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27 Mar 2022 - 10:59 p. m.

Einstein y la velocidad de la luz

Albert Einstein concibió en 1905 una teoría en la que el valor de la velocidad de la luz en el vacío no depende de la velocidad entre la fuente que emite la luz y el observador que la recibe. Fue una revolución: la velocidad de la luz es la única velocidad que no es relativa. Columna de opinión de Héctor Rago.

Héctor Rago*

Sin la relatividad no entenderíamos por qué brillan las estrellas, ni por qué -por más que aceleremos los protones en el poderosísimo acelerador LHC- nunca lograremos que se muevan a la velocidad de la luz.
Sin la relatividad no entenderíamos por qué brillan las estrellas, ni por qué -por más que aceleremos los protones en el poderosísimo acelerador LHC- nunca lograremos que se muevan a la velocidad de la luz.
Foto: JAVIER BELVER

¿Por qué la velocidad de la luz tiene el privilegio de ser inalcanzable? ¿Qué ocurrió en la historia para que esta velocidad adquiriera el status de constante universal? En 1676, el astrónomo danés Olaf Roemer, estudiando las apariciones y eclipses de las lunas de Júpiter, concluyó que la luz no viaja instantáneamente, sino que debía tener una velocidad cercana a 220.000 Km/seg. En 1728 James Bradley determinó un valor mucho más preciso. A mediados del siglo XIX, la descripción que James Clerk Maxwell realizaba de los fenómenos eléctricos y magnéticos arrojaba una consecuencia sorprendente: predecía la existencia de ondas electromagnéticas, campos eléctricos y magnéticos oscilantes que se propagan. Las ecuaciones permitían calcular la velocidad de estas ondas en términos de dos constantes experimentales. Al calcular (sí, calcular, no medir) el valor de esta velocidad, para sorpresa de Maxwell, resultó coincidir con la velocidad de la luz. La conclusión era inevitable: la luz es una onda electromagnética que se propaga a unos 300.000 Km/seg en el vacío.

El electromagnetismo tiene encriptada una velocidad privilegiada, la de la luz.

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