27 Mar 2021 - 5:23 p. m.

La investigación en Ciencia y tecnología es una herramienta poderosa para salir de la pobreza

¿Es una fatalidad Garcia-Marquina que Colombia tenga poca innovación tecnológica?

César Pulgarín

Así como en épocas antiguas algunos personajes iban a conocer el hielo, cuando yo tenía 10 años, mi padre, quien construía las mesas, taburetes y camas de la casa, me llevaba a contemplar herramientas y aparatos en las vitrinas de algunas ferreterías del pueblo. En momentos de prosperidad, compraba uno de ellos (eléctrico, mecánico, médico…) y al regresar a casa me enorgullecía cuando lo exhibía a los vecinos diciendo en tono solemne “esto es de calidad alemana”. Yo percibía la admiración en los interlocutores y sentía que mi familia era puesta en un pedestal como por arte de magia. Al contrario, en momentos de penuria económica, era con voz casi avergonzada que mi padre murmuraba: “durante un tiempo nos va a tocar contentarnos de mercancía japonesa porque estamos sin plata”.

Tres decenas de años más tarde, ya con hijos pequeños, el atributo de buena calidad seguía acompañando los productos alemanes o americanos, pero también los japoneses habían integrado el apetecido grupo de prestigio que hacen enorgullecer a sus dueños. Cuando había menos plata, yo también decía a mis hijos: “hay que comprar chino pues estamos pelados”. Hoy, que mis hijos me han alegrado más la vida con nietos, China está progresivamente abandonado su papel de taller barato de occidente y evoluciona hacia actividades que la acercarán al club de las potencias tecnológicas. Ahora se compran carros, máquinas, medicinas…y metros chinos no solamente porque sean eventualmente más baratos sino por su calidad. Estas anécdotas del pasado ponen en evidencia que, como para otros países, Colombia tampoco está condenada a ser prisionera de la soledad de hacer huecos para extraer materias brutas, y venderlas con poco o nulo valor agregado intelectual.

¿Por qué algunos países son ricos?

Los invito a introducir sucesivamente en internet las clasificaciones siguientes por país: “inversión en educación por persona”, “inversión pública en ciencia y tecnología” “inversión privada en investigación y desarrollo”. Observarán, sin sorpresa, que los países que ocupan los primeros puestos en las series anteriores son también los primeros en las clasificaciones siguientes: “nivel de educación de los estudiantes de 15 años (evaluación Pisa)”, “mejores universidades del mundo”, “cantidad e impacto de publicaciones científicas”, y “universidades más innovadoras”.

Las dos listas precedentes están a su vez estrechamente correlacionadas con las clasificaciones por país de “número de patentes” “innovación”, y “productividad”;

Finalmente, después de introducir ponderaciones (por ejemplo, talla y población del país) y excluir algunas excepciones exóticas como las de paraísos fiscales o países extractivistas petroleros, constatarán que en los primeros de la clasificación de los países por “riqueza”

aparecen los mismos que ocupan esas posiciones en las tres series de clasificaciones precedentes.

Un simple poseedor de teléfono celular puede entonces darse cuenta de que, en el mundo de hoy, la educación y la investigación son los primeros eslabones de la riqueza durable de los países, y que hay una sucesión de etapas en el paso de las primeras a la última. Los países que siguen esta secuencia llegan a tener altísimos porcentajes de sus sectores económicos basados en actividades con valor agregado del conocimiento que son las más productivas y rentables. No hay países ricos que hayan hecho de la innovación una política nacional sin seguir las etapas virtuosas preliminares o coexistentes antes mencionadas. “No se anda mejor poniendo la carretilla por delante del buey como decían los abuelos de mi tierra”.

¿Cuándo seremos ricos en Colombia?

Seremos más ricos cuando nos inspiremos de manera creativa de las experiencias exitosas de los países que aparecen primeros en la lista. Así lo hicieron algunos ciclistas colombianos que agregaron a sus dones propios toda la ciencia del ciclismo europeo. Para esto no sirve de nada ser “vivo” y saltarse la cola o ser “todero”.

Seremos más ricos cuando entendamos que el eslabón de la innovación es uno de los últimos en la cadena virtuosa que lleva a la riqueza. Pretender llevar a cabo una política de innovación sin reforzar masivamente, con anterioridad o en paralelo, todos los eslabones fundamentales que la preceden o acompañan, es como pretender ganar el Tour de Francia sin bicicleta de última generación, entrenador, médico, dietista, fisioterapeuta, psicólogo… y patrocinador.

En mi trajinar de investigador por cuatro continentes, he constatado que cuando se intenta construir políticas de innovación sin políticas de inversión contundentes, previas o paralelas, en educación e investigación principalmente en ciencias de base e ingenierías, el paisaje termina por llenarse de elefantes blancos de todo tamaño. Estos “paquidermos” son proyectos que nunca funcionan porque se lanzan con programas y etiquetas de innovación sin haber sido el resultado natural de todas las etapas preliminares requeridas. Es como poner un niño a hacer un juego de construcción a escala real. Al contrario, detrás de la buena calidad y reputación de los productos tecnológicos de muchos otros lugares, hay siempre una base sólida de educación de la población a todos los niveles y una inversión masiva en investigación universitaria y empresarial.

