Bogotá

12 Feb 2011 - 8:59 p. m.

Una apuesta circense

Sobre el mediodía llegaron a Malagana, apenas con el tiempo necesario para armar el toldo, vestirse y maquillarse.

Fernando Araújo Vélez

Los niños husmeaban por entre los resquicios que dejaban las lonas, y asombrados, irían en la noche a contarles a sus padres que el payaso era un flacuchento muy serio que se forraba el cuerpo con almohadones y sábanas y se había tenido que pintar la cara como tres veces pues el sol hacía que los colores se chorrearan y mezclaran. Las pinturas eran como unas pastas que olían muy fuerte, mamá, y él mismo se las echaba y se veía en un espejito así, como una carta de juego. Exageraban, abrían los ojos, movían las manos entusiasmados, y como si hubieran firmado un pacto, se abstenían de relatar las intimidades de la trapecista, esas eran escenas privadas que sólo comentaban entre ellos, alucinados y revueltos porque ninguno, pese a lo que decían por fanfarronear, había visto jamás a una mujer desnuda. Competían con sus embustes sin dudar de las mentiras de los otros, y todos soñaban con robarle por lo menos un beso a Natascha. Más tarde o más temprano tendría que aparecer la propuesta, y luego, la apuesta: dos centavos al que lo logre.

Juan Carrillo fue el promotor de la idea. Él fue el primero en observar a Natascha, la había observado incluso antes de que llegara pues tiempo atrás, cuando acababa de cumplir los 12, un tío le había descrito con minucias lo que eran los circos, con un punto aparte muy especial para el capítulo de la trapecista. Cuando llegó El Maravedí, Juan convenció a sus cómplices para que espiaran a los payasos. Su verdadera intención era salir de allí hacia el carromato de la trapecista, y luego verla, y por último inventar la apuesta. Si hasta sabía más o menos cómo proceder. Ya en otras ocasiones y por diversos motivos había empleado la misma táctica, que se iniciaba con conseguir alguna alcahueta dentro del sistema por atacar. En el circo había varias opciones, pero él no lo sabía, por eso se le acercó con ojos de ternero degollado a la primera mujer que se cruzó en el camino.

Le dijo que había perdido a su madre muchos años atrás, y que de tanto buscarla y de preguntar y preguntar por todos lados, un viejo muy sabio le había dicho que esa mujer estaba en un circo. Pero cómo se llama, preguntó la mujer, con los ojos igual de húmedos que su interlocutor. Margarita, seño, Margarita Ruiz Díaz, pero ahora yo no sé nada porque en los circos la gente se cambia el nombre, ¿o no? La mujer le respondió que sí, que algunos, por una costumbre muy antigua que comenzó a raíz de una especie de superstición, y que luego se fue adoptando para atraer al público. Por lo menos eso era lo que ella creía. Juan sollozaba. Era especialista en provocar compasión, un artista hecho a su propia medida en caminos de herradura, polvorientos y calientes, sin más maquillaje que esa misma tierra que recogía y se untaba en los pómulos o en las manos según las circunstancias y sus objetivos. La mujer le creyó todas sus historias, pese a que había jurado no volver a creer de plano en los seres humanos. Lo invitó a almorzar y le prometió que después de la función de las cinco le tendría la información que requería. Ay, seño, gracias, no sabe cómo le agradezco, pero si es ella, usted sabe, no sé cómo decirlo, ¿podría arreglarnos una cita a solas?

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