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El cerebro de los perros empezó a reducirse mucho más tarde de lo que se pensaba

Investigadores encontraron que la reducción del cerebro no ocurrió al inicio de la domesticación, sino mucho después, posiblemente por selección de comportamientos.

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30 de abril de 2026 - 10:12 p. m.
Una nueva investigación muestra que la disminución del tamaño cerebral en los perros ocurrió miles de años después de su relación con humanos, y no en las primeras etapas como se creía.
Una nueva investigación muestra que la disminución del tamaño cerebral en los perros ocurrió miles de años después de su relación con humanos, y no en las primeras etapas como se creía.
Foto: meteleva
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La reducción del tamaño del cerebro es una de las consecuencias biológicas de la domesticación más ampliamente documentadas. Y entre los mamíferos domésticos, los perros han tenido la reducción más pronunciada del tamaño del cerebro, con una disminución promedio estimada de entre 20% y 30%. Sin embargo, todavía se desconoce mucho de ese proceso.

Una investigación publicada esta semana en Royal Society intenta dar algunas luces sobre el tema. Los investigadores explican que la comprensión actual de la evolución del tamaño del cerebro del perro se explica en dos fases, con una reducción inicial durante la transición del lobo al perro, seguida de aumentos en regiones cerebrales específicas involucradas en la realización de tareas más complejas en el entorno humano. Sin embargo, dicen los autores, esa explicación se basa sobre todo en el análisis de poblaciones modernas de perros, cuando en realidad la relación evolutiva entre perros y humanos abarca al menos los últimos 20.000 años.

Por eso, en esta ocasión los científicos compararon datos de lobos y perros modernos, así como de ejemplares prehistóricos, cubriendo un periodo que va desde hace unos 35.000 años hasta el Neolítico tardío, hace unos 5.000 años. En ellos, analizaron el volumen del endocráneo, es decir, el espacio dentro del cráneo que ocupa el cerebro, como una forma de estimar su tamaño.

Los resultados “aportan nuevas pruebas de cambios en el tamaño del cerebro durante la historia evolutiva de los perros”, resumen los autores. Uno de los hallazgos más importantes es que los primeros “protoperros”, definidos como los primeros cánidos que muestran rasgos intermedios entre los lobos salvajes y perros domésticos, no tenían cerebros más pequeños que los lobos de su época. Esto sugiere, dice el estudio, que, en las primeras etapas de la relación con los humanos, no hubo una reducción del tamaño cerebral en estos animales. De hecho, los investigadores plantean que esa convivencia inicial pudo incluso favorecer un ligero aumento del tamaño del cerebro,, ya que vivir cerca de los humanos implicaba nuevos desafíos, como adaptarse a su entorno o comportamiento, o facilitaba el acceso a alimento.

Sin embargo, este patrón cambió miles de años después. El estudio encontró que, entre hace 5.000 y 4.500 años (en el conocido como Neolítico tardío), los perros muestran una reducción muy importante del tamaño cerebral, de alrededor del 46 % en comparación con los lobos contemporáneos. Este tamaño es similar al de algunas razas pequeñas actuales. Los autores interpretan este cambio como una posible señal de selección temprana por comportamiento, es decir, que los humanos pudieron haber favorecido ciertos rasgos conductuales en los perros.

A partir de lo que hoy se sabe sobre la relación entre el cerebro y el temperamento en los perros, los investigadores sugieren que esta reducción pudo estar asociada a cambios en su conducta. Por ejemplo, un temperamento más cauteloso o alerta podría haber sido útil en asentamientos humanos, ayudando a detectar amenazas. No obstante, los autores reconocen que hay que ser prudentes con esa hipótesis y señalan que estas ideas aún necesitan más evidencia. Para confirmarlas, haría falta estudiar más restos de perros y lobos de distintos periodos, como el Paleolítico, el Mesolítico y el Neolítico, especialmente en Europa.

También advierten que el volumen endocraneal, la medida utilizada en el estudio, es solo una aproximación al tamaño del cerebro y no refleja todos sus detalles. No permite ver cómo cambian las distintas partes del cerebro ni las adaptaciones más específicas relacionadas con el comportamiento. Por eso, futuras investigaciones deberán analizar con mayor precisión la anatomía cerebral y su relación con el cráneo, utilizando técnicas más avanzadas.

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