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Un hervido en Bogotá: cómo una familia volvió comunidad un rincón del Parkway

En las noches del Parkway un hervido reúne bajo el mismo acento a desconocidos. Karina y su familia trajeron de Nariño una receta que en Bogotá se volvió sustento y encuentro.

Miguel Ángel Vivas Tróchez

01 de mayo de 2026 - 08:00 a. m.
Hijo de Karina llevando el carrito de hervidos nariñenses por el Parkway.
Foto: Santiago Ramírez Marín
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En los 20 segundos que tarda el chapil en integrarse con el jugo hervido de lulo, ya hay por lo menos siete personas, vaso en mano, esperando el tibio susurro nariñense. Cuando la bohemia de viernes en la noche se abre paso por el Parkway, a través de sonidos furtivos y música de ventanas abiertas, Karina sale con su familia a vender un pasaje de nostalgia a la comunidad pastusa de Bogotá.

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En su emprendimiento, que consta de un carro de supermercado, un brasero de carbón y un parlante, que deja escapar guareñas, elimina la barrera de la distancia con el estímulo ineludible del aroma y el gusto.

Los hervidos nariñenses de Karina han cobrado popularidad en la zona por ser —dicen varios pastusos— los más parecidos a los que amenizan tertulias y jornadas de trabajo en el piedemonte de este departamento de la región Pacífica del país. No en vano, basta el asomo del vehículo de Karina para que haya al menos cuatro personas escarbando sus bolsillos para pagar el primer hervido de la noche.

Instantes después, cuando el carro atraviesa uno de los corredores verdes de la ciudad, ya son ocho los que acompañan el recorrido y contando, porque cuando alguien reconoce la música, ve los panchitos (pasabocas de maíz) colgando del carrito o escucha el acento de sus coterráneos, se suma a la pequeña peregrinación.

Karina llegó a Bogotá hace más de una década, con la intuición de que la ciudad podía abrirle camino, pero también con la necesidad de no soltar lo aprendido en casa. Dudó. Pensó en el rechazo, en el frío, en las miradas ajenas y llenas de prisa, propias de una ciudad masiva.

Aun así, tras un periplo con otros emprendimientos, en septiembre de 2025 decidió salir a la calle con su esposo y su hijo a vender una bebida que en Bogotá casi nadie conocía, pero que para ella era memoria condensada de la receta que le enseñó su padre en reuniones familiares, en fiestas donde el hervido era, ante todo, señal de reecuentros. Sin embargo, en la ciudad de los gigantes de concreto, cubierta de luciérnagas artíficiales, se transformó en una forma honrosa de salir adelante.

Karina haciendo el hervido nariñense en la cocina de su casa.
Foto: Santiago Ramírez Marín

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Una jornada de hervidos

Ese mismo fulgor nocturno, de destellos urbanitas, se refleja en el vidrio del apartamento en Teusaquillo, que habita Karina junto con su familia. A pocos instantes de comenzar una nueva ronda de ventas, en pleno desvanecer de los últimos instantes del día, el jugo de fruta —insumo esencial de la bebida— alcanza su punto de cocción justo. Lleva a fuego lento desde las 3:00 de la tarde, bajo la mirada atenta de Karina y su esposo Nixon, quienes se turnan para licuar las frutas y poner el líquido a hervir. A las 6:30 p. m. cada pieza ya tiene lugar: el carbón, las ollas, el destilado, los vasos, y todo se acomoda milimétricamente en el baúl de su carro.

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Y ya, a las 7:00 de la noche, de manera religiosa, el recorrido comienza. A veces deben volver dos o tres veces por más insumos, empujados por una demanda que no siempre anticipan. En una sola jornada Karina y su familia, por ejemplo, pueden vender hasta 240 vasos de hervido.

El dato suena grande y, además, cobra otra dimensión cuando se mira en contexto: en Bogotá, el 90 % de las mujeres emprendedoras, que participan en espacios como ferias y circuitos de economía popular, dependen directamente de su negocio como principal fuente de ingresos, y siete de cada 10 son cabeza de hogar. En promedio, cada uno de estos emprendimientos sostiene hasta tres personas y son el impulso invisible, pero influyente de la economía popular.

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El hervido tiene su historia. Nixon, pareja de Karina, también nariñense, lo explica con orgullo y con un destello inconfundible en su mirada, mientras llena un vaso para otro cliente. “Es una bebida que nace del frío, del ingenio de las comunidades indígenas y campesinas, que encontraron en el chapil —un destilado de caña— una forma de calentar el cuerpo y acompañar la conversación. En su preparación hay variaciones —lulo, mora o maracuyá—, pero la lógica de la bebida es, en esencia, la reunión”, narra. Su explicación, gracias al espejo de lo cotidiano, se convierte en una descripción fidedigna del poder de la bebida en quienes pueden saborearla, incluso a kilómetros de Nariño.

Juan José, el hijo de Karina, lo cuenta desde otro lugar. Para él, el emprendimiento también es aprendizaje, y tiene el orgullo de haber visto a su madre sostener el negocio en medio del frío y la incertidumbre, para luego acompañarla. Entre pedidos y conversaciones aprendió a tratar a la gente, a escuchar y a entender que quien llega no siempre busca solo un vaso. “Aquí nadie es cliente, es amigo”, dice, mientras concluye que, a base de intuición, lo que ocurre en el Parkway no es casual, ya que hay algo en esa cercanía, en ese gesto de recibir, que hace que las personas vuelvan al carrito de los hervidos.

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Nixon tomando un hervido nariñense.
Foto: Santiago Ramírez Marín

La complicidad de compartir el hervido

Nelson, bogotano de nacimiento, pero nariñense por el convencimiento del hervido, menciona que llegó por curiosidad, y lo describe como una constelación más de la galaxia en expansión que es el “parche”. No por la bebida en sí, sino por lo que se arma alrededor: “Lo mejor son las conversaciones entre desconocidos, los amigos y esta rica bebida”, destaca entre risas, mientras habla con otras personas que también llegaron al puesto de Karina para mutar en historias que aparecen sin aviso y noches que se alargan sin plan previo.

Guillermo, quien sí es nariñense, lo ve como un punto de encuentro, en el cual el hervido funge como excusa, no solo para reunirse, sino para redescubrir a cada sorbo fragmentos de su tierra en medio de la ciudad. Por eso cada que vuelve intenta llevar a más nariñenses transeúntes y errantes en la capital.

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A las 10:00 de la noche, cuando las reglas del parque obligan a desmontar, el grupo se mueve unos metros a “La Salita”, un apéndice del Parkway donde la noche no termina y se resiste al alba con bailes urbanos, conversaciones entrecruzadas y la entropía noctivaga. Pero como al final el tiempo termina venciendo cualquier razón, por más inmarcesible que se pretenda, Karina y su familia recogen, organizan y se marchan para planear la siguiente jornada.

Hijo de Karina generando calor para mantener tibio el hervido nariñense.
Foto: Santiago Ramírez Marín

En ese ir y venir se sostiene algo más que un negocio. Se sostiene una forma de estar juntos en la ciudad, una manera de hacer hogar lejos de casa, sin dejar de nombrarla, y de inmortalizarla en cada vaso, antes de que el calor se enfríe. Lo que circula por este barrio no es solo una bebida... es la posibilidad de reconocerse, aunque sea por un rato, en medio del ruido de la gran ciudad.

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Por Miguel Ángel Vivas Tróchez

Periodista egresado de la Universidad Externado de Colombia interesado en Economía, política y coyuntura internacional.juvenalurbino97 mvivas@elespectador.com
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