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“Yo sé quién soy”: voces de infancias trans y las barreras de un colegio seguro

Una campaña de desinformación nubló la realidad de los colegios, tras un debate que trasciende las creencias. Algunas experiencias recopiladas por El Espectador profundizan lo que hay detrás del documento de la Secretaría de Educación, que orienta a docentes en atención a infancias diversas.

María Angélica García Puerto

06 de marzo de 2025 - 07:08 a. m.
Según la Asociación Estadounidense de Pediatría (AAP, por sus siglas en inglés), antes de la edad de 3 años, la mayoría de niños se identifican fácilmente, ya sea como niño o niña.
Foto: El Espectador
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A principios de febrero, la Secretaría de Educación de Bogotá dio a conocer el Documento orientador para docentes, que protegen la diversidad y combaten la discriminación, guía que brinda herramientas a las instituciones para garantizar entornos seguros, respetuosos y “que promuevan los derechos de las niñas, niños y jóvenes, víctimas de violencias basadas en género y orientación sexual”. Sin embargo, de inmediato, las redes se plagaron de críticas, al decir que era una “imposición de ideología de género en los colegios”.

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Para entender lo que sucede en las aulas y que llevaron a que el documento fuese un mandato de ciudad desde 2016 y el cual, apenas, que se materializó este año, El Espectador recopiló valiosos testimonios para entender lo que sucede en las aulas. La primera parte, fue publicada aquí, con las historias de una docente y dos estudiantes.

En esta oportunidad, hablamos con tres madres de familias de hijos e hijas trans, quienes compartieron sus luchas y lo difícil que resulta ser diverso en entornos escolares, los cuales deberían ser seguros y respetuosos. Aquí la segunda parte de las historias.

“Solamente yo sé quién soy”

Astrid* es abogada constitucionalista, docente, defensora de DD.HH y mamá de dos hijos. Su activismo y academia, le han permitido conocer y apropiarse de los asuntos transversales de la comunidad LGBTI+. Tal vez sin saberlo, esa misma experiencia le serviría en un futuro con su hijo Matías*, un niño trans de 9 años.

Antes de contar esa avalancha de recuerdos imborrables, se toma el tiempo de explicar como la identidad de género no se construye, sino que es innata al ser humano. “Las personas trans que son adultas, fueron niños, niñas y adolescentes trans. ¿Qué es lo que ocurre? Que de pronto crecieron en contextos donde no ha sido respetada esa expresión o no se le ha permitido vivir de acuerdo con su identidad”, dice Astrid*.

Su familia, en un inicio, estaba conformada por dos hijas mellizas. Sin embargo, un día, cuando Matías* tenía 3 años y podía hablar con claridad y expresar ideas, le hizo saber por primera vez como se autorreconocía, gracias a un muñeco bebé calvo que les regaló. “‘Mamá, le cambié esto a mi hermana’. ‘¿Y por qué se los cambiaste?’, le dije. ‘Porque este muñeco es un niño como yo’, respondió. ¿Y tú sabes que las mujeres también podemos vestirnos de azul?, lo cuestioné. ‘Sí, sí, lo sé’, pero este muñeco es un niño como yo’, insistió. Quedé muy pensativa”.

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A partir de esa conversación, Astrid* relata que empezó a observarlo atentamente. Asegura que con los años, empezaba a expresar con mayor claridad y contundencia lo que él necesitaba, como el hecho de que ya no quería ponerse más vestidos de color lila, cuando su color favorito era azul y verde. “Un día les llevé un vestido de Ana y Elsa de Frozen y él se quejó y lo dejó en el sofá. Entonces abrí una bolsa que yo traía y le dije, ‘¿o quieres esta ropa?’ Y le di una camiseta de Olaf y una pantaloneta de Paw Patrol. Cuando él vio eso, le brillaron los ojos. Fue su ropa megafavorita. Nunca lo voy a olvidar”.

Matías*, también empezó a hablar de sí mismo en masculino. A querer jugar con otros niños en el parque, eso sí, con la defensa de su hermana. “Él es un niño con pelo largo, déjenlo jugar”, cuenta Astrid*. Fue entonces que nuevamente, haciendo preguntas a lo que sentía, quiso saber por qué la mayoría de hombres tenían pelo largo. Luego de una buena explicación antropológica por parte de su mamá y procrastinar por algunos días, finalmente una estilista le cortó su cabello amarrado en una cola, mientras en su rostro se dibujaba nuevamente felicidad. “¡Lluvia de cabello! ¡Lluvia de cabello!, decía.

