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3 Jan 2021 - 2:00 a. m.

“El COVID-19 pudo haber cambiado la ciencia para siempre”

Una profesora de la Universidad de Oxford, investigadora de Ciencias de la Salud para la Atención Primaria en el Departamento Nuffield y sus sugerencias para afrontar el reto.

Trish Greenhalgh / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR, OXFORD

En 2020 las unidades de cuidados intensivos fueron foco de atención. Imagen del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife, España.
En 2020 las unidades de cuidados intensivos fueron foco de atención. Imagen del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife, España.
Foto: RamÛn de la Rocha

El 31 julio de 2020, mi departamento en la Universidad de Oxford organizó un seminario por Zoom con la participación de varios científicos de renombre internacional. La sesión era principalmente para el cuerpo docente interno, pero, debido a la práctica inspirada por la pandemia de difundir lo más posible los hallazgos científicos, también habíamos invitado a otros investigadores y miembros del público interesados. Cuando llegó mi turno para hablar, abrí mi PowerPoint e inmediatamente empecé a recibir mensajes violentos en la ventana de chat. Cito uno textualmente: “Pedazo de mierda, vete al carajo, ovejita de mierda, nuevo orden mundial pedazo de mierda”.

El título de mi presentación era “Causas de las diferencias internacionales en las políticas sobre uso de tapabocas durante la pandemia de COVID-19”, pero bien podría haber estado hablando sobre confinamientos, pruebas de detección y rastreo de contagios, equipos de protección personal o montones de otros temas relacionados. En cada uno de esos casos, los responsables de las políticas nos habían asegurado al principio de la pandemia que “se guiaban por la ciencia” y, sin embargo, “la ciencia” para esos temas todavía no estaba firmemente establecida. Casi todas las nuevas publicaciones eran puestas en duda, a veces por colegas científicos y otras —agresiva y violentamente— por miembros del público.

¿Cómo había yo, médica y profesora de Oxford, atraído una comitiva de agresores con tiempo y energía para perseguirme a través de las puertas (virtuales) del seminario académico? ¿Quién organizó a esos troles y por qué sentían la necesidad de llenar mi bandeja de entrada con obscenidades y amenazas? Volvamos a la primavera de 2020, cuando el COVID-19 arrasaba el mundo y la investigación avanzaba a un ritmo y a una escala sin precedentes. Las bases de datos científicas rápidamente se saturaron con versiones preliminares de publicaciones, cuyos orígenes y calidad eran difíciles de evaluar. Aunque unas pocas preguntas sobre el virus se resolvieron rápidamente, muchas otras no lo hicieron. Muchos hallazgos eran ambiguos, incompletos, no habían sido replicados o eran irrelevantes, pero cada uno de ellos tenía consecuencias de gran alcance para las vidas y el sustento de miles de millones de personas.

Quienes nos dedicamos a la investigación científica solíamos lamentarnos de que nuestros hallazgos solo interesaban a unos pocos colegas académicos. Tal vez ciertas aseveraciones memorables —como que la mitad de las publicaciones científicas quedan sin leer, o que en promedio hacen falta 17 años para que los resultados de las investigaciones tengan algún impacto real— sean apócrifas, pero de todas formas captaron un problema real. Los científicos como yo nunca previmos que seríamos catapultados a un universo opuesto, donde los miembros de grupos de presión se apoderan de nuestros textos preliminares para sus propios fines antes incluso de que hayamos respondido a las críticas de la revisión de nuestros pares.

En este escenario al estilo Alicia en el país de las maravillas, la respuesta del público a la ciencia se ha magnificado de tal manera que es imposible controlarla. Los “hechos”, incluso cuando se generan y publican de buena fe, inmediatamente pasan por una trituradora de carne ideológica y se los golpea hasta que se ajustan a un molde político, mientras la incertidumbre científica se convierte en un arma en manos de funcionarios electos e intereses no electos.

En estas condiciones, la conducta científica normal se convierte en un ejercicio cargado de tensión. Una vez que se pone un hecho —sin importar con cuanta cautela— en el dominio público, allí queda. Es imposible retractarse y cuanto más esquivas resultan las respuestas definitivas a las preguntas científicas urgentes, más protagonismo asumen los supuestos imperfectos, las conclusiones prematuras, las rivalidades académicas, las alianzas políticas y las vidas privadas de los científicos. Para los troles, todos “estamos en pugna”.

La descarga de violencia, furia, odio, intimidación y obscenidades de las que fui blanco durante el seminario a través de Zoom llegaron de un usuario anónimo que se clasificó como blanco y de sexo masculino. Su agresión fue un ejemplo clásico de lo que los académicos dan en llamar “masculinidad blanca tóxica”. La desinformación, las mentiras y las retorcidas verdades a medias no son nada nuevo, pero, como sostuvo el filósofo Jayson Harsin, la “infodemia” posverdad que rodea al COVID-19 es mayor y más siniestra que cualquier otra cosa que hayamos visto en las crisis previas de salud pública. Para quienes buscan convertir la información en un arma para sus propios fines, la superabundancia de versiones preliminares de publicaciones científicas que se acumuló en respuesta a la pandemia es maná del cielo.

Es posible que el COVID-19 ya haya cambiado a la ciencia para siempre, la pandemia y sus repercusiones han sacudido los pilares de la investigación objetiva, obligándonos a reconsiderar la forma en que los hallazgos académicos se informan, difunden y comparten con el público. No podemos escapar de la madriguera del conejo y volver al statu quo de los seminarios con poco público. En el futuro previsible la ciencia será una especie de acto público y la comunicación científica, un combate a puño limpio entre quienes actúan de buena fe y los troles.

¿Cómo puede sobrevivir la ciencia a todo esto? En primer lugar, los científicos tenemos que llamarnos a la introspección, desarrollar una conciencia más elevada de nuestras propias identidades, valores y compromisos éticos como investigadores para el bien común. Abrazar este papel implica involucrarse —independientemente de cuán doloroso sea— con la diatriba y la difamación. A través de la rigurosa lectura de la crítica y los ataques personales que recibimos, podemos entender el clima político actual e identificar posibles métodos para salvaguardar el conocimiento empírico, pero, para ser eficaces, tenemos que ocuparnos del trabajo epistemológico de defender nuestros supuestos subyacentes sobre la naturaleza de la realidad y la forma en que esa realidad puede ser aprehendida.

Los científicos también debemos mejorar nuestra habilidad para deconstruir. Para superar los intentos de distorsión de nuestros hallazgos tenemos que identificar y luego evitar las restricciones de los discursos específicos y las convenciones lingüísticas.

Pensemos en la Declaración de Great Barrington, una reciente carta abierta y solicitud publicada por un grupo de la periferia académica, que promovía la estrategia de la inmunidad de rebaño para lidiar con la COVID-19. Su propuesta —aislar a las poblaciones «vulnerables» mientras las «no vulnerables» siguen con sus vidas sin restricciones— descansa en la desinformación, pero fue presentada como ciencia respetable. Y aunque fue contrarrestada inmediatamente por los científicos más establecidos, las refutaciones más eficaces provinieron de usuarios comunes que firmaron la extremadamente refinada solicitud en línea con nombres como «Dr. Juan Pantalondepedos», «Profesor Niputaidea» y «Sr. Banana Rama».

Debemos aplaudir al Dr. Pantalondepedos. El mensaje para los troles es que daremos pelea hasta el final y entendemos su juego. De hecho, usaré el comportamiento de mi propio troll como parte de los datos de mi próxima publicación.

* Traducción Ant-Translation. Copyright: Project Syndicate, 2020. www.project-syndicate.org.

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