El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Debajo de la piel: por qué la “raza” no alcanza a nombrar lo que somos

“Raza” es una palabra demasiado gruesa para un fenómeno muy fino; es inútil para describir con honestidad el mapa real de nuestra herencia. En el mapa genético no hay nada “puro”.

Klaus Ziegler

27 de febrero de 2026 - 08:30 p. m.
El mapa genético humano no tiene casillas fijas, solo gradientes.
Foto: Getty Images/iStockphoto - digitalgenetics
PUBLICIDAD

Hay razas de perros y razas de gatos. Vacas, caballos y tantos otros animales domésticos se agrupan en categorías que llamamos razas. Y, desde tiempos inmemoriales, también a los humanos se nos ha repartido y encasillado en infinidad de grupos, bajo etiquetas movedizas que cambian con la época y que han servido, una y otra vez, para legitimar el sometimiento, la explotación y el colonialismo.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

En Europa se habló de “razas” celtas, teutónicas y anglosajonas; y también de “razas” semitas. La antropología física del siglo XIX mantenía un rico inventario: mediterráneos, nórdicos, alpinos… Y en la América colonial se administró una taxonomía de castas —mestizo, mulato, zambo, castizo— con la misma naturalidad con que se distinguen los asnos de las mulas o los burros de los caballos.

A primera vista, parece imposible que un aborigen australiano, un congoleño o un europeo del norte no sean tan distintos entre sí como lo son un pekinés, un gran danés y un perro salchicha. Y, siguiendo esa misma lógica, argumentan algunos, entre los humanos habría “razas”; solo que hoy no conviene decirlo en voz alta si uno no quiere ser asociado con la eugenesia y con la pesadilla del nazismo.

(Lea Muerte y pingüino: otras historias de Ucrania en tiempos de guerra)

La eugenesia, y esto es inquietante, no la defendieron solo charlatanes, sino también preeminentes naturalistas, filósofos y escritores, con tablas, mediciones y un aire científico. Y, sin embargo, hay una constante casi cómica: nunca he sabido de un pensador que haya inventado una clasificación en la que su grupo quede emplazado en una categoría racial inferior. Igual que en las historias de reencarnación, nadie regresa como pigmeo africano; todos vuelven como príncipes o aristócratas.

Los humanos estamos hechos para registrar de un vistazo el color de la piel, la textura del cabello, el color de los ojos, los rasgos del rostro, la estatura… Y sería insensato negar diferencias entre poblaciones, producto de gradientes geográficos, migraciones, mezclas, aislamientos y adaptaciones locales. Pero ese puñado de rasgos visibles es apenas una ventana que da a un paisaje vasto y mucho más sutil: la variación genética humana.

Read more!

Muchas de esas características dependen de constelaciones de genes y el entorno las empuja en una dirección u otra. Por eso los atajos visuales suelen engañarnos, hasta el punto de que en Colombia, donde las familias solían ser grandes, dos hermanos —el “negro” y el “zarco”— podían acabar clasificados en el papel como individuos de razas distintas.

Para no caer en esa trampa, la genética de poblaciones se detiene en lo que la intuición suele pasar por alto: frecuencias, pesos relativos y distribuciones. Eso fue lo que formalizó Richard Lewontin en 1972. Al medir la variación genética y dividirla en niveles —la que se observa dentro de poblaciones y la que emerge al comparar grupos— concluyó que la mayor parte de la diversidad se encuentra dentro de las poblaciones (≈85% en su partición original) y solo una fracción menor entre grandes categorías raciales 12. Nuestros sentidos ven fronteras donde el genoma solo ve continuidad.

(Lea Alfonso Chinguad, el guardián de las papas que tiene más de 130 variedades en su casa)

Read more!

Para fijar ideas, imaginemos cinco grandes grupos humanos, del mismo tamaño, tomados de poblaciones que cubren buena parte del planeta: AFR (África subsahariana), EUR (Europa), EAS (Asia oriental y sudoriental), SAS (subcontinente indio) y AMR (poblaciones latinoamericanas y caribeñas contemporáneas, moldeadas por mezcla variable). Etiquetas imperfectas, pero lo bastante estables como para hacer estadística con rigor.

No ad for you

Pensemos ahora en el siguiente juego de probabilidad. Extraemos, de manera independiente, dos personas de la población combinada y descubrimos que ambas comparten un determinado rasgo. ¿Qué tan probable es entonces que provengan del mismo grupo? Si existieran “razas” como compartimentos biológicos bien delimitados, esa probabilidad debería ser sensiblemente mayor que 20%, que es lo que resultaría de apostar al azar entre cinco opciones.

Tomemos el color de la piel como ejemplo ilustrativo. Supongamos frecuencias aproximadas de piel poco pigmentada del 95% en EUR, 5% en AFR, 70% en EAS, 60% en SAS y 50% en AMR. Con esos números, la probabilidad de acertar el grupo, dado que ambos comparten ese rasgo, resulta cercana al 26%, apenas por encima del azar.

