Durante un viaje de investigación de ocho meses a la República Democrática del Congo (RDC) y Zambia, un grupo de científicos se propuso estudiar cómo los bonobos y los chimpancés se reconfortan mutuamente después de un conflicto o de una situación de angustia. Sin embargo, mientras observaban a los animales, notaron algo que no esperaban. Antes de competir por recursos como la comida, los primates intercambiaban con frecuencia gestos de contacto físico que parecían amistosos: se abrazaban, se tocaban, se tomaban de la mano, se besaban e incluso realizaban otros comportamientos afiliativos, aun cuando todavía no había señales evidentes de tensión o agresión.
Esa observación los llevó a cambiar el foco de la investigación. En lugar de preguntarse cómo estos comportamientos ayudaban a reparar un conflicto, comenzaron a explorar si, en realidad, servían para prevenirlo. La investigación se publica en The Royal Society.
En palabras simples, los investigadores querían saber si esos comportamientos son simplemente muestras de afecto o si, en realidad, cumplen una función mucho más específica: reducir la tensión antes de una situación potencialmente conflictiva y facilitar que los animales compartan el alimento con menos agresiones.
Para comprobar su hipótesis, los investigadores observaron a 124 bonobos y chimpancés que viven en dos santuarios de la República Democrática del Congo y Zambia. Para ello utilizaron una prueba experimental conocida como “el columpio del cacahuete” (peanut swing), desarrollada por el biólogo holandés Edwin van Leeuwen para medir la tolerancia social entre los grandes simios. El método consiste en llenar un comedero de bambú con cacahuetes y balancearlo sobre una valla para que el alimento caiga de manera uniforme en una pequeña zona accesible para todos los animales, generando así una situación de competencia por un recurso limitado. Antes de liberar la comida, los científicos observaron durante cinco minutos todas las interacciones de contacto físico entre los primates: los abrazos, los toques, los besos, los apretones de manos y otros gestos afiliativos.
Los resultados mostraron un patrón claro, en la opinión de los científicos: en la mayoría de los grupos, los animales que habían intercambiado más contacto físico antes de alimentarse también mostraban una mayor tolerancia durante la comida. Es decir, permanecían más tiempo compartiendo el mismo espacio con otros individuos alrededor del alimento y era menos probable que se desencadenaran enfrentamientos.
Para los investigadores, esto sugiere que esos gestos funcionan como una forma de “tranquilizar” al otro y comunicar que no existe una intención agresiva inmediata.
Los autores utilizan el término reassurance, que podría traducirse como “tranquilización” o “reafirmación”. Con él describen un tipo de contacto físico breve que ocurre justo antes de una situación tensa y que parece reducir la incertidumbre entre los individuos.
En lugar de reparar un conflicto que ya ocurrió, como sucede con la reconciliación, estos gestos parecen anticiparse al problema y disminuir la probabilidad de que la competencia termine en violencia. El estudio también encontró diferencias muy importantes entre las especies que se estudiaron. En los bonobos, los contactos previos a la alimentación fueron especialmente frecuentes entre parejas de hembras, lo que coincide con el papel central que desempeñan las alianzas femeninas en la organización social de esta especie. En los chimpancés, en cambio, estos comportamientos aparecieron sobre todo entre machos, cuyas alianzas son fundamentales para mantener su posición dentro del grupo.
Uno de los hallazgos más llamativos involucra ciertos comportamientos exclusivos de los chimpancés. Algunos individuos besaban el cuerpo de otro o incluso introducían un dedo o una mano en la boca de un compañero. También se tocaban los genitales. Aunque estas conductas pueden parecer extrañas o incluso peligrosas, los investigadores consideran que precisamente esa vulnerabilidad las convierte en una poderosa señal de confianza. Al exponerse voluntariamente a una posible mordida, el animal estaría demostrando que confía en que el otro no aprovechará la oportunidad para atacarlo. Además, estos comportamientos fueron más frecuentes en el grupo de chimpancés que ya era conocido por ser más tolerante socialmente.
