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Un hotel para los habitantes de la calle

En un edificio de la carrera 13 con 18, zona en la que hay prostitución y microtráfico, la Alcaldía de Bogotá creó un centro de hospedaje para adictos en rehabilitación.

Santiago Valenzuela

03 de noviembre de 2014 - 12:19 p. m.
Un habitante de la calle se dirige a su habitación después de tomar un baño. El hotel tiene 96 camas. /Cristian Garavito
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“Lo más duro de dormir en la calle es el frío; quizá la discriminación de celadores y policías sea peor, o el miedo a despertarse muerto. Y claro, el susto del bazuco, que es el diablo en pasta”. Entre oraciones dubitativas y reflexiones, Diego Orjuela intenta describir lo que está sintiendo. Es jueves, 30 de octubre, y por primera vez está contemplando la calle 18 con carrera 13 desde la ventana de un hotel. Transitó 19 años por allí, acompañó a las prostitutas, robó, se drogó y muchas noches quedó tendido sobre el asfalto.

Son las 9 de la noche. Acaba de tomar un baño, se cepilla los dientes, usa una pijama con el logo de la Alcaldía de Bogotá y se sienta sobre una mesa a mirar de reojo por la ventana. Habla mientras ve el ir y venir de prostitutas y de uno que otro carretero: “Con los años uno se acostumbra a vivir así, porque el ser humano es un animal de costumbres. Puede acostumbrarse a dormir en la calle, a comer de una bolsa. Duraba cinco o seis días sin dormir, sólo consumiendo bazuco. Cuando se pasa el efecto y veía una cáscara de fruta en la calle la recogía y la mordía. Porque uno se convierte en un perro, en un roedor. Comer basura y verse con las barbas largas lo motiva a caer más bajo, a robar. Nosotros, cuando estamos en la calle, somos títeres del diablo”.

Nosotros, repite. Diego Orjuela no es el único habitante de la calle que está mirando la ciudad desde un espacio cerrado. El jueves pasado, 36 personas que han vivido en la calle durmieron en el hotel que la Secretaría de Integración Social diseñó para ellas. Antes era un motel en plena “olla”; ahora es una especie de albergue con 96 camas para quienes han pasado por un proceso de rehabilitación con los programas de la Alcaldía. No deben pagar un peso. La única condición es que trabajen, así sea en el mundo informal.

El primer huésped que subió al segundo piso a recibir la habitación fue Wilson Díaz, un hombre de 36 años que vivió 14 en la calle y hoy trabaja en el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU). El 7 de agosto de 2002, cuando el presidente Álvaro Uribe se posesionó en la Casa de Nariño, Díaz estuvo a punto de morir. En ese entonces vivía en el Cartucho, la olla más grande de Bogotá, donde hoy queda el solitario parque Tercer Milenio: “Cayeron los rockets, en ataque que supuestamente iba dirigido al presidente. A mí me impactaron las esquirlas en la cabeza. Se acabó el Cartucho y empecé a caminar por otras calles de la ciudad, a consumir bazuco y marihuana. Duré ocho meses sin bañarme y los niños pasaban y decían: ‘¡uy!, miren, un loco’. Y a mí me daba algo, como nostalgia”.

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Dos años más tarde conoció los centros de acogida de la Secretaría de Integración Social, donde podía bañarse, comer y, como lo intentó este año, desintoxicarse: “Llevo un mes sin consumir. Con la persecución de la policía, los callejones me llaman a recaer, por eso no es fácil. Hoy me desperté a la 1:30 de la mañana porque no podía dormir pensando en cómo sería esta noche en el hotel”. Se queda en silencio mirando la cama, las sábanas limpias. Abajo, en el primer piso, están la recepción y el comedor. Arriba, los habitaciones, con camarote y baño cada una. Las duchas son colectivas y hay cuartos de ropa en donde guardan las pijamas grises que deben usar. Con sus paredes blancas y fichas para los cuartos, el hotel podría confundirse con un hospital psiquiátrico.

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La apertura de este lugar es un intento del Distrito para renovar el modelo de atención a los habitantes de calle. Muchos de ellos se han quedado 10 o 15 años en los centros de acogida de la Alcaldía sin rehabilitarse. Daniel Mora, subdirector para la Adultez de la Secretaría de Integración Social, dice que las tres unidades operativas que hoy existen para esta población “no son suficientes. Bogotá tendrá 11 centros con diferentes enfoques. Uno para los adultos mayores, que queda en San Bernardo. Tienen equipo médico y la alimentación es especial. Este centro, Humanidad, que ya le dicen hotel, es para los habitantes de la calle que han pasado por un proceso de desintoxicación y están listos para incluirse laboralmente”.

