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La ciencia detrás de los productos “más ecológicos” para el cabello

Los científicos están buscando nuevos ingredientes para producir productos capilares que se alejen de los derivados del petróleo. Están estudiando desde extractos de madera y hongos hasta proteínas modificadas genéticamente.

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Carolyn Wilke/ Knowable Magazine
02 de febrero de 2026 - 06:34 p. m.
Científicos están trabajando para sustituir varios ingredientes de los productos para el cabello por otros derivados de compuestos biológicos o inspirados en ellos.
Científicos están trabajando para sustituir varios ingredientes de los productos para el cabello por otros derivados de compuestos biológicos o inspirados en ellos.
Foto: MODIFICADO DE ROMAN SAMBORSKYI / SHUTTERSTOCK
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Mika Sipponen, químico de materiales de la Universidad de Estocolmo, se fue a nadar en un lago turbio. Después, notó que su cabello estaba suave —incluso sin haber utilizado ningún producto para el cabello—. El agua marrón era rica en materia vegetal. Así que Sipponen se preguntó si uno de los compuestos orgánicos —la lignina, que se encuentra en la madera— podría ayudar a acondicionar el cabello.

Su equipo elaboró una mezcla de lignina con aceite de coco —y funcionó—. Los experimentos demostraron que suavizaba la superficie del tallo capilar y reducía la fuerza necesaria para peinar el cabello. Y como la lignina se puede obtener a partir de residuos de madera, razonó Sipponen, los productos capilares elaborados con ella serían más respetuosos con el medio ambiente que los fabricados con algunos de los ingredientes habituales.

Esa investigación, publicada en Science Advances en 2025, es solo un ejemplo reciente de los esfuerzos por “hacer más ecológicos” los productos para el cuidado del cabello, muchos de los cuales contienen ingredientes derivados de productos petroquímicos no renovables o que no se degradan en el medio ambiente. El mercado del cuidado del cabello mueve decenas de miles de millones de dólares, y cada vez son más los consumidores que demandan productos con un menor impacto ambiental y elaborados con ingredientes que consideran más respetuosos con el cuerpo. “La concienciación y la presión de los consumidores han tenido un impacto real en el mercado del cuidado del cabello”, afirma Alexa Friedman, epidemióloga del Environmental Working Group en Washington, D.C.

El resultado ha sido una mezcolanza de esfuerzos por incorporar compuestos de origen biológico en los productos, incluidas proteínas creadas en laboratorio y moléculas prometedoras procedentes de plantas, hongos e incluso insectos.

Remodelación y reparación

Se necesita mucha química para fabricar productos capilares eficaces —como champús que hagan espuma y eliminen la suciedad o acondicionadores que dejen el cabello suave—. Una cabeza promedio tiene entre 120.000 y 150.000 cabellos. Con una longitud aproximada hasta los hombros, esa mata de pelo ocupa unos seis metros cuadrados de superficie.

Cuando las personas se lavan, acondicionan y peinan el cabello, están extendiendo productos por toda esa gran superficie —gran parte del cuidado del cabello es, en realidad, química de superficies—. Influye en muchas características del cabello, como el brillo, la fuerza, la suavidad e incluso las formas que adoptan los mechones.

Si vemos de cerca esa superficie, un mechón de cabello parece una serpiente escamada. El desgaste mecánico causado por el cepillado agresivo y los tratamientos químicos puede dañar las escamas superpuestas del cabello y cambiar cómo se siente al tacto y su comportamiento. Una fina capa de lípidos —compuestos grasos— recubre el exterior del cabello sano, actuando como primera línea de defensa y contribuyendo a su brillo, mientras que el interior es principalmente proteína, en particular un tipo de queratina.

