De manera resumida, se trató de una escena del crimen. Entre las pruebas con las que contaban los investigadores, y que estaban enterradas dentro de las rocas, se encontraban cráneos, mandíbulas y fémures con una serie de marcas distintivas. “Son hendiduras muy grandes, y, cuando conectas los puntos, bueno, se empieza a tener una imagen más clara”, cuenta Oscar Wilson, investigador postdoctoral de la Universidad de Helsinki (Finlandia).
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La detección de estas lesiones frecuentes, halladas en restos de animales que caminaron hace entre millones de años en lo que hoy conocemos como Colombia, se dio, sostiene Wilson, por azar. “Yo estaba recorriendo varias colecciones de fósiles, entre estas, la del Museo de la Tatacoa, para estudiar la alimentación de una especie antigua, y encontré un ejemplar que tenía la marca considerable en el cráneo. Una semana después, en otra colección, encontré más marcas de este tipo en otros fósiles”.
Wilson decidió comentarle esta conexión a colegas, y se contactó con Jorge Moreno-Bernal, becario del Ministerio de Ciencias y candidato doctoral de la Universidad del Norte, quien en ese momento realizaba labores en el Museo de la Tatacoa, en el departamento del Huila, donde se encuentra una de las “mecas” de la paleontología, y cuyos hallazgos permiten entender la vida antigua en los trópicos del planeta.
“En el caso de otro fósil, que fue recolectado en los años 90 y que correspondía a un animal parecido a un rinoceronte actual, tenía un agujero en la frente que parecía un balazo”, relata Moreno-Bernal, paleontólogo colombiano, con una maestría en Ciencias de la Universidad de Nebraska (Estados Unidos).
En total, los científicos, junto con otros siete investigadores, analizaron marcas de mordidas en cuatro especímenes de tres especies de herbívoros terrestres: un Pericotoxodon platygnathus (un toxodonte, similar a los rinocerontes actuales), un Xenastrapotherium kraglievichi y un Granastrapotherium snorki (ambos astrapoterios, similar a los hipopótamos) con este tipo de heridas. Los fósiles examinados tenían una antigüedad de entre 10,5 y 13,5 millones de años, y sus análisis, que permitieron dar con el responsable, fueron publicados en el Journal of Vertebrate Paleontology.
El principal sospechoso
Para seguir el rastro que dejaron estas lesiones, los investigadores decidieron encontrar el “arma homicida” detrás de estas marcas, que sería una mordida descomunal. Según estimaron, la fuerza necesaria para poder provocar este tipo de marcas en huesos es equivalente a la presión que genera un objeto de unas cuatro toneladas, es decir, cerca de 40.000 newtons (N) por diente.
“Lo que encontramos en los fósiles son hendiduras redondas. Además, habían sido producidas por dientes puntiagudos y de forma cónica; a esto se suma que algunos se presentaban en fila, lo que daba algunas pistas. Al final era como encontrar la llave que encajara en el candado”, explica Wilson, coautor del estudio. “Y solo un animal que conocemos cumple con esta descripción”.
Luego de descartar otros depredadores de la cadena trófica hace millones de años, como las conocidas “aves del terror”, el equipo de investigadores llegó a la conclusión de que se trataba de Crocodyliformes. Entre estos se encuentra una especie de caimanes gigantes, el Purussaurus neivensis, que habitó en lo que hoy es Colombia. Estos animales medían hasta siete metros de largo, es decir, aproximadamente el tamaño de un contenedor de carga. En este caso, el individuo responsable de las mordidas principales habría pesado cerca de 1.800 kilogramos de peso.
Sin embargo, encontrar al responsable de los ataques es solo una parte de la historia que recuperó la investigación y que revela cómo es posible reconstruir historias del pasado a través de los fósiles, así como abrir ventanas sobre cómo era la vida mucho antes de que los seres humanos pusiéramos un pie en el continente.
La reconstrucción de una emboscada
Antes de continuar con este caso, es necesario algo de contexto. El paisaje, y en general el mundo, en el que vivía esta megafauna hace decenas de millones de años era completamente diferente al que conocemos actualmente. En el caso del lugar donde se encontraron estos fósiles, el desierto de la Tatacoa (Huila), en el sur de Colombia, se trataba, según algunos modelos, de un paisaje de bosques y pantanos, muy parecido al que hoy se encuentra en algunas zonas de la Amazonia.
