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El verde de los cipreses, los eucaliptos y los urapanes que conformaban el gran cobertor natural con el que se arropaban del frío bogotano los cerros orientales, no resultó suficiente para satisfacer el deseo histórico de Enrique Olaya Herrera.
El presidente liberal, no contento con haber ocupado una casilla privilegiada en los memoriales políticos al ser el primer ‘rojo’ del siglo XX en alcanzar el máximo cargo ejecutivo, quiso ser el creador del que en ese entonces se concebía como el gran pulmón de la capital. Quería construir un parque, pero que no fuera cualquier parque. Esta debía ser una obra maestra: “Se trajeron de los Estados Unidos numerosas plantas ornamentales que se requerían para producir ciertos efectos de colorido que no se pudieron obtener con las plantas del país”. Así rezaba uno de los documentos del Ministerio de Obras Públicas que en 1934 pronosticaba el advenimiento de un lugar sin precedentes, con más que verde.
Fue así como durante el último año de su mandato (1934), como queriendo estampar su rúbrica en la ciudad capital, se iniciaron las obras del Parque Nacional. El lugar escogido fue una vasta zona de 283 hectáreas que se debatía entre el frío de 2.600 metros de altura y el helaje de 3.200, en sus puntos más elevados, donde el altiplano dejaba de ser plano para convertirse en ladera montañosa y el río Arzobispo transitaba con timidez. De norte a sur, fue ubicado entre las calles 39 y 36, separado de la urbe por el trazo de la carrera séptima. Sobre dichos terrenos se comenzó a escribir su historia.
En 1938 todo estuvo a punto: el ornato floral importado desde los Estados Unidos, la escolta de la Universidad Javeriana y del barrio La Merced, el canal que acunaba al río, los campos de tenis, los restaurantes, las sillas y los senderos. El Parque Nacional Enrique Olaya Herrera se levantó como un gigante que estaba por crecer.
Montado el escenario, los señores y las señoras de la década del 30 llegaban de tanto en tanto para ver las presentaciones de la Banda Nacional, tomar un día de sol o simplemente a caminar para dilucidar sus recovecos. Con la afluencia de personas también se fue afinando la cosmética del parque. Se diseminaron fuentes de agua por toda el área —duchas de los desposeídos y gracia para los caminantes— y se fueron practicando distintos montajes culturales: desde espectáculos de marionetas hasta bailes tradicionales.
Seis años después de su inauguración se levantó en el parque una estatuilla y un memorial —lienzo de grafitis y recuerdo de un caudillo— de Rafael Uribe Uribe, aquel líder, tutor de Olaya Herrera, quien cayera muerto a hachazos un día de octubre de 1914, a manos de dos trabajadores que parecían ser los mercenarios de una vendetta política. Desde su Italia natal, vino el escultor Vittorio Macho a fabricar la obra al pie de la carrera séptima, construyendo una especie de entrada al parque al que se uniría en 2000 otra pieza artística, engendrada por las manos del cartagenero Enrique Grau.
Fueron varias las parejas de novios, amantes, esposos y concubinatos que dieron vueltas en las tazas de té mecánicas, en la llamada rueda panorámica y en los carruseles que se instalaron en los años 60 muy cerca de la carrera quinta, cuando a no más de 100 pasos de las atracciones se podía dar un paseo por el zoológico.
Varios años de descuido fueron resquebrajando poco a poco la belleza y el encanto del Parque Nacional. El metal de las atracciones metálicas se oxidó y a los animales del zoológico los trasladaron a otros parques. A finales de los 80 y principios de los 90, varios tramos lucían como auténticos muladares: la suciedad campeaba y la inseguridad amenazaba a quienes se atrevieran a cruzarlo. La realidad hacía pensar que había llegado el momento de su ocaso.
Con el debut de Antanas Mockus en la Alcaldía de Bogotá, en 1995, se apostó a la redención del parque con una inyección de $1.500 millones que sirvió para restaurar sus monumentos históricos y abrir las puertas a nuevas canchas de voleibol, a una pista de patinaje y a atracciones especialmente pensadas para los niños.
Hoy por hoy, mientras se celebra su cumpleaños número 75, los señores que vieron nacer y crecer sus árboles y senderos recuerdan como en películas a blanco y negro sus paseos, sus primeros besos y alguna que otra frase romántica que ya no asumen.