Habrá, también, una academia para los habitantes de la calle, como una universidad. Mora agrega que “otro centro que está en proceso es el de desarrollo individual y personal, enfocado en la atención en salud mental y terapia. En este punto es importante decir que el suministro controlado de marihuana para disminuir los efectos de bazuco es esencial”. Hace falta, sin embargo, que el Congreso reglamente el uso terapéutico de la marihuana.

No todos los huéspedes han dejado las drogas atrás. Álvaro Castro cumplió 50 este año y 35 consumiendo: “Tuve dos vidas. Soy costurero, me despertaba, iba a trabajar, y por las noches salía a las calles a consumir bazuco. Me iba para la 127 con 9ª con la pipa y empezaba a buscar en la basura. Ese era mi viaje. En esta sociedad de consumo la gente desecha todo y yo me encontraba tesoros. El secreto para ir dejando el bazuco ha sido no tomar trago. Sólo fumo bareta (marihuana) y así no me dan ganas de meter bazuco”. Antes de dormir dice que “salir a la calle mañana será durísimo. El ambiente, el chorro (alcohol), las ollas. Quiero pasar mis últimos años sin adicción”.

Es probable que el secretario de Integración Social, Jorge Rojas, entienda las razones de Álvaro Castro para consumir marihuana. Esta semana estuvo en Vancouver, Canadá, conociendo cómo funcionan los centros de consumo, donde los adictos reciben estupefacientes como sustancias sustitutas durante el proceso de rehabilitación. Con la Alcaldía de Vancouver se firmó un convenio para trabajar en temas de prevención, aplicación de la ley, reducción del daño y tratamientos. En los centros regulados de consumo son atendidos cerca de 5.000 adictos, lo que permite, según Rojas, que “la policía se dedique a la inteligencia y a combatir el narcotráfico en vez de perseguir a los consumidores. Los drogodependientes son vistos desde la óptica de la salud pública. Las personas que dejaron de consumir crack (que es el bazuco en Canadá) y pasaron a la marihuana sintieron alivio, redujeron los niveles de ansiedad y agresividad y están en proceso de desintoxicación y tratamiento de recuperación”.

El miedo, los policías, la represión de la gente. Diego Orjuela ve en las calles hostilidad: “Lo sociedad no ha asimilado que la drogadicción nos lleva a muchos a vivir en la calle, a ser agresivos. Y como no lo entiende, cuando tiene problemas oprime al que está en el rango más bajo: al habitante de la calle. Si el celador está estresado, se desquita con el habitante; lo mismo pasa con el policía: si lo regaña el sargento, le da bolillo al habitante. ¿Por qué? Porque para ellos no valemos nada”.

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El oficial Matthew Harty está a cargo de los problemas de tráfico de drogas en Vancouver. Después de la visita de Rojas se interesó por Bogotá y explicará, en la calle del Bronx, el enfoque de seguridad que adoptó la ciudad en la que trabaja. “La drogadicción es la única enfermedad crónica con la cual el paciente es tratado como culpable. En Vancouver el paciente es un ser humano que tiene derechos y deberes y debe ser tratado con dignidad y respeto”, sostiene Rojas.

Si la Policía de Bogotá acepta este nuevo modelo, que hasta el momento ha generado resistencia, dejaría de perseguir a las personas que consumen drogas y en lugar de llevarlas a la UPJ (Unidad Permanente de Justicia) las trasladaría a los Centros de Atención Móvil para Drogodependientes (Camad). Centros que, hasta el momento, prestan un servicio médico primario para los habitantes de la calle. Los casos graves son remitidos a los hospitales públicos de la ciudad. La cobertura es otro tema que deberá discutirse. En 1998, la ciudad registraba 4.515 habitantes de calle y, de acuerdo con el último censo, de 2011, la cifra ascendió a 9.614. La meta de la administración de Gustavo Petro es crear 1.150 cupos en los centros de acogida.

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Sin pensarlo dos veces, Diego Orjuela dice que “la policía es la pesadilla más grande para el habitante de la calle”, y se mira en el reflejo de la ventana: “Uno se ajuicia y se vuelve hasta vanidoso. Cuando llegué me afeité, me puse el piercing, me arreglé las uñas”. Estuvo mirando una hora hacia la calle 18. Mientras, Álvaro Castro, en la cafetería, observaba un punto fijo en la pared. Wilson Díaz intentaba acomodarse en la cama, luchando contra el insomnio y los sonidos del exterior.

Por Santiago Valenzuela

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