Para el momento en el que se registraron los ataques, aún faltaban varios millones de años para que emergiera del todo, como resultado de movimientos tectónicos, la cordillera oriental de los Andes. En lugar de esto, una de las marcas definitivas de la geografía de la región era lo que se conocía como el megahumedal de Pebas, un megasistema de lagos, pantanos y humedales de agua dulce que cubría gran parte del continente.
Estos sistemas acuáticos eran claves para la vida y serían el lugar en donde ocurrieron los ataques que quedaron registrados en las lesiones detectadas en los fósiles. “Tenemos cuatro especímenes con marcas en la cabeza. Si se tratara del consumo de un cadáver, el cocodrilo probablemente no habría buscado la cabeza. Eso indica que probablemente son ataques”, relata Moreno-Bernal.
Según la secuencia reconstruida por los investigadores, los ataques empezaban con una emboscada: los grandes ungulados nativos (Pericotoxodon, Xenastrapotherium y Granastrapotherium) eran sorprendidos cuando se acercaban a las orillas para beber. Esta hipótesis se refuerza por el hecho de que la gran mayoría de las marcas físicas de mordeduras analizadas se concentran en las cabezas y mandíbulas de las presas.
A esto se suman muestras de forcejeo, como marcas de arrastre y ahogamiento, en los que el depredador aseguraba el agarre de la cabeza y utilizaba su peso corporal para arrastrar a la presa hacia el fondo del agua, así como “marcas de gancho” que apuntarían a rastros de arrastre para realizar sacudidas fuertes del cuello, forcejeos o el característico "giro de la muerte".
Como admiten los investigadores, gran parte de estas conclusiones se sacan de los comportamientos detectados en los cocodrilos modernos y que son aproximaciones a lo que pudo suceder en el pasado.
Como cuenta Moreno-Bernal, uno de los coautores del estudio, estos análisis también se apoyaron en estudios previos sobre la mordida de estas especies, realizados por investigadores peruanos, brasileños y colombianos. “Así como científicos en Australia que, en uno de estos parques con cocodrilos, les dieron carcasas de cerdo a los animales y observaron cómo interactuaban con ellas, para luego analizar qué patrones dejaban en los huesos. Al compararlo, encontramos que los patrones de daño son absolutamente idénticos” sostiene.
Una ventana al pasado
Como comenta Edwin Cadena, paleontólogo y profesor de la Escuela de Ciencias de la Universidad del Rosario, quien no participó en el estudio, “en este momento estamos viviendo una verdadera ‘edad de oro’ de la paleontología en Colombia. Y algo realmente sorprendente de esta investigación es que pasamos de meramente describir especies a explicar de manera detallada la relación entre diferentes especies”.
Una de las conclusiones del estudio es que estos cocodrilos eran el grupo de depredadores más importante de este hábitat. “Había tantas presas disponibles que los depredadores mamíferos no podían haberse comido todas”, afirma Wilson. “Nuestro nuevo estudio demuestra que los Crocodiliformes, en particular, eran los depredadores más importantes de la región, sobre todo a la hora de cazar presas de gran tamaño”.
Por su parte, al desmembrar presas grandes, los Crocodiliformes facilitaban restos para consumidores secundarios como tortugas, peces, aves y otros Crocodiliformes, actuando como motores de transferencia de nutrientes entre la tierra y el agua. “La frecuencia de las marcas que probablemente dejó el Purussaurus sugiere que fue un depredador importante en estos ecosistemas tropicales”, comenta Wilson.
Frente a esto, Cadena, de la U. del Rosario, coincide con esta conclusión y asegura que esta megafauna jugaba un rol “enorme” en el control ecológico de otras especies. Al preguntarle por qué estos animales perdieron su tamaño, explica que la geografía habría sido el factor determinante.
“Cuando pensamos en la interconexión del sistema de Pebas, este ofrecía a un organismo grande muchos espacios, pero cuando llegan los Andes, el paisaje se empieza a fragmentar, y si eres muy grande, vas a tener menos posibilidades de migrar, y eso es lo que se hipotetiza que hizo que los reptiles enormes decayeran, y que los pequeños empezaran a prosperar”, indica Cadena.
Por el momento, este tipo de marcas de mordidas se están estudiando en otro tipo de fósiles en el país para seguir estudiando las interacciones entre organismos. “Es necesario hallar más fósiles con este tipo de marcas e improntas. Con la colaboración de investigadores especializados y esta nueva evidencia, será posible profundizar en el rol de los hábitos alimenticios de los cocodrilos, tal como lo están abordando otros grupos”, asegura Wilson.
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