En contraste, algunos rasgos “invisibles” sí pueden concentrarse de forma brutal por historia local y presión selectiva. Un caso clásico es la negatividad Duffy (muy frecuente en África subsahariana), ligada históricamente a menor susceptibilidad a una forma de malaria causada por Plasmodium vivax. En escenarios donde el rasgo es abrumadoramente común en AFR y raro fuera, la probabilidad de pertenecer al mismo grupo puede acercarse a valores del orden del 96%. Pero aquí conviene ser preciso: ser Duffy-negativo no es un escudo absoluto; hay evidencia sólida de infección por P. vivax en individuos Duffy-negativos, lo cual complica un poco la historia 6.

No ad for you

Y cuando no escogemos a mano los casos extremos, y se promedian muchos marcadores, la probabilidad típica de acertar el grupo se vuelve modesta. En otras palabras, unos pocos rasgos muy llamativos fabrican la ilusión de fronteras nítidas entre los humanos.

La trampa se vuelve más persuasiva cuando acumulamos coincidencias. Si en vez de un rasgo exigimos tres, cinco o seis, la probabilidad de pertenecer al mismo grupo puede dispararse hasta un 96.8%. Pero esto ocurre a un alto precio, pues ese perfil se vuelve rarísimo. Y esa es la regla general, cuanto más sube la certeza, más se reduce el tamaño del grupo que se examina.

El fenómeno se vuelve patente cuando se repite el experimento cientos o miles de veces. Si se toman, digamos, 50.000 conjuntos de seis rasgos y luego se promedia, entre quienes coinciden en esos seis rasgos, la probabilidad de pertenecer al mismo grupo, el resultado ronda el 96%, pero esto ocurre porque la coincidencia exige perfiles que aparecen solo en una fracción ínfima de la población.

No ad for you

Algo análogo ocurre si examináramos los apellidos. Al comparar genéticamente a un grupo muy específico, digamos los “González” de una misma familia, se observarían muchísimas coincidencias, precisamente porque se trata de un grupo minúsculo y estrechamente emparentado. Y, sin embargo, nadie sensato lo declararía “la raza de los González”.

Para evitar que estas cifras suenen a numerología, hay que advertir que esos porcentajes no pretenden ser constantes universales, sino que se derivan de un ejercicio probabilístico con prevalencias verosímiles, y se verifican repitiendo nuestro “juego” miles de veces mediante simulación Monte Carlo. Así, lo que permanece estable no es cada cifra, sino el patrón general: la certeza crece al precio de reducir el grupo en cuestión.

¿Y qué pasa con perros y gatos, donde la palabra raza sí apunta a algo biológicamente sólido? La diferencia es obvia, pues hay linajes relativamente cerrados, selección intensa y cruces vigilados. Aquí las fronteras no las impuso la naturaleza; las impusimos nosotros. Por eso basta un puñado de rasgos para adivinar la raza con altísima precisión. Un perro no es más que un lobo domesticado a nuestro capricho a lo largo de siglos, al que le cambiamos el aullido por el ladrido y la dignidad por la devoción.

No ad for you

La historia humana, en cambio, es casi la opuesta, pues está hecha de migración, mezcla y gradientes. Y si alguien duda de cuán mestiza es esa historia, basta un dato contundente: las poblaciones actuales fuera de África suelen portar alrededor de 1–2% de ADN neandertal, huella de encuentros reales, no de fábulas racistas 34. Y si cambiamos la genética por la genealogía, el resultado también incomoda, pues los modelos de ascendencia genealógica muestran que, bajo supuestos razonables de mezcla entre poblaciones, un ancestro común genealógico de todos los humanos vivos pudo haber existido en tiempos históricos, del orden de unos pocos miles de años 5.

Lo que la genética nos devuelve es una lección incómoda. “Raza” es una palabra demasiado gruesa para un fenómeno muy fino, quizá útil para el registro civil o para el insulto y, sobre todo, para justificar la opresión y el colonialismo. Pero es inútil para describir con honestidad el mapa real de nuestra herencia. El mapa genético humano no tiene casillas fijas, solo gradientes, y en él no hay nada “puro”. Somos, como especie, un animal bastardo y mestizo, porque la biología no está escrita en la piel como un veredicto, sino en una historia común, retorcida, migrante y profundamente compartida, que ninguna taxonomía elemental alcanza a encerrar.

No ad for you

Referencias

1 Lewontin, “The Apportionment of Human Diversity” (1972). (Vanderbilt University)

2 Barbujani (1997), resumen y discusión del resultado de Lewontin (~85% dentro de poblaciones). (pnas.org)

3 MedlinePlus Genetics: porcentaje típico de ADN neandertal ~1–2% en europeos/asiáticos. (MedlinePlus)

4 NHGRI (Genome.gov, 2010): estimación clásica cercana a ~2% en no africanos. (genome.gov)

5 Rohde, Olson & Chang (Nature 2004): modelos de MRCA genealógico reciente (orden de miles de años). (PubMed)

6 Zimmerman (2017): evidencia y discusión de P. vivax en poblaciones Duffy-negativas; no es protección absoluta. (pmc.ncbi.nlm.nih.gov)

👩‍🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.