A mediados de 2025, el cometa 3I/ATLAS capturó la atención de la comunidad científica y del público en general. Era apenas el tercer cometa interestelar confirmado en entrar a nuestro sistema solar, lo que representaba una oportunidad casi única de entender mejor la actividad y composición de estos objetos como “muestra de otro sistema estelar”.
En palabras de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés), estos cuerpos aportan pistas sobre cómo se forman los sistemas planetarios más allá del Sol. Otra de las características que lo hacen único es su trayectoria y actividad, porque ofrecen una ventana temporal limitada.
De acuerdo con los científicos que han estudiado el cometa, 3I/Atlas viajaba a más de 210.000 kilómetros por hora. Su trayectoria no representó ninguna amenaza para la Tierra, y aunque tuvo su punto más cercano, la distancia fue amplia. A mediados de diciembre se encontraba a unos 274 millones de kilómetros, o más de 700 veces la distancia entre la Tierra y la Luna.
La NASA entendió esta oportunidad y a finales del año pasado, cuando el cometa interestelar comenzó a alejarse del Sol, los astrónomos aprovecharon la oportunidad para dirigir el potente telescopio espacial James Webb hacia él y obtener mediciones detalladas de su composición química. El cometa se encontraba recientemente calentado tras su máximo acercamiento al Sol, y su antiguo hielo se había transformado en una brillante coma de gas, ideal para la observación.
El Webb capturó datos detallados, incluyendo las proporciones químicas de carbono y deuterio, también conocido como hidrógeno pesado, que no se encuentran en los cometas del sistema solar. Los resultados sorprendieron a los investigadores, quienes detallaron sus hallazgos en un estudio publicado recientemente en la revista Nature.
“Esta fue una oportunidad única para estudiar un objeto antiguo de una galaxia distante, probablemente anterior a nuestro Sol y sistema solar”, dijo el astroquímico Martin Cordiner del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland, y autor principal del estudio.
Un instrumento conocido como NIRSpec (Espectrógrafo de Infrarrojo Cercano) reveló que el cometa tiene una composición química muy diferente a la de los que conocemos, especialmente niveles muy altos de deuterio, aproximadamente 30 veces más que los observados en los cometas del sistema solar. Según la NASA, esto implica que 3I/ATLAS pudo originarse en un sistema muy frío mucho antes que nuestra galaxia.
“Durante su formación, el material que se incorporó a 3I/ATLAS probablemente estuvo expuesto a abundante radiación, pero no a un calor prolongado que hubiera reprocesado su hielo de “agua pesada”, con deuterio, transformándolo en el tipo de hielo de agua que conocemos en la Tierra”, explica la NASA.
El equipo estima que 3I/ATLAS podría haberse formado hace entre 10.000 y 12.000 millones de años, durante el “mediodía cósmico” del universo, cuando la formación estelar estaba en su apogeo. Su joven sistema de origen probablemente se encontraba inmerso en una nube relativamente fría y densa. La abundancia de agua pesada indica que 3I/ATLAS pasó sus años de formación en un estado de congelación profunda.
3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar confirmado que entra en nuestro sistema solar, después de 1I/ʻOumuamua en 2017 y 2I/Borisov en 2019.
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