“A las personas que fueron evacuadas debido a la explosión en la Central Nuclear de Chernóbil las llamaban luciérnagas”, escribe Natalia en español, aunque su lengua natal es el ruso. “No mucho tiempo después comenzaron a utilizar esa palabra para referirse también a quienes vivían en los lugares cercanos, afectados por la radiación esparcida por los vientos y las lluvias”. Su residencia actual está en nuestro continente, pero nació en la ciudad de Gómel, entonces en la Unión Soviética, separada por apenas cinco meses y unas decenas de kilómetros del epicentro del accidente nuclear más grave de la historia, un día como este domingo hace 40 años.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Natalia Litvinova, ganadora del Premio Lumen de novela en 2024 por su libro ‘Luciérnaga’, creció en un mundo de bosques prohibidos, frutas monstruosas, lluvia tóxica y cielos rojos. Para su familia, como para la mayor parte de quienes vivieron cerca de la catástrofe, la información era un recurso más bien escaso. Hoy muchas crónicas iniciarán diciendo que, en las primeras horas del 26 abril de 1986, un equipo de técnicos de la estación Central Térmica Nuclear Vladímir I Lenin en la ciudad de Prípiat realizaban una prueba en el reactor 4, pero lo que sucedió esa mañana y durante los días siguientes se ocultó bajo el más estricto secreto durante años.
Prípiat, al igual que otras ciudades soviéticas, surgió casi de la nada para alimentar un proyecto industrial. Fue fundada el 4 de febrero de 1970 junto al río del mismo nombre en la entonces República Socialista Soviética (RSS) de Ucrania, 120 kilómetros al norte de su capital, Kiev, y 18 kilómetros al noroeste de la población de Chernóbil. En medio de la extensa planicie de humedales conocida como Polesia y rodeada por una de las zonas forestales más extensas de Europa, estaba diseñada para albergar a los científicos, ingenieros y trabajadores de la que esperaba ser la central nuclear más potente del mundo. Cuentan los testigos de la historia de la ciudad, recopilados en la obra de autores como Svetlana Alexievich o Kate Brown, que esa comunidad cerrada, que en su apogeo albergó hasta 50 mil habitantes, no experimentaba el desabastecimiento extendido en otras partes de la Unión Soviética. Con más de diez guarderías, escuelas de formación profesional, un centro cultural, una biblioteca, un cine, un hotel, una sala de conciertos, un avanzado hospital, amplias avenidas, extensos parques y edificios de hasta 16 pisos, era la materialización de futuro prometido por la energía nuclear. Hoy se encuentra deshabitada, suspendida en el tiempo, como una Pompeya moderna.
La planta de energía atómica de Prípiat, producía electricidad usando el calor de por reacciones nucleares para generar vapor de agua y empujar las turbinas de un generador eléctrico. En la madrugada del 26 de abril, después de una larga serie de retrasos, por fin se había dispuesto una prueba para determinar si la inercia de las turbinas podía seguir generando suficiente electricidad para operar la planta si se quedaba sin suministro eléctrico externo. Era como averiguar si se puede parquear el carro con el motor apagado mientras se mueve con el impulso que tiene después de bajar una cuesta. Para sorpresa de los técnicos en la sala de control, al pisar el freno, todo comenzó a acelerarse.
La primera voz de alerta para el mundo llegó desde Suecia. Dos días después del accidente, los trabajadores de la Central Nuclear de Forsmark, a dos horas conduciendo desde Estocolmo, reportaron contaminación radioactiva que provenía del exterior de la planta. Muy pronto otras plantas nucleares en Suecia y otros países escandinavos reportaron incrementos en los niveles de radiación. La sincronía de las observaciones indicaba que venían desde fuera de sus territorios. Aunque la Unión Soviética había hecho explosiones de armas nucleares en el Ártico, estos habían cesado en 1963, tras el primer acuerdo internacional de control de armamento de la Guerra Fría. Los materiales que producían la contaminación tampoco correspondían a los producidos en la explosión de una bomba nuclear, pero provenían del territorio de una de las dos potencias nucleares: la Unión Soviética. Desde su territorio, se extendía una nube con isotopos radiactivos de kriptón y xenón que se desplazaba sobre Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Aunque los niveles de contaminación aún estaban por debajo de los tolerados por los humanos, su fuente debía ser determinada, pero las autoridades soviéticas permanecían en silencio.
Dentro de la Unión Soviética, ese silencio era ensordecedor. Para cuando las autoridades suecas reportaron la contaminación radiactiva, los residentes de Prípiat habían sido evacuados bajo supervisión de la policía y el ejército, indicando que solo llevaran lo necesario para tres días. La mayor parte de ellos nunca regresaron a sus hogares. Muchos informaron de fuertes dolores de cabeza y un sabor metálico en la boca, ataques incontrolables de tos y vómitos. Pero la información oficial, distribuida desde Moscú, indicaba que se había producido un incendio en la central nuclear de Chernóbil, añadiendo que estaba extinguido y que todo iba bien.
