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Una noche en el Simón Bolívar

En urgencias se respira el mismo ambiente que sale a flote en las fiestas decembrinas. “En días como estos, de amor y amistad, la gente celebra por lo alto y los resultados siempre son nefastos”, comenta una de las enfermeras, mientras alista la sala para la que, sabe, será una larga jornada.

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Alejandra Rodríguez
11 de octubre de 2008 - 01:32 a. m.
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Y no se equivoca. A las once de la noche ingresa el primer paciente. Una herida que le compromete tres cuartas partes de su rostro y que además de permitir vaticinar una gran cicatriz, ha tocado los nervios faciales, que más adelante le impedirán, por ejemplo, volver a sonreír. La sangre que desprende la herida mancha un arrume de sábanas del Hospital Simón Bolívar y salpica el blanco extremo con el que el pabellón de urgencias espera cada jornada.

El avanzado estado de embriaguez del hombre le evita sentir dolor, le impide dar su nombre completo e incluso, dejarse atender. En varias ocasiones se arranca la aguja del suero de su brazo derecho e intenta atacar al personal médico. Sólo un fuerte sedante logra calmarlo. De él sólo se sabe que se enfrentó con otro borracho y, en medio de la pelea, una botella rota le dejó la cara bañada en sangre, dijeron  algunos testigos a los oficiales. El hombre siguió luchando hasta caer inconsciente en medio de la calle.

Los vendajes eran insuficientes para contener la sangre. Mientras ésta, gota a gota se escurría por la camilla hasta el suelo, las puertas de vaivén de la sala de urgencias no paraban de abrirse y cerrarse. Casi que en estampida llegaban y llegaban camillas. “En una noche podemos recibir hasta 53 personas que llegan acá por algún evento relacionado con el trago”, relataba el doctor Luna, jefe de urgencias en la noche del Amor y la Amistad. El común denominador de cada una de las tragedias de la noche es el licor. Siempre, sin excepción, detrás de cada camilla va una mujer, presurosa, angustiada, disgustada e impotente.

Perdón mi amor. Feliz Día del Amor y la Amistad”, le gritaba Lorenzo en medio del pasillo a su esposa. Ella lo esperaba para ir a algún lugar a celebrar la fecha y el descuidado marido se enredó con algunas cervezas. Camino a casa, cuando iba en su bicicleta, rodó y se fue de bruces. Una fractura en el brazo y varias heridas en la cara le impidieron llegar a la cita.

Al fondo del pasillo se encuentra Roberto. Su mujer no le permitió entrar a la casa porque llegó tarde y borracho. Intentó trepar la enredadera que daba a la ventana de su amada. En su intento se descolgó y al final quedó tendido en el piso con una fractura en el fémur. Casi al mismo tiempo otro hombre, don José, vigilaba la camilla de su hijo de 17 años. Para celebrar el Día del Amor y la Amistad lo había invitado a unos tragos en una tienda de barrio.

El final de la historia: el muchacho, envuelto en una riña que no era suya, y un pulmón comprometido por una profunda herida de cuchillo. Mientras la madre del joven se debatía entre atender a su hijo o confrontar al ya desvanecido padre, el sonido de la ambulancia a lo lejos estremeció de nuevo al cuerpo médico. Una joven de 18 años ingresa, aparentemente, víctima de una falla cardíaca. Al final, la familia recibía el verdadero diagnóstico: estaba perdida de la borrachera.

Por Alejandra Rodríguez

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