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Una plaza soberbia

Era el 5 de octubre de 1816. Pablo Morillo, jefe del ejército expedicionario pacificador, decidió que debía darle una lección al pueblo.

Vannesa Romero

25 de octubre de 2008 - 05:00 p. m.
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Colgó el cuerpo del prócer Camilo Torres, pues  nadie tenía derecho a oponerse a sus designios. A ello se sumó la muerte de  Policarpa Salavarrieta, La Pola, un año más tarde (14 de noviembre de 1817), determinada en un consejo de guerra en el que todos, defensores, fiscales, acusadores, testigos y detractores, eran subalternos de Morillo. Los dos hechos sucedieron en la Plaza Mayor. Ese mismo día otros  personajes perdieron la vida frente a cientos de espectadores: Alejo Sabaraín (el novio de Policarpa), Manuel Rodríguez Torices, Antonio Baraya y el conde Felipe de Valencia.

En 1847, la plaza cambió su nombre al actual. Pero sólo el nombre fue diferente, la historia siguió siendo la misma. El 6 de noviembre de 1985, 28 guerrilleros del M-19 irrumpieron en el Palacio de Justicia dispuestos a todo, a sangre y fuego, y de ambas cosas hubo. Para la historia quedaría la llamada que Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia, le hizo al presidente, Belisario Betancur: “El Presidente está en una reunión y no lo puede atender”, dijo en ese entonces una voz anónima del Palacio de Nariño. Al final del día había 50 cadáveres y del edificio, máximo símbolo de la justicia, salía un humo espeso, triste.

Por años, la Plaza Mayor ha acogido las voces de miles de protestantes que exigen, a voz en cuello, sus derechos. En abril de este año, cerca de 250 desmovilizados intentaron tomar la Catedral Primada. Buscaban garantías para una vida mejor, digna. Como respuesta, la mitad de sus peticiones no fueron atendidas. También están las madres de los secuestrados que llegan, con religiosa puntualidad desde hace casi tres años, todos los martes. Se plantan de 10:00 a.m. a 2:00 p.m., como si se tratara de una rutina laboral, a pedir por el regreso de sus hijos, perdidos en la espesura de la selva. Los transeúntes tienden a ignorarlas. Algunos, con un dejo de fastidio, les responden que de nadie fue la elección de enfilarse más que de sus hijos.

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Hasta la plaza también llegó el profesor Moncayo, quien pidió dialogar con el presidente Álvaro Uribe. Después de una discusión, el mandatario se mantuvo en su posición de decirle no al acuerdo humanitario. Hasta ahí llegó el entusiasmo y la esperanza que encarnó Moncayo durante su marcha hasta la capital.

Por esta plaza, con más de 470 años, han pasado tres personajes que la han llenado: Jorge Eliécer Gaitán, el general Gustavo Rojas Pinilla y el Pontífice Pablo VI. Voces de dolor inocente, voces de arrogancia dictatorial, actos impositivamente beneficiosos que mezclan los poderes de quienes toman gran parte de las decisiones. Poderes que suelen caer en el menosprecio del otro sin reconocerlo. Llegan a ser soberbios y, como dicen las sagradas escrituras, esta es la raíz del mismo pecado.

Por Vannesa Romero

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