Las moléculas bioinspiradas que se dirigen a la queratina ya se han incorporado a algunos productos. Una de las primeras moléculas reparadoras de la queratina proviene del laboratorio del biotecnólogo Artur Cavaco-Paulo, que investigaba las proteínas que ayudan a los pulmones a expandirse, contraerse e intercambiar oxígeno durante la respiración. En el revestimiento pulmonar, su equipo encontró fragmentos de proteínas, o péptidos, que parecían tener la química adecuada para adherirse a los péptidos asociados a la queratina, lo que los convertía en candidatos para la reparación del cabello.

Su equipo acabó identificando alrededor de 1.200 péptidos prometedores. Los experimentos demostraron que uno de ellos encuentra y se adhiere a los extremos sueltos del cabello donde se han roto los enlaces de la queratina. “Realmente los vuelve a conectar”, afirma Cavaco-Paulo, que trabaja en la Universidad de Minho en Braga, Portugal, y es director ejecutivo de Solfarcos, una empresa que desarrolla nuevas aplicaciones de péptidos y proteínas para productos farmacéuticos y cosméticos. En 2013, este péptido pasó a formar parte del producto comercial conocido hoy como K18; las pruebas sugieren que mejora la resistencia del cabello, especialmente antes y después de teñirlo o someterlo a otros tratamientos agresivos.

Ahora los investigadores están buscando nuevos ingredientes proteicos en la seda, la piel y los insectos. En uno de sus proyectos, diseñaron una proteína que toma prestada parte de su estructura de la seda y parte de la elastina, una proteína que se encuentra en la piel, y luego modificaron genéticamente la bacteria E. coli para producirla. Al aplicarla al cabello, este se volvió más fuerte y elástico en comparación con las muestras de cabello sin tratar, según informó el equipo en la revista ACS Biomaterials Science & Engineering de octubre de 2025. La proteína podría utilizarse en productos que se dejan en el cabello o mascarillas capilares que ayudan a mantener la salud del cabello cuando se le aplican permanentes. Los científicos también están estudiando moléculas relacionadas con la resilina, una proteína elástica que se encuentra en varios insectos, como forma de proteger el cabello del calor y los daños mecánicos.

El equipo de Cavaco-Paulo ha investigado otros péptidos de la queratina que pueden alisar el cabello rizado sin necesidad de tratamientos químicos agresivos. Además, las fórmulas basadas en la celulosa —moléculas abundantes en las paredes celulares de las plantas— podrían utilizarse para rizar el cabello de forma más suave; las primeras investigaciones revelan que el efecto dura tres lavadas con champú. “Creemos que esta podría ser la dirección que debe tomar nuestra investigación”, afirma Cavaco-Paulo. Sin embargo, hasta ahora, los resultados de estas biomoléculas no igualan los producidos con productos químicos agresivos como el tioglicolato de amonio e hidróxido de sodio, que se utilizan tradicionalmente para hacer permanentes o alisar el cabello.

Lavado y acondicionamiento

Muchos productos para el cuidado del cabello, como los acondicionadores, contienen moléculas de cadena larga llamadas polímeros que suavizan los bordes irregulares de las escamas proteicas del cabello para reducir el frizz — el encrespamiento y esponjamiento del cabello—. Estos polímeros suelen tener carga positiva y se adhieren a la superficie con carga negativa del cabello dañado.

Aunque los polímeros existentes funcionan bien, muchos se derivan de productos petroquímicos. Entre ellos se encuentran muchos compuestos de policuaternio, una clase de moléculas a base de amonio que se utilizan preferentemente en acondicionadores debido a su carga positiva. Pero cuando se utilizan en productos para el cabello, se van por el desagüe y pueden acumularse en el ambiente. Además, algunos acondicionadores utilizan polímeros sintéticos con una cadena principal de silicio. Hacen que el cabello se sienta muy suave, pero los microbios no pueden degradarlos fácilmente, dice Cavaco-Paulo; los materiales naturales se descomponen más fácilmente.

La lignina, que se puede obtener a partir de residuos agrícolas y madereros, es uno de esos ingredientes, afirma la farmacéutica Carla Varela, de la Universidad de Coimbra, en Portugal. El polímero también tiene actividad antibacteriana y proporciona cierta protección contra los rayos ultravioleta del sol, lo que lo convierte en un atractivo complemento para los productos capilares.

