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Científicos construyen un mapa del cerebro que ayuda a entender cómo sentimos el dolor

El dolor, las sensaciones físicas y las emociones están conectados de formas que los científicos apenas empiezan a comprender. Un nuevo mapa de la ínsula, una región del cerebro, identifica cuatro áreas que ayudan a explicar cómo procesamos lo que sentimos y cómo la atención puede influir en nuestra percepción del dolor.

A través del análisis de 87 participantes con electrodos implantados dentro del cráneo y mediante la estimulación eléctrica de distintas zonas y el registro de la actividad cerebral, os investigadores identificaron cuatro regiones funcionales, cada una relacionada con aspectos diferentes de la experiencia corporal..
Foto: Getty Images
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¿Se ha preguntado cómo se produce el dolor en su cerebro? ¿Qué ocurre allí para que una señal física se convierta en una sensación que podemos reconocer, localizar y experimentar de distintas maneras? Los científicos saben desde hace mucho tiempo que la ínsula es la región del cerebro responsable de cómo percibimos nuestro cuerpo, sentimos dolor y experimentamos emociones. Pero es mucho más lo que desconocen de cómo se organiza la ínsula y cómo se comunican entre sí sus distintas regiones. Un grupo de científicos acaba de dar algunas pistas.

Los investigadores acaban de publicar en Nature, una de las revistas científicas más importantes del mundo, un mapa funcional detallado de la ínsula.

A través del análisis de 87 participantes con electrodos implantados dentro del cráneo y mediante la estimulación eléctrica de distintas zonas y el registro de la actividad cerebral, los investigadores identificaron cuatro regiones funcionales, cada una relacionada con aspectos diferentes de la experiencia corporal.

El estudio es "una verdadera hazaña", le dijo a Nature Lucina Uddin, neurocientífica cognitiva de la Universidad de California en Los Ángeles.

La primera región, ubicada en la parte dorsal y posterior de la ínsula, procesa señales relacionadas con el dolor, la temperatura y otras sensaciones físicas. Sus respuestas están organizadas según la parte del cuerpo de la que proviene la información. Una segunda región, situada en la zona ventral y posterior, también procesa información corporal, pero tiene acceso a señales procedentes de distintas partes del cuerpo. Según los autores, estas dos áreas participan en el procesamiento de las sensaciones físicas que nos permiten reconocer lo que sentimos y dónde lo sentimos.

Las otras dos regiones están más relacionadas con la interpretación de las señales corporales y su vínculo con otros procesos cerebrales. La zona media-anterior se asocia con las sensaciones provenientes de los órganos internos y con estados de ansiedad.

La región anterior-polar, por su parte, mostró una actividad importante cuando los participantes debían detectar estímulos relevantes o cambiar la manera de actuar ante una situación. Aunque esta última zona casi no produjo respuestas perceptibles cuando los investigadores la estimularon directamente, sí ejercía una influencia marcada sobre otras regiones de la ínsula.

Este último hallazgo es especialmente interesante, dicen los autores, porque ayuda a entender que la percepción del cuerpo no depende únicamente de las señales físicas que recibe el cerebro. La región anterior-polar mantiene conexiones fuertes con la corteza prefrontal, incluida la corteza cingulada anterior, áreas implicadas en procesos como la atención y la regulación de la conducta.

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Desde allí, puede influir directamente en otras zonas de la ínsula que procesan las sensaciones corporales.

¿Qué significa esto en la práctica? Los científicos ponen un ejemplo: pensemos en el dolor. Esa sensación no depende exclusivamente de la señal que llega desde una parte del cuerpo, sino también de cómo el cerebro procesa esa información y de qué tanta atención le prestamos. Entonces, es posible que una misma sensación tenga distinta relevancia según el contexto y aquello en lo que estamos concentrados.

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El estudio aporta evidencia sobre los circuitos cerebrales que podrían contribuir a esa interacción entre la cognición y la percepción corporal; no demuestra, sin embargo, que podamos controlar el dolor simplemente con la voluntad.

¿Y qué implicaciones podria tener esto? Según los autores, sus hallazgos abren nuevas vías para investigar el dolor crónico y la relación entre las sensaciones físicas y la ansiedad, aunque todavía no permiten establecer aplicaciones clínicas concretas ni tratamientos nuevos.

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