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Vivir en la ribera del río Bogotá

Según la Empresa de Acueducto, más de 1.500 familias habitan en la ronda de este caudal. Todas están en riesgo de una inundación.

Vanessa Romero Castrillón

08 de agosto de 2008 - 09:42 p. m.
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Como si tuviera completa conciencia de que algún día el agua escaseará, Jonathan toma un poco de una taza de plástico y comienza a lavar cuidadosamente su cuerpo. A los ocho años le gustaría jugar y jugar con ella y pensar que nunca se acabará. Se agacha, estira los brazos, levanta una pierna y hace cualquier maroma para no derramar agua en sus pantaloncillos, ya que su madre, doña Janeth, lo castigaría fuertemente si llegara a mojar el único bóxer que tiene.

Cuando termina de bañarse, sale corriendo a su cuarto de cartón y tablas para secarse y seguir jugando al caballito con los marranos que están en el corral. Él y sus cuatro hermanas juegan y se botan en el pasto como si nada pudiera superar esa felicidad. El día es tranquilo, como la mayoría de los 11 años que esta familia lleva viviendo en la ribera del río Bogotá.

Cerca del barrio Las Palmitas, en la localidad de Kennedy, existe una especie de vecindario de cuatro casas construidas a unos 60 metros del caudal. En una de ellas vive doña Janeth con cinco de sus siete hijos. Los dos mayores se independizaron hace poco. Ella se rebusca el sustento diario trabajando en casas de familia por días, reciclando o cuidando los más de cien animales, entre cerdos, vacas, caballos, ovejas, perros y gallinas, que tienen las familias asentadas allí.

Desafortunadamente ninguno es de ella, pero a cambio de cuidarlos puede vivir en una de las casas. “Acá todos somos de la misma familia”, asegura esta madre proactiva, mientras juega con Juana, la french poodle que le regalaron unos “patrones ricos” que tuvo hace un par de años.

El cuidado de los animales no se resume en alimentarlos. La semana pasada una de las 20 vacas que cuida doña Janeth desapareció. Horas más tarde su hermano y vecinos del sector lograron recuperarla en el garaje de una casa del barrio vecino.

Después de engordar los marranos durante un año, esta mujer de 45 años, que aparenta más edad por la vida desafortunada que ha tenido, debe estar pendiente de las vacunas de los animales y de venderlos al mejor precio. Entre $300.000 y $400.000 cuesta un cerdo bien alimentado. Las ganancias se quedan entre los dueños y a ella, que cría y cuida y alimenta sin falta a los animales, no le toca ni la tercera parte del dinero.

“Yo no me varo, en la temporada de noviembre me pongo a reciclar, porque como la gente saca todo para comprar y estrenar, nos va bien. A veces, también me pongo a ‘cajoniar’ (comprar y vender cajas de cartón) o trabajo en restaurantes”, dice doña Janeth.


Asimismo, se las arregla para no quedarse sin agua. Pocos días después de asentarse en aquel lugar los vecinos la ayudaron a conectarse al acueducto, sin pagar, sin recibir facturas cada dos meses. Así han vivido ellos siempre. Con el agua que recoge en un enorme recipiente, la familia cocina, se baña, lava la ropa, les da de beber a los animales. Todo a “baldados”.

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La vida misma le ha enseñado que las cosas no son tan fáciles. “El papá de los niños murió hace cuatro años y yo estoy viviendo con un señor. Él es inválido de una piernita, la perdió en un accidente”, por esta razón los compromisos económicos, que son casi todas sus obligaciones, los tiene que asumir prácticamente sola.

Dos años atrás doña Janeth viajó a Medellín con el padrastro de sus hijos. Iba dispuesta a conseguir trabajo para volver por sus hijos, pero al regresar se encontró con la sorpresa de que sus cinco niñas, todas menores de edad, estaban en el ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar). Después de tres meses pudo recuperarlas. Tuvo que hacer decenas de filas, llenar papeles y firmar documentos para demostrar que no las había dejado abandonadas y volver a estar con ellas.

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Luego volvió a Medellín junto con sus hijas. Al parecer su mala suerte fue la misma, no logró encontrar trabajo y tuvo que volver a la ribera del río Bogotá.

Ninguno de sus niños estudia. Ella dice que le quedó grande la educación de los niños porque no hay plata, porque un día no los dejaron entrar al colegio y ella no protestó. “Ahora no está ninguno estudiando, no sé por qué me los sacaron de estudiar”.

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Su hermano Jaime, que también invadió la orilla del río porque no había que pagar ni arriendo ni impuestos, la ayuda con el dinero que obtiene trabajando en la Avenida Ciudad de Cali con la calle 38, donde les señala a los vehículos el momento preciso para hacer un cruce.

Don Jaime, quien vive a unos metros de su hermana, lleva 17 años disfrazándose con peluca para regular el tráfico en este punto del barrio Las Palmitas. “Empecé cuando no había semáforos acá, y aún lo sigo haciendo porque me gusta”, afirma sonriendo, mientras comenta con orgullo que hasta ha salido en televisión.

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Jaime y Janeth viven en una terreno que no les pertenece. Vivir en la tierra de nadie trae sus problemas. Hace tres años, Jaime casi pierde la vida junto con su casa. “Me hicieron un atentado, me quemaron la casa por no entregarla. Era la una de la mañana, nos encañonaron y le metieron candela al rancho. Eran encapuchados vestidos de militares”, cuenta don Jaime con voz temblorosa, al recordar que justo por esos días su esposa estaba a punto de dar a luz.


Según rumores que circularon por el barrio, todo fue un plan del amante de la dueña del predio, quien quería recuperar las tierras que ahora le pertenecían a él también. Al hombre le decían El Negro y ya tenía antecedentes delincuenciales.

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Esa madrugada vio cómo sus pertenencias desaparecieron en medio de las llamas, vio cómo el fuego se acercaba al cilindro que tenía al lado de la cama y cómo, por obra de un milagro, cesó antes de tocar el tanque. “No nos quedó nada, todo se quemó, hasta los animales. Lo único que rescatamos fue una bandera de Colombia”.

Gracias a la colaboración de algunos compañeros recicladores, don Jaime reconstruyó su casa con tablas, latas y tejas. “El Estado no nos ha colaborado con nada, sólo los vecinos nos ayudaron. Nadie nos avisó antes que teníamos que desocupar”.

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Sus vidas no solamente se ven amenazadas por los actos violentos de personas como El Negro. La naturaleza misma las ataca con mosquitos, enfermedades, fiebres, inundaciones y toda la contaminación que trae el río Bogotá.

En este punto del caudal la contaminación ambiental es tan extrema, que se refleja en el cuerpo de los habitantes del caudal. Su piel es seca, su cabello luce opaco y amarillento. Los pequeños tienen indicios de desnutrición.

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Pese a esto, se sienten tranquilos en este lugar. “Acá es más seguro, uno vive relajado, nunca hay problemas”, comenta Íngrid, una joven, vecina de doña Janeth. Ella, que nació hace 16 años en este sitio y cursa octavo grado en un colegio de Kennedy, dice que prefiere vivir en la ribera del río que en medio de las calles, donde se esconden delincuentes, e indigentes desarman a los policías y matan a las mujeres.

 

Por Vanessa Romero Castrillón

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