El estudio cuestiona la idea tradicional de que los bonobos son siempre más pacíficos que los chimpancés. Aunque ambas especies presentan diferencias en su organización social, los investigadores encontraron que la tolerancia varía mucho entre grupos de una misma especie. De hecho, algunos grupos de chimpancés fueron más tolerantes que algunos grupos de bonobos. Esto indica que el comportamiento social no depende únicamente de la especie, sino también del contexto y de la dinámica particular de cada comunidad.
El tacto como herramienta para reducir conflictos
En una columna publicada en The Conversation, Jake Brooker, investigador asociado del Departamento de Biología de la Universidad de Utrecht, y Zanna Clay, profesora del Departamento de Psicología de la Universidad de Durham y autores del estudio, sostienen que el contacto físico es una de las formas de comunicación más antiguas de los mamíferos sociales y que sus efectos también están documentados en los seres humanos.
Los investigadores recuerdan que “el contacto piel con piel entre bebés y cuidadores es uno de los primeros canales a través de los cuales se forma el apego, mucho antes de que se desarrolle el lenguaje”. También citan estudios que muestran que tomar la mano de la pareja puede reducir la actividad cerebral asociada con la percepción de amenazas y que un breve contacto físico entre desconocidos puede aumentar la cooperación, lo que sugiere que el tacto cumple una función que va mucho más allá de expresar afecto.
Esa capacidad para fortalecer los vínculos también parece reflejarse en la manera como las personas regulan la cercanía física. Los autores recuerdan un estudio publicado en 2015 en cinco países europeos según el cual “la zona del cuerpo que permites que alguien toque se relaciona casi directamente con la intensidad del vínculo emocional”, aunque aclaran que estas conductas también están fuertemente influenciadas por las normas culturales de cada sociedad. Sin embargo, uno de los paralelos que más les llama la atención ocurre justamente en situaciones de competencia. Brooker y Clay destacan investigaciones según las cuales las personas que se dan la mano antes de una negociación cooperan más, mienten menos y alcanzan mejores resultados conjuntos, incluso cuando colaborar supone un costo personal. En sus palabras, “un apretón de manos puede indicar algo importante sobre la intención incluso antes de que se pronuncie una sola palabra”.
Algo similar se ha observado en el deporte. Los autores citan un estudio realizado con los 30 equipos de la NBA durante la temporada 2008-2009, que encontró que aquellos jugadores que intercambiaban con mayor frecuencia gestos de contacto físico (como abrazos, choques de puños o saludos con la mano) al comienzo de la temporada terminaron mostrando un mejor rendimiento colectivo y una mayor cooperación durante el resto del campeonato. Otro trabajo, publicado en 2024 y centrado en el baloncesto universitario femenino, encontró que las jugadoras que recibían más contacto físico de sus compañeras después de fallar un tiro libre tenían más probabilidades de acertar el siguiente.
Los investigadores también destacan que estos comportamientos aparecen en contextos de alta tensión. Mencionan un estudio basado en grabaciones de cámaras de seguridad que encontró que las personas que presenciaban una pelea experimentaban mayores niveles de ansiedad, pero que ese efecto disminuía cuando posteriormente recibían contacto físico de otras personas. Otro trabajo sobre robos callejeros mostró que la manera como los transeúntes tocaban y consolaban a las víctimas se parecía notablemente a los comportamientos de consuelo observados en chimpancés tras un conflicto.
Para Brooker y Clay, todas estas evidencias apuntan a un mismo origen evolutivo. “Los humanos, los bonobos y los chimpancés utilizamos el contacto físico reconfortante, pero nuestros linajes evolutivos se separaron hace más de seis millones de años. La explicación más sencilla es que este comportamiento es anterior a las tres especies”, escriben. Por eso concluyen que “albergamos en nosotros comportamientos ancestrales y poderosos que nos ayudan a gestionar nuestras relaciones sociales y a mantener la paz”.
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