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Se buscan mayores de 100 años

Con motivo de la celebración del Bicentenario, el Instituto de Patrimonio lanzó una convocatoria para encontrar a los bogotanos más viejos.

Santiago La Rotta

17 de julio de 2010 - 04:00 p. m.
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“¿Está perdido? Bueno, ya salgo a la calle para esperarlo. Pare en donde vea alguien con 100 años, esa soy yo”. Después de 100 años, el humor de Eugenia Faccini sigue intacto; el humor y la memoria, en la que están guardados los recuerdos vívidos de la Bogotá de antes, esa de las fotografías con gente elegante que posa al lado del tranvía o en una Plaza de Bolívar con jardines. Claro, la memoria no alcanza para todo. “¿Cómo se llama ese compositor que tanto me gustaba tocar? No era Chopin. No. Déjeme un número que yo me acuerdo más tarde”.

El árbol fue plantado hace un tiempo, mucho, tanto... Pedro Pablo fue llamado por su madre adoptiva, Isabel Herrera. Hoy es más alto que ella y ella cada vez más pequeña. Se abraza al tronco imponente con unas manos fuertes y arrugadas y le habla y lo acaricia, como para pasarle un poco de la energía que le sobra después de 108 años de vida. “Hijo”, dice. Árbol. Hijo.

Son las mismas manos con las que durante buena parte de su vida recibió a los bebés de sus vecinas y amigas en Anolaima, Cundinamarca. Instrucciones para inaugurar una vida: en el momento de las contracciones llame a doña Isabel, espere, mantenga la calma, respire. En el momento definitivo, el instante preciso, no empuje. Primero, beba el chocolate que la comadre le ha preparado y después déjelo todo en sus manos. Tiene claro cuántos años tiene, pero no le alcanza para precisar cuántos niños comenzaron a vivir en sus brazos; el recuerdo tiene sus límites.

Recuerdos. Recuerdos de los viajes en barco: 18 días a bordo para cruzar el Atlántico hasta Génova, Italia, la tierra de los antepasados de doña Eugenia. La travesía se hacía desde Venezuela, en donde atracaban dos motonaves italianas. Horacio y Virgilio eran sus nombres, por supuesto. Tenía 17 años la primera vez que cruzó el océano. La Gran Depresión del 29 comenzaba a insinuarse. Tenía quién sabe cuánto cuando cruzó por primera vez la cordillera en avión desde su natal Cúcuta hasta Bogotá. Eran los días del antiguo aeropuerto de Techo. ¿Se acuerda del viejo aeropuerto?: “No me parecía gran cosa. El viaje en avioneta, ese sí no se parecía a ningún otro. Se movía tanto”.

Doña Eugenia aterrizó en Bogotá hacia mediados de los cuarenta, pocos años antes de que sucediera El Bogotazo y la ciudad pasara de ser un lugar apacible para entrar en la modernidad de la violencia y el caos. Aterrizaron, en realidad: ella y su esposo. Se casó tarde porque tenía que dar con el que era. Ése era. Ése fue. Abogado de profesión, ex magistrado del tribunal de Pamplona, Norte de Santander. De Cúcuta a Pamplona. De Pamplona a Bogotá. De un lugar para otro.

De un lugar para otro, porque se cree que doña Isabel nació en Chucuma, Cundinamarca, pero fue registrada en Villeta y vivió en Anolaima antes de vivir en Bogotá. “Registrada no. Bautizada. En ese tiempo no había registro”. Una de sus 11 hijas corrige. Pareciera plausible. Era el 29 de junio de 1902. 1902. Suena lejano, suena olvidado.

En 1950 doña Isabel, junto con su esposo, compró una casa en el barrio El Claret. Permanecían en ella por temporadas, como si fuera la residencia de campo, de campo en la ciudad. Después de un tiempo, de nuevo para Anolaima. La siguiente vez que regresó a la capital fue con su esposo enfermo, quien murió en 1983. Desde ahí vive con una de sus hijas. Séptima de once hermanos, es la última sobreviviente de su generación en una gran familia que se caracteriza por su longevidad.

Familia. La de doña Eugenia son dos hijos, cinco nietos y un bisnieto. Multiplicados, con el resto del árbol genealógico, llegaron a los 160 el año pasado, cuando celebraron por primera vez los 100 años el 30 de diciembre. A los pocos días vino otra reunión y después otra. Llamadas, felicitaciones, abrazos, lágrimas, besos. La vida se agarra de las manos de esta cucuteña con pasado italiano, quien habla francés, inglés, español y que vive en Bogotá desde que en la ciudad había tranvía y los políticos se paseaban por ahí sombrero de cubilete en la mano.

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Ha sido una fiel residente del Polo, un tradicional sector de la ciudad al que llegó a vivir después de haber estado en Pamplona, acompañando a su esposo, el magistrado del tribunal. Ocupó una de las primeras urbanizaciones construidas con créditos del Banco Central, en los tiempos en los que se podía hacer algo más con el dinero de los bancos más allá de endeudarse. Desde entonces, su casa se convirtió en el epicentro de la vida familiar, el pequeño universo que gira alrededor de los lazos de sangre. “Dicen que la gente vieja sufre de soledad. Bueno, yo no”.

Soledad. Doña Isabel tampoco ha sufrido de eso. Ahí estuvieron los hermanos, ahora están los hijos, las nietas, las fotos, los recuerdos. La vida en pequeñas cápsulas de dicha, como el cumpleaños número 90, celebrado en Europa, o los besos y abrazos que recibió en el pasado, el 108. Sonríe y aprieta fuerte las manos. “La dicha de la familia”, dice.

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“El mundo ha cambiado muy rápido. Mi primer viaje fue en barco porque era el único medio de transporte. Hoy me impresiona la facilidad que tiene uno para comunicarse. Todo va a un paso acelerado. Yo igual me casé tarde, tuve mis hijos tarde y le he dado poca importancia al tiempo”. Doña Eugenia sonríe mientras agarra un merengue más del plato rebosante y lo devora con infantil placer, como si se tratara de un niño de 100 años.

Por Santiago La Rotta

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