Dentro de unos tres o cuatro meses, más o menos, miles de turistas empezarán a llegar a Buenaventura en búsqueda de uno de los mamíferos más grandes del planeta: las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae). Tan grandes como un autobús en su etapa adulta —cerca de 16 metros—, llegan al Pacífico colombiano porque sus aguas son ideales para reproducirse y tener a sus ballenatos. El año pasado, la presencia del “Stock reproductivo G” —como llaman los científicos a ese grupo de cetáceos—, atrajo a 19.727 visitantes, dijo la Alcaldía de la ciudad.
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Quien haya visto hacer “piruetas” a las ballenas sabe que es un momento sobrecogedor. Algunas personas lloran al ver sus lomos o sus aletas o al descubrir que esos mamíferos de hasta 16 metros pasan unos meses en aguas colombianas, tras viajar 8.500 kilómetros desde la Antártida, a donde regresan por el krill, un diminuto crustáceo base de su alimentación.
Pero los seres humanos solo podemos ver una porción de las ballenas jorobadas. Los más afortunados, las logran observar bajo el agua cuando bucean, aunque es un golpe de suerte extremadamente raro. En un océano que no suele caracterizarse por su buena visibilidad, esos gigantes huyen hacia la profundidad, a lugares inaccesibles para nuestros ojos.
¿Qué habrá allá abajo, adonde van las ballenas? es una pregunta que muchos buzos y viajeros suelen hacerse cuando las ven desaparecer.
“Ya tenemos el primer mapa morfológico del Pacífico colombiano”.
Edward Salazar, geólogo del SGC.
Hasta ahora, ese interrogante, al menos del lado de Colombia, era imposible de responder. Sin embargo, las cosas están cambiando: quienes visiten el mar de Buenaventura este año podrán hacerse una idea de lo que se esconde en el fondo del océano, pues “ya tenemos el primer mapa morfológico del Pacífico colombiano”, resume el geólogo Edward Salazar.
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Dejando de lado los tecnicismos, Salazar, líder de la línea de investigación en geología oceánica del Servicio Geológico Colombiano (SGC), se refiere a un nuevo “mapa” que creó junto con sus colegas y que revela los detalles de los cañones, las colinas, los valles y las montañas que hay frente a Buenaventura y que nadie conocía. Son 14.100 kilómetros cuadrados de una geografía que, en algunos puntos, está a 4.500 metros de profundidad.
Eso quiere decir un área tan grande como 27 veces el tamaño del área urbana de Bogotá que, en algunos puntos, está a una profundidad que equivale a 23 torres Colpatria, una encima de otra.
Mientras sostiene ese “mapa” impreso en 3D, tan grande como un iPad, Salazar aún se emociona: “¡Es que imagínese saber que acá hay una montaña gigantesca!”, dice, mientras señala con su dedo una loma submarina. “¡Y saber que en este otro punto hay una cresta que parece como un tapete arrugado o que por aquí está la famosísima zona de subducción de la placa Nazca!”.
Hay otra cosa que exalta a Salazar: que después de descubiertas, esas formas geográficas tengan nombres que solo pudieron haber salido del Pacífico, como Loma Chonta, Planicie La Jaiba, Cañón Submarino Bongo o Valle Currulao.
¿Cómo se echa un “vistazo” bajo el mar?
La idea de dar un “vistazo” a cómo es el fondo del Pacífico empezó en 2024, cuando el SGC creó una nueva línea de investigación en geología oceánica. Además de producir mapas morfológicos —como llaman los investigadores a esa representación de la forma del terreno— y geológicos submarinos, buscan, entre otras cosas, analizar muestras de sedimentos profundos.
Conocer todos esos detalles, señala un documento que sintetiza el trabajo del SGC sobre el Océano Pacífico, es útil por varias razones. Ayuda a comprender cómo funciona el planeta y procesos geológicos como sismos o erupciones volcánicas. También es útil para entender un poco mejor cómo cambia el fondo marino con el paso del tiempo o para identificar ecosistemas frágiles, como arrecifes profundos, donde pueden esconderse especies de animales que desafían lo que creemos que es un animal.
Salazar menciona otra utilidad más cotidiana: se puede planificar mejor la infraestructura que nos permite estar conectados a internet, como esos gigantes cables submarinos que “unen” continentes.
“Lo primero que hicimos fue empezar por explorar la casa. En el Banco de Información Petrolera que tenemos en el SGC, que reúne toda la información de la exploración petrolera del país y que es algo invaluable, comenzamos a hacer una revisión. Y en esa búsqueda, nos encontramos datos e informes muy valiosos que tenían un potencial enorme”, recuerda Salazar.
Para ser un poco más precisos, los investigadores detectaron información de batimetría que había recopilado la Dimar (la Autoridad Marítima Colombiana) entre 2019 y 2022 en el Océano Pacífico, por encargo de la Agencia Nacional de Hidrocarburos. Lo que querían era “calentar” esa zona frente a Buenaventura, como se conoce en el argot petrolero al análisis de un espacio para saber su potencial de ser fuente de petróleo o de gas.
