No es una novedad, pero hay que insistir: hasta en la calidad del aire que se respira en Bogotá hay una brecha y una clasificación por estratos. Mientras en los cerros orientales y el norte la calidad del oxígeno suele mantenerse en estándares aceptables, el suroccidente vive una realidad distinta. Localidades como Bosa y Kennedy son el epicentro de una inequidad ambiental histórica: allí se concentran los vientos que arrastran la polución de toda la ciudad, el mayor flujo de transporte de carga pesada y un déficit crítico de zonas verdes y vías sin pavimentar.
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Allí la exposición al material particulado no es una cifra estadística, sino una amenaza cotidiana que marca la salud de miles de familias. Para afrontar este panorama (en el que una política seria puede tardar en cuajar y dar resultados visibles unos 15 años) la Zona Urbana por un Mejor Aire (ZUMA) Bosa-Apogeo es la apuesta a largo plazo del Distrito para nivelar la balanza en un sector donde el asfalto y el hollín han ganado la partida por décadas. Para que el programa funcione debe estar en constante ejecución.
Una de las novedades asociadas a este plan se inició esta semana en un lugar simbólico: el Cementerio del Apogeo. Allí, un microsensor de última tecnología ha empezado a operar como centinela encargado de medir minuto a minuto la concentración de contaminantes en los predios del cementerio. Si bien allí las concentraciones suelen ser bajas, su cercanía a la Autopista Sur y a otras vías y focos de emisiones lo hacen un punto clave para medir el impacto micro de la estrategia ZUMA.
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De Londres a Bosa: el escudo contra el PM 2.5
El concepto tiene sus raíces en el Londres de 2015. Ese año, la capital británica comenzó a estructurar unas “zonas de bajas emisiones” ante la evidencia científica de que el material particulado (PM 2.5) estaba enfermando a la población, particularmente a niños y adultos mayores. En Bogotá, esta necesidad se tradujo en el Decreto 459 de 2023, que dio vida a las ZUMA como un marco de intervención interinstitucional. La adaptación local se aleja del modelo inglés.
“Las necesidades de Londres y Bogotá son distintas. Aquí las brechas socioeconómicas, de vulnerabilidad y falta de ascenso tecnológico en los carros exacerban el problema”, explica Andrea Corzo, directora de Asuntos Ambientales, Sectorial y Urbana del Distrito. Mientras en Europa se discute sobre maquinaria eléctrica de última generación, en el suroccidente de Bogotá la lucha es contra el “black carbon” (hollín) y el polvo suspendido de vías sin pavimentar.
El detalle de los microsensores
El piloto arrancó con un polígono de 228 hectáreas comprendido entre la Autopista Sur, el río Tunjuelo y la avenida Bosa. Una novedad tecnológica que busca cambiar realidades en la ZUMA Bosa-Apogeo es la transición de las grandes estaciones de monitoreo a una red de microsensores. Bogotá ha pasado de tener 17 de estos dispositivos a una red de 75 en toda la ciudad. Con la instalación realizada en el Cementerio del Apogeo, esta zona específica completa nueve sensores operativos.
A diferencia de las estaciones tradicionales de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá (RMCAB), estos dispositivos miden el “microambiente” en un radio de acción local. Esta precisión permite saber qué respiran exactamente los niños de un jardín infantil o los transeúntes de un punto crítico de tráfico, por ejemplo. “No es ponerlos en cualquier parte; se ubican donde las mediciones oficiales nos muestran que hay afectaciones importantes”, señala Corzo.
La naturaleza, víctima silenciosa
Germán Darío Álvarez, subdirector técnico del Jardín Botánico, define dos conceptos clave: Renaturalizar (volver blanda una superficie muerta e impermeable) y reverdecimiento (enriquecer la biodiversidad para evitar monocultivos vulnerables). Álvarez advierte que los árboles también sufren: “Se enferman por el calor, el material particulado y la falta de agua”. En Bosa, la plaga de la “chamusquina” ataca a las plantas debilitadas. Para combatirla, explica el subdirector, se introdujo una mixtura de 10 especies —cedros, mangles, robles y pinos romerones—, buscando establecer un escudo sanitario. “Así, si una plaga ataca a una especie, las demás mantienen la barrera física contra el polvo y el ruido”.
Bajo el concepto de “Suma 1000”, y teniendo en cuenta la urgencia de cubrir más puntos, el Distrito extendió el radio de intervención un kilómetro adicional, impactando la confluencia de Bosa, Kennedy, Tunjuelito y Ciudad Bolívar. Se busca incluso una conectividad ecológica entre el humedal Tingo Azul y el parque Timiza para potenciar el regreso de aves y polinizadores.
La estatura del riesgo: el aire que respiran los niños
Uno de los datos más reveladores de la intervención en el Barrio Olarte tiene que ver con la estatura de los más vulnerables. Según el vocero del Jardín Botánico, el polvo que se levanta en las vías sin pavimentar (o material resuspendido) suele distribuirse hasta una altura que no sobrepasa el metro. “Ese metro de altura está justo al nivel de los niños. Son ellos los que tienen el contacto principal con el contaminante”, advierte Álvarez.
Por ello, la estrategia en el Jardín Infantil Olarte incluye no solo huertas urbanas, sino una franja verde perimetral de aislamiento. Actualmente, la ZUMA cuenta con 17 huertas y proyecta llegar a 30, involucrando a la comunidad en el cuidado del aire a través de la tierra. No obstante, el reto social persiste: el manejo de residuos y el vandalismo amenazan estos nuevos pulmones.
La prueba de fuego: 80 % de incumplimiento en las vías
A pesar de los esfuerzos de renaturalización, la realidad de los motores Diesel sigue siendo el principal cuello de botella. En los operativos de control de fuentes móviles realizados en la zona, la cifra es contundente y desalentadora: el 80 % de los vehículos que pasan a prueba de gases no cumplen con la norma ambiental vigente. Esta estadística revela que, mientras la ciudad instala sensores de alta precisión y siembra barreras biológicas, el parque automotor de carga que atraviesa el suroccidente sigue operando con tecnologías obsoletas y un mantenimiento precario. Es aquí donde la ZUMA se enfrenta a su mayor contradicción: la ciencia detecta el veneno, la naturaleza intenta filtrarlo, pero la fuente emisora sigue volcando hollín a una tasa que desborda cualquier capacidad de mitigación local.
El veredicto de la calle: entre el sensor y el hollín
Aunque el humo negro es el culpable visible, el inventario de emisiones de 2023 confirma que la principal causa de PM 2.5 en el sector es el polvo de las vías. “Al pasar los camiones, se levanta terrible; uno siente cómo se le pega a las manos y la cara”, relata Andrea Corzo. Por ello, la pavimentación se convierte, paradójicamente, en la medida de salud preventiva más efectiva.
El éxito de la ZUMA Bosa-Apogeo no se medirá solo por los 355 nuevos árboles o los sensores como los que se instalaron en el cementerio. Se medirá en la voluntad política para renovar el transporte de carga y pavimentar los “residuos” viales que hoy asfixian al barrio Olarte. Por ahora, el microsensor del Apogeo parpadea en silencio, registrando una verdad que los habitantes de Bosa conocen por instinto: en el sur de Bogotá, cada bocanada de aire limpio es una victoria que se le arranca al cemento y al olvido.
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