaba el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, general Rodolfo Palomino, quien aseguraba que sus hombres estaban trabajando arduamente para establecer el paradero de Joel a
la mayor brevedad. En el fondo de las escenas se vio a un hombre apesadumbrado. Era el padre del menor, Alcides Pinto, quien se despertó esa mañana con un hijo y a la mitad del día no tenía nada.
En las sombras, detrás de los reflectores y los lentes, estaba el coronel Guatibonza, un hombre de 45 años, reservado, quien se gana la vida devolviendo del cautiverio a niños, ancianos, mujeres, madres, esposos y a todo colombiano que es sacado de la tranquilidad de su rutina y sumergido en una espiral de violencia y codicia.
El reloj no se detenía, parecía andar más rápido que de costumbre. El coronel lo sabía muy bien. Pegado a sus celulares, como si estos fueran una prolongación de sí mismo, guiaba la investigación. Los motivos eran, según habían hecho constar los captores, económicos.
No todos los finales pueden ser felices. Este año han sido secuestradas 70 personas. De éstas, 27 han sido rescatadas y dos lograron fugarse. 32 han sido liberadas y dos han muerto en cautiverio. Nueve continúan secuestradas.
Lentamente las pesquisas continuaban. Los retratos hablados eran difundidos en los noticieros de la noche. Junto con ellos estaba la foto del pequeño Joel. Es curioso cómo una foto puede decir tanto de alguien. En la foto el niño sale con un dejo de asombro, de pronto fue la misma cara que hizo al verse en una casa que no conocía, oyendo voces que jamás había oído, jugando con sus improvisados nuevos amigos.
El final
La felicidad no se hizo esperar. La noticia, de nuevo, se regó como el agua. Todo era una fiesta. El niño aparecería, horas después de su rescate, en brazos del general Naranjo, director de la Policía Nacional, al lado de la sonrisa complacida del alcalde de Bogotá, Samuel Moreno.
La imagen que quedaría para el recuerdo sería la de un hombre que recuperó la posibilidad de ser feliz y que besaba sin reservas a su hijo. De nuevo, lejos de las cámaras, el coronel Guatibonza sonreía para sus adentros. Una mezcla de orgullo y tranquilidad lo invadía. Sonó su celular. Contestó y se retiró.