¿Y cómo estamos en Colombia?

En las clasificaciones de inversión en educación por persona, inversión en ciencia y tecnología, inversión privada en investigación y desarrollo, Colombia está en los trasfondos de los países de la OCDE. Como consecuencia lógica, nuestro país está también en los últimos lugares a nivel de educación a los 15 años, calidad de las universidades, número de publicaciones y patentes, así como en los indicadores de innovación y productividad. Para economizar a los lectores las aburridas cifras que son fácilmente accesibles por internet en las páginas WEB de organismos internacionales como la OCDE, menciono un solo dato: en una hora promedio de trabajo hecha en Colombia se produce una riqueza entre 5.7 y 7 veces inferior a las producidos por países como Noruega, Suiza, Alemania, USA y Francia. En todos estos países la inversión masiva en educación e investigación es la madre de la productividad y éstas son elementos claves de sus políticas. Colombia tendría que emular

estos países porque, con nuestra baja productividad, inclusive nuestros bajos salarios podrían parecer altos frente a los de otros países en condiciones aún peores que las nuestras. Actualmente la pobreza y la informalidad son el cotidiano de una parte importante de nuestra población con sus efectos colaterales de inseguridad, ilegalidad y confrontaciones sociales y militares. ¿Cómo estaríamos si se tomara la opción de ser más “competitivos” con salarios aún más bajos? ¿No será mejor tratar de reforzar el conocimiento construido alrededor de la investigación, que tiene hoy solo 0,22% del presupuesto nacional?

¿Verán un día mis nietos productos y servicios sofisticados con la etiqueta “Made in Colombia”?

El estado y las elites políticas, empresariales y sociales colombianas terminarán por entender que el tic tac del reloj nos recuerda que, cada segundo que pasa, somos más pobres con relación a otros países y que esto no nos permite llegar a ser una sociedad pacificada. La sociedad colombiana necesita urgentemente transitar hacia una economía de la inteligencia, con una población educada y universidades de alto nivel de investigación. Estas son las condiciones mínimas requeridas para desarrollar los sectores tecnológicos del siglo 21: tecnologías de producción social y ambientalmente sostenibles, biodiversidad, energías limpias, farmacéutica, materiales, informática, inteligencia artificial, seguridad electrónica, genética, telecomunicaciones, robótica, ingeniaría espacial, materiales, ciencias de la vida…. Las actividades en estos campos son ya generadoras de cuantiosos beneficios para los empresarios de los primeros países de las listas del comienzo de esta nota. En nuestro contexto, estas actividades favorecerían políticas de equidad y repartición de la riqueza en forma de salarios y altos ingresos fiscales, así como inversiones sociales masivas. En la abundancia, la reparación se arbitra siempre de manera más serena y constructiva en el juego democrático pues es más fácil repartir la riqueza que la pobreza. Los dirigentes políticos, empresariales y sociales colombianos del futuro deberán tener en cuenta los procesos en cadena y círculos virtuosos que llevan a la innovación, la productividad y a su hija, la riqueza.

Aunque los gobernantes y legisladores futuros logren eliminar la corrupción, los privilegios no merecidos y canalicen la inteligencia de todos los colombianos por el bien común, tendrán inevitablemente que reforzar los pilares de una economía del conocimiento. De otra manera, estarán condenados a administrar la precariedad. Porque, insisto, la repartición de una raquítica “riqueza” que se parece a miseria produce frustración y descontento en la población creando el caldo de cultivo para que, en las elecciones siguientes, vuelvan a los mismos con las mismas. La implementación progresiva de una economía del conocimiento, basada en la masificación de la educación y la investigación de calidad, necesita de tiempos más largos que el de los periodos electorales. Cuando el punto de partida es tan incipiente, transitar en esta dirección necesita de, al menos, una generación y para ello Colombia urge de un pacto nacional de 12-16 años entre sus partidos. Solo con la voluntad política de sus líderes Colombia dejara de ser un país “atractivo” por proveer mano de obra barata, extraer y vender materia bruta no transformada ni sofisticadas o tener prácticas ambientales y sociales más “elásticas”.

Actualmente se está construyendo un Conpes para definir la ruta de Colombia en ciencia y tecnología -en el periodo 2021-2023 (Ver nota sobre el tema escrita por mi colega Fanor Mondragon el 6 de octubre del 2020 en El Espectador). En este proceso, el ministerio del mismo nombre juega un papel articulador central. La buena noticia es que el joven Ministerio de Ciencia y Tecnología puede contar con el precioso aporte de la Comisión de Sabios y de otros miembros de las academias como la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Física y Naturales. Es una enorme suerte que los miembros de estos organismos que acumulan una enorme experiencia en investigación y gestión de la ciencia en ámbitos nacionales e internacionales puedan apoyar al Ministerio para hacer que el “buey” de la investigación de calidad se haga vigoroso y se ponga por delante o al lado (¡¡pero no atrás por dios!!) de la carreta de la innovación.

Esquiarla

Para saber si un programa presidencial para el 2022 nos da esperanzas de empezar a salir de la pobreza, asegúrese de que propone la receta de los países ricos: invertir masivamente en educación e investigación.

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