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En su entorno familiar, el apoyo y amor seguían intactos. Y en su círculo social, con otros pequeños, no era diferente. Cuando fue la celebración de su cumpleaños, llegó consigo la decisión de cambiar de nombre. Y luego, el primer día del colegio. Una fortuna que poco niños trans como él, tienen la oportunidad de tener un espacio seguro y empático. “Para que los niños y niñas entendieran todo lo que estaba pasando, la maestra les contó un cuento sobre una niña que quería ser niño y luego mis amigos y mi hermana hicieron un puente con las manos. Yo pasé por debajo para dejar a un lado mi nombre de chica y recoger mi nombre de chico. Y desde ese momento, los niños y niñas y los maestros, me dicen por mi nombre y soy feliz”, cuenta el mismo Matías*.

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Para Astrid*, estaba más que claro. Aunque señala que su entorno le aconsejaba esperar a la adolescencia para apoyarlo en la transición, ella fue firme en responder que “no iba a privar de la felicidad a mi hijo. Y aquí hay que recordar que en Colombia a los niños, niñas y adolescentes trans no se les hacen intervenciones quirúrgicas. Lo que se hace, es que el sistema de salud brinda un acompañamiento a través de bloqueadores hormonales para que no desarrollen los caracteres sexuales secundarios propios de la pubertad y puedan quedar como detenidos en el tiempo hasta que siendo más grandes puedan decidir si usar hormonas cruzadas, es decir, la del sexual que quieren dirigirse. Esto, teniendo en cuenta que ambas cosas son completamente reversibles, no son experimentales y son seguras. El tránsito tiene que ser el ritmo de la persona que transita”, explica.

Y agrega. “La gente le dice a uno ¿como así que su hijo sabe que es chico tan chiquito? La Organización Mundial de la Salud ha dicho, y lo recogió una jurisprudencia de la Corte, que las personas adquieren conciencia de su propio género a partir desde los 5 años. Por esa razón es que las personas desde la infancia pueden hacer su tránsito legal y pueden ir y cambiar su nombre y sus documentos de identidad”.

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Esta abogada y madre, reconoce que Matías* es un niño privilegiado al estar en una institución educativa privada que creó toda una estrategia pedagógica para acompañar la transición de su hijo, “pero eso debe ser un derecho”. Por ello, resalta que la guía “les permita a docentes y directivos tener herramientas para entender la situación. Darle un manejo adecuado. Y apoyar a quienes están siendo víctimas de acoso escolar o a sus familias que no saben qué hacer”.

La hermana de Matías* sabe que “él es más feliz desde que es chico”. Ha sido su apoyo y con quien juega mientras él se imagina que es Spiderman, hace telarañas y ayuda a la gente. Cuando grande, quiere arreglar aviones “porque me gusta el montón de tornillos que tiene”. Y cierra, en su pequeña claridad y conciencia, que es importante que su colegio lo respete en su tránsito, porque “solamente yo sé quién soy”.

Un fallo que deja precedentes

Paula Quintero es psicóloga, consultora de asuntos de género y mamá de una adolescente trans de 16 años, quien inició su tránsito hace 3 años, pero que desde sus 7 “ella se dio cuenta de que había algo con su experiencia de vida, que no tenía cómo nombrar, pero que sentía que algo que no concordaba con ella”, recuerda. Sin embargo, “solamente a los 12 años empezó a hacerse preguntas que nos comunicó más o menos cuando ya cumplió 13 años y lo que hicimos fue acudir a un acompañamiento terapéutico a través del cual ella fue encontrando las palabras”.

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Al tiempo de este espacio, Paula recuerda que también empezó a buscar por su cuenta sobre qué hacer, “porque es un momento de mucha angustia. Hay muchos prejuicios que están instalados en la sociedad sobre lo que significa ser trans”. Google fue la plataforma para indagar “si eso era una decisión o no y si tenía solución o no”. Pero, dice, no encontró más allá de la literatura y ninguna ruta que la guiara. “Si tuviéramos esa guía que existe hoy, nosotras no tendríamos que haber tenido que pasar por todo lo que pasamos, que fue realmente doloroso”, lamenta.

