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Una ciudad que se resiste al cambio, que esconde en sus rincones los pequeños vestigios de un lugar trajinado por el tiempo. Así es Bogotá. En sus 475 años, la capital de Colombia ha resurgido de momentos apoteósicos como el Bogotazo y descarados como el carrusel de la contratación.
Esta selección de sitios tal vez no sea la de los más turísticos, pero encierra la magia de una ciudad que compite con el tiempo.
Difícil describir una urbe sin dueño, de todos y de nadie. Un lugar del que sólo podría hablarse con la fortuna o la desgracia de haber crecido viendo el cielo oscurecido por smog, esperando en la ventana a que pasara la lluvia, la soledad en la época de vacaciones, el silencio de las noches, los habitantes de calle caminando sin rumbo, la moda, el asfalto, los zapatos llenos de lodo, los edificios, los bohemios, los cuenteros, las peleas y delante de todo ello la intención primermundista por socavar la esencia a partir de modernos edificios y exclusivos lugares con reserva del derecho de admisión.
En fin, lo artificial también hace parte de un cuerpo, pues como dijo el escritor panameño Carlos Winter, “Bogotá es una ciudad que oculta otra ciudad, como en un interminable juego de muñecas rusas”.
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oguesguan@elespectador.com
@oscarguesguan