El corazón de la planta nuclear de Chernóbil era un reactor de canal de alta potencia (RBMK por sus siglas en ruso), un diseño minimalista que utilizaba agua corriente para su refrigeración y barras de grafito para moderar la reacción. Esa combinación permitía construir reactores muy grandes y potentes, pero era peligrosamente inestable. No se construyeron prototipos del RBMK; se pasó directamente a la producción en serie. El primero, ubicado en la central nuclear de Leningrado (hoy San Petersburgo) entró en operación en 1973. Dos años más tarde, esa fue la fuente de una explosión de un tanque de concreto que contenía gases radiactivos. El incidente no fue revelado al público. Aunque algunas modificaciones fueron aplicadas al diseño, estas no impidieron que en noviembre de 1975 una pérdida de refrigerante causara la fusión parcial del núcleo del reactor y otra importante fuga de radiación. Un incidente similar sucedió en el reactor 1 de Chernóbil en 1982 y luego dos años después, cuando niveles inusuales de calentamiento en los sistemas de separación de vapor de los reactores 3 y 4 hicieron temer por la integridad estructural del edificio. Pocos se enteraron de esa eventualidad. No fue divulgada hasta 2021, con la desclasificación de documentos de la KGB en Ucrania.
La explosión en el reactor 4 de la Planta Nuclear de Chernóbil en la mañana de aquel 26 de abril no fue nuclear. A la 1:23 am, los operadores pulsaron el botón de emergencia haciendo descender las barras de grafito para detener las reacciones nucleares y detener la prueba. Sin embargo, por una característica del diseño del reactor, antes de detener la actividad, las puntas de las barras las aceleraron, aumentando la temperatura del reactor más sobre su nivel crítico. En cuestión de segundos, el agua que regulaba el sistema se convirtió en vapor, que como el acumulado en una olla a presión buscó un lugar para escapar, volando el techo de casi mil toneladas de concreto que cubría el reactor. En fracciones de segundo, la aleación zirconio en el blindaje de las barras de grafito, calentadas muy por encima de su nivel de operación, reaccionó con el vapor de agua produciendo enormes cantidades de hidrógeno que hicieron ignición produciendo una poderosa explosión que destruyó parte del edificio y dejó el núcleo del reactor expuesto al aire libre, liberando una cantidad de material radiactivo equivalente a 500 veces el esparcido por la bomba de Hiroshima.
Dos personas murieron durante la explosión. Otras 28 personas, en su mayoría bomberos y trabajadores de la central que atendieron la emergencia, fallecieron en las semanas siguientes a causa de la enfermedad aguda por radiación. Solamente el 5 % del material en el reactor escapó durante la explosión. El restante era suficiente para devastar y contaminar la mayor parte de Europa. Durante las semanas posteriores al accidente, y sin divulgar información al exterior, las autoridades soviéticas coordinaron acciones desesperadas para evitar que el remanente del material de núcleo produjera una explosión aún mayor. Una flota de helicópteros fue dispuesta para arrojar sacos de boro, dolomita y arena (materiales que desaceleran las reacciones nucleares) sobre el reactor expuesto. Mientras tanto, cientos de miles de personas desfilaban al aire libre en las calles de Kiev y otras ciudades, celebrando el Día Internacional de los Trabajadores.
Apenas unos días después de la explosión, y sin que el mundo se enterara, un heroico trío de buzos entró en el edificio de la central nuclear para vaciar las piscinas de agua bajo el reactor, que amenazaban con producir una nueva explosión al entrar en contacto con el material nuclear fundido estaba perforando el suelo de concreto del reactor. Habían ganado suficiente tiempo para que miles de trabajadores de la construcción y mineros del carbón iniciaran una carrera contra el reloj para excavar un túnel bajo el reactor e impedir que el núcleo hirviente continuara penetrando el suelo y contaminara las aguas subterráneas en el sistema hídrico del dependían más de 30 millones de personas en Ucrania, Bielorrusia y Rusia.
El número de víctimas producidas por la liberación de material durante el desastre es aún incierta y es acaloradamente debatida. Según estimaciones del Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas y la Organización Mundial de la Salud alrededor de cuatro mil muertes son atribuidas al cáncer y otros efectos relacionados con la exposición a la radiación. Organizaciones ecologistas sugieren que la cifra podría ser mucho más alta. Lo cierto es que el impacto más extendido de la tragedia es el de la destrucción y el desplazamiento de comunidades enteras.
Los refugiados de la zona de Chernóbil eran llamados luciérnagas de forma despectiva. Su exposición a la radiación era vista socialmente como una enfermedad contagiosa y muchos se vieron obligados a llevar su desarraigo en silencio. El viento y la lluvia que dispersaron las partículas radiactivas no las depositó de forma homogénea y muchos fueron obligados a dejar tierras ligeramente contaminadas alrededor de la planta para ser asignados a zonas en donde la concentración de radiactividad era mayor. Para evitar que la nube llegara a las ciudades más pobladas, pilotos sembraron las nubes con yoduro de plata para inducir la lluvia en zonas rurales donde sus habitantes no fueron alertados. El proceso masivo de descontaminación de la zona de Chernóbil empleó a más de 600 mil personas, los llamados liquidadores, trabajando en las cercanías de la central nuclear y las zonas circundantes. La prevalencia de casos de leucemia, cáncer de tiroides, enfermedades cardiovasculares y de trastornos mentales entre ellos aún es materia de discusión.
👩🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