Cuando estaba en séptimo grado, su hija Lorena* decidió contarle a sus compañeros de salón, su deseo de que se refirieran a ella por su nuevo nombre. “Les dijo, ‘¿saben que no quiero que me llamen más él, sino ella?’ Y ellos dijeron, listo. Me equivocaba yo más en mi casa. Incluso un día le dije que se llevara pantalón por el miedo normal a los prejuicios, pero llegó a contarme que le decían que se dejara la falda, que se veía linda”, recuerda con una sonrisa Paula.

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Aunque todo parecía ir marchando bien, esta transición llegó a oídos de la rectora del colegio Liceo Juan Ramón Jiménez, quien terminó “obligando a profesores y estudiantes a que no usaran el nombre y pronombre que ella pedía”, mientras sus documentos de identidad no fueran actualizados. “Lo cual no era cierto. Pero yo no sabía y ella tampoco”.

A esta orden, inició una serie de hostigamientos que, dice, fueron a nivel académico. “Le decían que se portaba mal. Que no estaba rindiendo académicamente”, a tal punto que Lorena terminó hospitalizada por afectaciones en su salud mental y física. Solo entonces, cuenta su mamá, el colegio acepta llamarla por su nombre femenino.

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Cuando pasa a octavo grado y bajo compromiso académico, a pesar de un diagnóstico de psiquiatría, “que decía que la niña estaba inatenta y un psicoterapeuta que decía que estaba afectada porque estaba pasando un momento muy difícil y el colegio no le estaba ayudando”, Lorena llega a contarle que le habían prohibido entrar al baño de mujeres o si ingresaba debía ser con el acompañamiento de otra compañera y no podían entrar a los baños de primaria. “¿Es qué acaso yo que soy?”, cuestionó duramente.

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La gota que rebasó el vaso fue cuando le informaron en 2023, que no sabían si Lorena iba a pasar octavo grado y por ello, tomó la decisión de interponer una tutela para que la institución educativa expidiera un Plan Individual de Acuerdo a los Ajustes Razonables (PIAR), que terminó por fallar en su contra, pues el colegio respondió que estaba dispuesto a realizar esos ajustes. Y así fue. Pero ante la inconformidad, Paula impugnó el fallo, al tiempo que decidió sacar a su hija del colegio, “porque no había garantías, no había voluntad ni condiciones para que ella pudiera continuar en ese colegio de manera segura”.

A las semanas, esta vez el fallo salió a su favor, instando al Liceo Juan Ramón Jiménez a expedir un PIAR más riguroso y capacitara a sus profesores en acompañamiento a tránsitos de género. “Pero contestaron que como ella ya no estaba matriculada, no tenían nada que hacer”.

Este caso fue uno de los revisados por la Corte Constitucional, quien en 2024 emitió la sentencia T-261, reconociendo que el colegio hizo esfuerzos insuficientes y vulneró los derechos de Lorena “la atención y acompañamiento no fue insuficiente únicamente por la falta de adopción de medidas académicas especiales, sino también por la inexistencia, en general, de protocolos y rutas de atención de este tipo de escenarios al interior de la institución”. Ordenando, además, a implementar el “Protocolo de Atención para Situaciones de Hostigamiento, y Discriminación por Orientaciones Sexuales, Identidades y Expresiones de Género Diversas”, de la Secretaría de Educación.

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Lorena está en grado once. Fue promovida dos veces por su buen rendimiento académico. Y hará el discurso de grado. Su mamá resalta que está contenta, pues es una institución que entiende la diversidad como parte de la vida. Aun así, dice, lleva consigo la frustración de haber sido ella quien tuvo que irse.

Luna vanidosa

Olga Guarín es trabajadora, activista por infancias LGBTI y mamá de Luna, una niña con experiencia de vida trans de 13 años y la menor de su familia, “quien llegó a cambiarme la expectativa de la maternidad. Ella fue la que me abrió el camino a entender toda la diversidad que vivimos”, describe sonriente.

