1 Jul 2021 - 8:23 p. m.

Descubren nueva especie de escarabajo en un fósil de popó de dinosaurio

Al igual que el ámbar, los excrementos de dinosaurio pueden tener tesoros paleontológicos ocultos. Al escanear unos restos de popó de estos animales, un equipo de científicos descubrió en su interior ejemplares muy bien conservados de una nueva especie de escarabajo, de unos 230 millones de años de antigüedad.
Reconstrucción del trozo de fosil de excremento hallado en Polonia.
Reconstrucción del trozo de fosil de excremento hallado en Polonia.

Las heces fosilizadas son hallazgos habituales en las excavaciones paleontológicas, como la resina fosilizada de los árboles. Pero a diferencia del ámbar, que preserva muy bien insectos y otros animales que quedan atrapados en su interior, los coprolitos, nombre que se da a estos excrementos, no suelen atesorar animales tan bien conservados.

En realidad, contienen información sobre la dieta de animales extintos para saber quién comía a quién en el pasado. “Sin embargo, la mayor parte del ámbar que contiene insectos se formó en una época geológica relativamente joven, de unos 140 millones de años”, dice a SINC Martin Qvarnström, paleontólogo en la Universidad de Uppsala en Suecia y autor principal de un estudio que se publica hoy en Current Biology.

El trabajo revela el sorprendente hallazgo de un escarabajo nuevo para la ciencia que vivió hace 230 millones de años, durante el periodo triásico, y que se encontraba prisionero desde entonces en los excrementos fosilizados de un pariente cercano de los dinosaurios. Los ejemplares descubiertos no solo corresponden a una nueva especie, sino también a una nueva familia de escarabajos, hasta ahora desconocida.

Lo que más llamó la atención de los científicos fue “lo bien conservados que estaban algunos de los escarabajos. No esperaba encontrar escarabajos fósiles casi completos en un coprolito”, cuenta Qvarnström.

Un escarabajo extinto en 3D

Gracias a la composición fosfática del calcio de los coprolitos, junto con la temprana mineralización por parte de las bacterias, los escarabajos se conservaron en estado tridimensional con sus patas y antenas totalmente intactas en el interior de unas heces recogidas en varias localidades de Polonia. En realidad, el fragmento donde se encontraron los insectos pertenecía a un pequeño trozo de coprolito roto.

Para visualizar las estructuras internas de los fósiles en tres dimensiones, el coprolito fue escaneado mediante microtomografía de sincrotrón en la Instalación Europea de Radiación de Sincrotrón (ESRF) de Grenoble (Francia). Este método funciona como un escáner de tomografía computarizada en un hospital, pero con fuertes haces de rayos X para lograr gran contraste y resolución.

De este modo, los científicos lograron ver a Triamyxa coprolithica, como se ha denominado a esta nueva especie de escarabajo, y cuyo nombre hace referencia a su edad triásica e indica que pertenece al suborden Myxophaga. Sus representantes modernos son pequeños y viven sobre algas en ambientes húmedos.

“Este diminuto escarabajo, de solo 1,5 mm de longitud, probablemente vivía en gran número en ambientes húmedos o semiacuáticos, al igual que sus parientes modernos”, recalca el experto.

Quién se comió los escarabajos

T. coprolithica probablemente fue consumido por Silesaurus opolensis, un ancestro de los dinosaurios con pico de unos dos metros de largo y 15 kilogramos que vivió en lo que hoy es Polonia en ese periodo. “El pico en la punta de la mandíbula se utilizaba para comer escarabajos y otros alimentos”, añade el paleontólogo, quien señala que el animal pudo haber ingerido numerosos individuos de Triamyxa coprolithica.

“En cambio, es probable que el Triamyxa compartiera su hábitat con escarabajos más grandes, que están representados por restos desarticulados en los coprolitos, y con otras presas, que no acabaron en las heces de forma reconocible. Así que parece probable que Silesaurus fuera omnívoro, y que una parte de su dieta estuviera compuesta por insectos”, racalca.

El estudio del interior de los coprolitos permite así a los investigadores mirar aún más lejos en el pasado y aprender más sobre las redes alimentarias de intervalos de tiempo aún inexplorados. También permite estudiar la evolución temprana de los insectos antes de la producción masiva de ámbar que comenzó a principios del Cretácico.

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