Para hacerlo, en palabras muy resumidas, se requiere que un barco transite cuidadosamente por un recorrido preestablecido, mientras emite ondas que permiten a los científicos saber con precisión la profundidad del agua y la forma de la topografía. Tras culminarlo, en aquel entonces la ANH no halló lo esperado: esa porción del mar no es muy interesante para una agencia petrolera. Pero para otros geólogos, es un manjar al que de otra manera no hubiesen podido acceder (Salazar calcula que se requirió un mes para completar el trabajo. Cada día en ese barco pudo costar COP 150 millones).
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Sin ahondar mucho en todos los detalles de recopilación de datos ni en las minucias a las que tuvieron que llegar (como un mapa de drenajes que “muestra” cómo son los ríos que ingresan al mar y continúan su rumbo en el fondo del océano), los investigadores utilizaron esa información para crear unos modelos digitales en los que, al final, identificaron tres grandes unidades: la “plataforma continental”, que representó el 20 % de los 14.100 kilómetros cuadrados; el “talud continental”, dividido, a su vez, en tres “fragmentos” con cambios geográficos abruptos, y la “llanura abisal”, la región que más lejos está de la costa y donde la profundidad puede superar los 4.000 metros.
La siguiente tarea era lograr una descripción de todas esas formas submarinas y darles un color. Angie Palacín, geóloga e integrante del grupo de geología oceánica de SGC, fue una de las personas que estuvo a cargo de esa dispendiosa labor siguiendo las directrices internacionales. Como explica desde una sala en la sede del Servicio Geológico en Bogotá, eso significó detallar qué es una zona ondulada, qué era una cresta, qué un bajo o qué podía ser una montaña.
Después de terminar esa labor milimétrica, eligieron las 23 formas que, a sus ojos, eran más significativas. Ahí llegó la pregunta del millón: ¿Qué nombre ponerles?
Todos coincidieron en que no tenía mucho sentido llamarlas con nombres sacados del bolsillo de alguien que está sentado en un escritorio en Bogotá.
“Y, por eso, luego de que la Alcaldía no les pusiera atención, llegaron a nosotros”, recuerda Sol Ángel Murillo, un trabajador social de Buenaventura. “Fue raro; fue como un giro en las prácticas y en la relación nuestra con la institucionalidad, porque nos permitieron a nosotros dar nombres a unas formas marinas de acuerdo con nuestra cultura. No con personas, sino con palabras que nos integraran a todos como comunidades negras e indígenas”.
¿Quién nombra qué?
El nombre que más le gusta a Sol Ángel Murillo es del Valle Currulao. “¿Usted se imagina que un barco de China o de Europa pase por encima del Valle Currulao y se pregunte qué es eso? ¿Y que luego busque y se dé cuenta que es un ritmo musical del Pacífico y le den ganas de venir a ver cómo los negros bailamos currulao?”, pregunta y se ríe por teléfono.
Junto con varios compañeros, Murillo estuvo en un taller que organizó el SGC en noviembre de 2025 con el Proceso de Comunidades Negras (PCN), que integra a unas 140 organizaciones afrodescendientes del Pacífico. A lo largo de un día, se sentaron a discutir sobre cuáles serían los nombres para esos nuevos cañones, volcanes y montañas que entrarían a lista de geoformas de Colombia.
Según cuenta Angélica Espejo, trabajadora social del SGC, más que un momento de debate, fue una jornada de concertación, en la que los representantes iban aprobando los nombres uno por uno. “Nos pidieron que les presentáramos la propuesta metodológica y crearon un espacio de concertación que fue muy emotivo”, relata Espejo. El taller lo habían titulado “Nombrando el océano, narrando el territorio”.
Los investigadores del SGC ya llevaban unas ideas de nombres, luego de haber indagado en varias fuentes. Exploraron, por ejemplo, informes sobre la población afro o el diccionario Embera Chamí, uno de los pueblos indígenas del Pacífico, para tener un listado de palabras con un significado para la comunidad.
Para decirlo en términos más precisos, hicieron un análisis toponímico, que es como llaman a ese proceso de estudiar el origen de los nombres de un relieve geográfico determinado. De acuerdo con Salazar, querían que esos “topónimos reflejaran las tradiciones orales y memoria colectiva de una comunidad. Los términos geográficos también son una forma de ejercer soberanía”.
Los representantes de las comunidades de Buenaventura acordaron que los 23 topónimos serían los de la lista que acompaña este texto. Hay algunos nombres asociados a los ríos de la región (como los cañones submarinos Bongo, Dagua o Micay). Otros, a la actividad ancestral de “conchar” (como loma Piangua o valle Piacuil, dos tipos de moluscos, claves en su alimentación). Unos más reflejan estrechos vínculos con su cultura, como el canal Uramba, una palabra de origen africano que significa “trabajo comunitario”, o la depresión Riviel, un ser mitológico del Pacífico colombiano.
A una cresta le pusieron Jaibaná, una figura de autoridad tradicional entre la Nación Embera, que reúne los conocimientos físicos y espirituales.
“En el fondo”, explica Sol Ángel Murillo, “la importancia es que esos términos y esas prácticas que tenemos hace siglos, adquieren un carácter institucional que antes no tenían. Y eso tiene mucho valor”.
Los investigadores cuentan que hubo un término que también salió a flote en medio del diálogo de ese día y que los más jóvenes jamás habían escuchado: “Golfín”. Esa era la manera en la que los más viejos llamaban a las ballenas en la costa del Pacífico, antes de que supieran que eran ballenas.
Y ahora, en el fondo del mar habrá una colina llamada Golfín.
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