Utilizando lignina extraída de la madera de acacia, Varela y sus colegas modificaron el polímero natural para que tuviera carga positiva y se adhiriera más fácilmente al cabello dañado. Esto también lo hizo más soluble en agua, lo cual es clave para su uso en acondicionadores. El enfoque, publicado en Chemical Engineering Journal en octubre de 2025, no evita por completo los productos petroquímicos, que son la fuente del modificador químico de la lignina, pero es un buen paso, afirma Varela.

Otros investigadores están estudiando el quitosano, un material derivado de las conchas de crustáceos e insectos y de las paredes celulares de los hongos. El quitosano es fácil de trabajar y no requiere productos químicos agresivos; ya se encuentra en algunos productos para el cabello como agente protector del calor y de peinado, afirma Eduardo Guzmán, físico-químico de la Universidad Complutense de Madrid, en España. Para evitar dañar a los animales, es preferible utilizar fuentes fúngicas de quitosano, pero las moléculas de quitosano derivadas de hongos son demasiado pequeñas para depositarse bien en el cabello. Por ello, Guzmán y sus colegas están trabajando para encontrar las formulaciones adecuadas —por ejemplo, variando las cantidades de sal o ajustando el pH de la solución— con el fin de aumentar la deposición de quitosano.

Los científicos también están buscando sustitutos de los sulfatos, que dan a los champús su espuma y son fundamentales para eliminar el sudor, la grasa, la suciedad y los residuos de productos. Las largas colas hidrófobas de estas moléculas son atraídas por las grasas y forman pequeñas capas esféricas alrededor de la suciedad y la grasa, atrapándolas. Las cabezas con carga negativa de las moléculas permiten que el agua elimine fácilmente la capa llena de suciedad.

Los sulfatos tienen mala reputación porque pueden ser irritantes para algunos consumidores; ya hay muchos champús sin sulfatos en las estanterías de las farmacias. Entre ellos se encuentran los tensioactivos llamados sophorolípidos, que se obtienen de hongos, limpian suavemente y se utilizan en algunos champús para bebés. Otros sustitutos de los sulfatos son los alquilpoliglucósidos —moléculas almidonadas y grasas derivadas de plantas como el aceite de coco y el aceite de palma, y la glucosa del maíz y las papas

Los champús y acondicionadores pueden contener docenas de ingredientes, y la forma en que estos interactúan influye en la eficacia de los productos, por lo que los investigadores no pueden simplemente sustituir una molécula por otra. Sin embargo, dado que los productos para el cuidado del cabello se utilizan con tanta frecuencia, los cambios que los hacen más respetuosos con el ambiente podrían sumar. Al fin y al cabo, dice Varela, “todo el mundo se lava el pelo”.

Aun así, Friedman, del Environmental Working Group, advierte que es difícil saber cuán ecológico es un producto, ya que hay poca responsabilidad por las afirmaciones sobre los distintos productos. (El Environmental Working Group tiene un programa verificado para productos de cuidado personal que intenta aportar más transparencia). E incluso si un producto utiliza materiales de origen biológico procedentes de fuentes renovables, puede seguir dañando el ambiente: las plantaciones de palma que se cultivan en lugares donde se ha talado el bosque, por ejemplo, dañan hábitats importantes y pueden aumentar las emisiones de carbono.

Aunque los consumidores puedan buscar alternativas más ecológicas, el criterio más importante para ellos sigue siendo si un producto funciona. “Lo primero es el rendimiento”, afirma Cavaco-Paulo. “Eso es lo que busca la gente”. Los científicos también lo buscan en esos estanques turbios, bosques y hongos.

Este artículo fue publicado originalmente en Knowable en español y traducido por Debbie Ponchner.

Por Carolyn Wilke/ Knowable Magazine

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