Sus primeras manifestaciones de identidad de género iniciaron cuando ella se describía todos los días en femenino, exaltando que era una princesa. Olga le preguntó a una cuñada médica, quien le respondió que eso iba a pasar y solo era una etapa. “Pero ella me expresaba todos los días cómo se imaginaba con cabello largo y mona. Y yo le explicaba que era un niño, que tenía pene. A lo que me respondía que él sabía, pero que cuando grande iba a ser una niña”.

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Los cuestionamientos se sumaron cuando ingresó al colegio y una profesora le habló a Olga porque su hija usaba mucho color rosado, lo que creyó, era motivo de hacerle seguimiento. “Me empezaron a preguntar que si era yo quien le compraba o ella lo pedía. O porqué ella se dibujaba en femenino”. Y es que recuerda que en una ocasión les pidieron disfrazarse de lo que querían ser cuando grandes. Luna, a sus 4 años, decidió que quería ser bailarina, “pero se le colocó una bata y le dije que iba a ser doctor”. “Eso fue otro problema. Que yo la estaba coaccionando porque era lo que me decían. Una vez una profesora de danza me llamó y me dijo: ‘usted sabe que tuvo fue un varón. Hay que criarlo como un varón y si no, se irán al infierno’. Incluso me mencionó que fuera a una iglesia para hacer una cadena de oración y hacer un tipo de exorcismo”, recuerda.

En medio de su angustia, pues le advirtieron que iban a expulsar a Luna, le contó a su prima, quien también estaba en una situación similar, orientándola para que asistiera a la Casa LGBTI Sebastián Romero, donde fue la puerta para encontrar respuestas. Allí le dieron citas de psicología y asesoría legal sobre las garantías que debía brindar el colegio. Sin embargo, las llamadas de atención y reclamos continuaban.

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“Yo en ese momento estaba en un proceso de duelo y me llega esa nota. Y ya estaba cansada que me las enviaran constantemente. Así que fuimos a la peluquería y a la brava le mandaron la máquina. Ella se descompuso. Empezó a llorarme y a decirme ‘¿por qué me haces esto si yo soy una buena niña?’. Fue horrible”, recuerda con tristeza Olga.

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Ese fue el momento en que ella se cuestionó como mamá y decidió no exponerla más. Un viaje fue la excusa de Luna para decirles a sus 5 años que ya había escogido su nombre y que Diego había muerto. “Ella escogió ese nombre por la serie de Disney que ella amaba ver. Sus hermanos y primos lo comprendieron rápido y así empezaron a llamarla”.

Pero nuevamente el obstáculo se presentó en su colegio, pues cuando contaron el cambio de nombre y la sensibilización que iba a realizar una Fundación, la rectora se negó y “me dijo que yo tenía que demostrarles que genéticamente Luna había nacido femenina y que iban a hacer una encuesta a profesores, alumnos y padres, si estaban de acuerdo con su transición” y consigo una serie de prohibiciones: no usar el uniforme de mujer, ni mucho menos caminar así por los pasillos de la institución o no entrar al baño de mujeres sin supervisión de una profesora.

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A pesar de la angustia y el juzgamiento que esto generaba, Olga, nuevamente decidió buscar apoyo, esta vez exponiendo el caso ante la Secretaría de Educación, donde la asesoraron y le ayudaron a encontrar un cupo para Luna y sus dos hermanos en un colegio distrital. “Fue uno de los días más felices que tuvimos. Se ve en fotos lo feliz que estaba con su uniforme femenino. A su directora de curso, le hacían un acompañamiento y la capacitaban cada mes”, relata.

Al anterior colegio privado les fue obligado a cambiar su manual de convivencia. Y a sensibilizar a padres, docentes y directivos, aunque aun la profesora de danza, continúa enseñando allí. Luna es consciente que el colegio en el que estuvo fue el que cometió un error, no ella. Actualmente, cursa octavo grado y está en un espacio libre de hostigamiento. Es vanidosa. Se levanta muy temprano para lograr arreglarse como a ella le gusta, sin que falte algo rosado, por supuesto, pues es su color favorito. Su sueño es ser decoradora de interiores, maquilladora profesional o psicóloga.

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*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los protagonistas de estas historias.

Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.

Por María Angélica García Puerto

Cubre temas de seguridad, primera infancia, educación, movilidad, derechos humanos y género.@_amariag
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