10 Jan 2021 - 2:00 a. m.

Al nuevo coronavirus también le gustan los paseos en carro

Este puente de Reyes varios millones de personas viajarán por todo el país. Los carros y buses pueden convertirse fácilmente en un foco de contagio. Evite terminar las vacaciones en un hospital.
Pablo Correa

Pablo Correa

Editor Vivir

Daniel Bernal es un ingeniero electrónico bogotano que hace más de diez años comenzó a preocuparse por la suerte de los humedales de Bogotá. Había escuchado que esos ecosistemas eran importantes para limpiar el aire de la ciudad, pero no entendía muy bien cómo lo hacían, así que se propuso estudiar por su cuenta el asunto.

Como siempre ocurre con las personas curiosas, un tema lo fue llevando a otro. Hacia 2013 o 2014, ya no lo recuerda bien, se intensificaron los debates sobre la calidad del aire en las ciudades, y como ya venía con el cuento de los humedales, aprendió rápidamente los conceptos básicos sobre material particulado. El siguiente paso, porque es un gomoso de la tecnología, fue importar unos sensores baratos desde China para hacer sus propias mediciones. Tras subirse a Transmilenio con uno de esos aparaticos quedó pasmado al ver que el registro de contaminación era hasta diez veces superior comparado al que registraba afuera de una estación.

Desde entonces ha seguido cacharreando con medidores de calidad de aire, trabajando con grupos de ciudadanos interesados en el tema, puliendo gráficos y comparando datos. En pocas palabras: haciendo ciencia ciudadana. El año pasado, cuando irrumpió el virus SARS-CoV-2 en nuestras vidas, rápidamente se dio cuenta de que el asunto tenía mucho que ver con su trabajo e intereses. Al transmitirse por vía aérea, el riesgo de trasmisión del virus depende de las dinámicas de ventilación de cada lugar.

Daniel comenzó a hacer experimentos con sus sensores en habitaciones, lugares abiertos y cerrados, para medir el nivel de CO2 usando CanAirlO, una herramienta desarrollada por un colectivo ciudadano. Mayores niveles de CO2 indican una menor circulación de aire, pues es el gas que exhalamos los humanos al respirar, y por lo tanto un mayor riesgo de transmisión del virus si hay alguien infectado. Lo recomendado por expertos internacionales es mantener niveles de CO2 por debajo de 800 partes por millón.

Hace pocos días Daniel decidió hacer otra prueba interesante. Con un sensor de CO2 Sensirion SCD30 —que le costó US$52 ($180.000)— y cuatro invitados, se subió a un carro en Tocancipá para conducir hasta Tocaima; un trayecto de 150 kilómetros.

La primera medición fue del aire externo en Tocancipá. Hasta ahí todo bien: 420 partes por millón. Dentro del carro, antes de arrancar, el sensor marcó: 460 ppm. Seguía todo en orden. Con las ventanas cerradas y el aire acondicionado encendido, media hora después el ambiente se tornó peligroso si alguno de los cinco tripulantes hubiera tenido COVID-19. El sensor marcaba 5.000 ppm. Un lugar ideal para la transmisión del virus.

“¿Qué significa esto? Todos estábamos respirando el mismo aire varias veces. Bastante riesgoso”, explicó Daniel. Entonces la decisión fue abrir ventanas. Pero solo una, porque el aire frío era fuerte. Lentamente el sensor fue cambiando hasta 4.600 ppm. Pero un poco más adelante del trayecto al abrir completamente la ventana del conductor y un pasajero para pagar un peaje el sensor marcó en tan solo un minuto: 800 ppm. El resto del viaje se hizo con dos ventanas entreabiertas y la medición rondó las 1.000 ppm. “Esa es una cifra alta y sigue siendo un nivel riesgoso para COVID-19”, comenta Daniel.

Hacia el final del viaje, cuando el clima externo se hizo más cálido abrieron todas las ventanas del carro y entonces el nivel de CO2 osciló entre 900 ppm y 450 ppm, que “es aceptable porque garantiza mínima recirculación de aire”.

El aire en un carro

Varghese Mathai, del departamento de Física de la U. de Massachusetts, y algunos colegas de otras universidades norteamericanas también quisieron entender mejor el riesgo de contagio en un carro. En una investigación que acaban de publicar en la revista Science escribieron: “Incluso con medidas de protección básicas como el uso de máscaras, el microclima en la cabina no cumple con una variedad de pautas epidemiológicas con respecto a la separación de ocupantes y la duración de la interacción para un espacio confinado. Los modelos preliminares indican una acumulación de la carga viral dentro de la cabina de un automóvil para recorridos tan cortos como quince minutos, con evidencia de la viabilidad del virus en aerosoles de hasta tres horas”.

Mathai y su grupo realizaron una serie de simulaciones de patrones de flujo de aire para un vehículo de cuatro puertas en el que viajen dos personas: el conductor (asumiendo un vehículo con volante a la izquierda) y el pasajero sentado en el asiento trasero derecho, maximizando así la distancia física (1,5 m) entre los ocupantes. Los análisis partieron de seis posibilidades de ventanas abiertas y cerradas.

“Quizá no sea inesperado que la forma más efectiva de minimizar la contaminación cruzada entre los ocupantes sea tener todas las ventanas abiertas”, anotaron en sus conclusiones; tampoco lo contrario: que la peor decisión sería viajar con todas las ventanas cerradas. Mientras con las ventanas abiertas la tasa de intercambio de aire por hora dentro del carro fue de 250, con las ventanas cerradas ese indicador apenas llegó a 60.

¿Pero cuál sería la mejor opción si no existe la posibilidad de llevar todas las ventanas abiertas? Eso fue justamente lo interesante de su trabajo. Contrario a lo que dictaría la intuición, abrir las ventanas adyacentes a cada ocupante es “una opción efectiva, pero no siempre la mejor entre las opciones de ventilación parcial”. De acuerdo con sus modelos, si en un carro viaja el conductor y un acompañante sentado atrás en el lado contrario, lo ideal sería abrir las dos ventanas más alejadas de los ocupantes.

Silvana Zapata, epidemióloga colombiana, quien ha estado analizando el rol del transporte en la pandemia, tiene un par de consejos adicionales para los viajeros. Primero: “Recuerda que cuatro minutos de conversación son equivalentes a un estornudo y aunque es complejo no hablar durante 150 kilómetros es la mejor opción, porque aumenta la probabilidad”. Segundo: “Las características de los aires de los vehículos también influyen desde el mismo mantenimiento de filtros, que se debe hacer cada seis meses, pero pocos propietarios de vehículos lo hacen”.

Y lo de siempre: si está viajando con personas que podrían estar en riesgo, no olvide el tapabocas.

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