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El mundo le cerró las puertas a República Dominicana el 12 de marzo de 2015. De la noche a la mañana, socios comerciales como Estados Unidos, Japón y Haití prohibieron la importación de frutas y hortalizas desde allí. La medida generó USD 40 millones (dólares) en pérdidas a lo largo de ese año y puso en jaque una economía cuya importación depende en un 30% de estos productos. Todo por la diminuta mosca mediterránea de la fruta, una plaga que también amenaza cultivos en Colombia.
La pesadilla se había incubado meses antes. En noviembre de 2014 llegaron al Ministerio de Agricultura los primeros reportes de esta plaga, cerca del área turística de Punta Cana. En los siguientes días se extendió a lo largo de 2.000 kilómetros cuadrados, un poco menos que el área metropolitana de Tokio, Japón. La situación fue tan preocupante que parecía apenas justo informar a los países que recibían frutas de sus cultivos. El rechazo inmediato de las importaciones estuvo lejos de ser una medida desproporcionada.
“Para nosotros llegó a ser traumático. Me iba a dormir pensando en la mosca, soñaba con la mosca y por la mañana me despertaba con la mosca en la cabeza”, aseguró en su momento el Ministro de Agricultura, Ángel Estévez, en una entrevista para Átomos para la paz y el desarrollo, el boletín del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Tan solo dos años después, en el 2017, República Dominicana declararía la victoria contra esta plaga y su caso se volvería una insignia del control de pestes sin protagonismo de pesticidas. En Colombia, aunque el discurso oficial es el manejo integrado, el panorama es opuesto: hay un alto uso de pesticidas, y sus características climáticas y geográficas, entre otras cosas, la han convertido en un paraíso para este pequeño invasor de cultivos de guayaba, mango, cítricos y aguacate.
El paraíso de la biodiversidad… y de la mosca de la fruta
La mosca de la fruta es un término que cobija varias especies cuarentenarias (es decir, que representan un peligro económico potencial y restringen el comercio internacional), incluída la mediterránea. La mayoría pertenece a los géneros Ceratitis y Anastrepha. Juntas son capaces de invadir más de 300 frutas y vegetales. Una hembra es capaz de poner hasta 400 huevos, usualmente durante la etapa de maduración de estos productos. Eclosionan dos a cuatro días más tarde y las larvas comienzan a alimentarse. Son ellas las que aparecen, blanquecinas, entre la pulpa de la guayaba.
La infestación resulta en frutas, nueces y hortalizas que caen prematuramente de la planta, agujereados, flácidos, de colores extraños, vulnerables a otras infecciones, poco duraderas y que, en conclusión, nadie quiere comprar. En el caso de República Dominicana, ni los Estados Unidos, Japón o Haití quisieron recibir productos cargados de larvas y exponerse a tal destino.
A Colombia le es bien conocido este problema. Es diversa en moscas de la fruta nativas, a las que se suma la mosca mediterránea, una especie introducida desde África a través del comercio. Afectan cultivos como la guayaba, pitahaya amarilla, mango, maracuyá y papaya, junto a muchos otros.
De hecho, a finales de los años 90 a Colombia le sucedió algo similar a República Dominicana, solo que en esta ocasión solo se cerró el comercio de pitahaya amarilla a causa de la esta plaga.
Las condiciones ambientales que hacen de Colombia una joya de la biodiversidad, vuelven mucho más complejo enfrentar el problema. Como no tiene estaciones, condiciones ambientales como la temperatura y humedad constantes, sumadas con la permanente disponibilidad de hospedantes (plantas en las que las moscas depositan sus huevos) comerciales y no comerciales, las moscas se reproducen sin tregua.
“Nuestro país es tan diverso que en un solo lote, además de papa, se pueden tener plantas de durazno, manzanos, en fin… diferentes hospedantes que dificultan bajar las poblaciones de las moscas de la fruta”, explica la ingeniera agrónoma y entomóloga Nancy Barreto, quien ha trabajado 30 años en el manejo integrado de plagas de la mano de instituciones como Agrosavia y la Universidad Nacional de Colombia. “Es imposible hacer control en todos los hospedantes no comerciales”.
“Nuestro país es tan diverso que en un solo lote, además de papa, se pueden tener plantas de durazno, manzanos, en fin… diferentes hospedantes que dificultan bajar las poblaciones de las moscas de la fruta”.
Nancy Barreto
Como explica Andrea Amalia Ramos, directora técnica de sanidad vegetal del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), si bien Colombia exporta varios productos agrícolas, también tiene tiene un amplio “potencial de producción y exportación de frutas, vegetales en fresco, flores y ramas de corte”, a los que no ha podido acceder debido a barreras fitosanitarias (que incluyen a las plagas), productivas y logísticas.
Pero, ¿qué podría aprender Colombia del caso de República Dominicana, y al arma que le dio el triunfo sobre la mosca de la fruta?
Liberar millones de moscas para acabar con la plaga
En marzo de 2015, el gobierno de República Dominicana creó una comisión para establecer un protocolo de manejo de la mosca. Reunió a miembros del Ministerio de Agricultura, especialistas en entomología (rama de la biología que estudia a los insectos) del Servicio Americano de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal y del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. Su estrategia de guerra fue el manejo integrado, es decir, una mezcla de medidas químicas y biológicas que respaldaron un arma decisiva: la técnica del insecto estéril.
Surgió en la década de 1950 como resultado de la popularización de técnicas nucleares con fines pacíficos, a raíz de desarrollos tecnológicos que permitieron usarlas de manera precisa y controlada. Consiste, a grandes rasgos, en someter las pupas de la mosca —el estado entre gusano y mosca adulta, similar al de las mariposas cuando están en su capullo— a cantidades controladas de radiación nuclear (rayos gamma o rayos X). Así modificarían su ADN para volverlos infértiles.
La radiación nuclear es energía proveniente de átomos inestables, es decir, cuyo núcleo tiene un desbalance entre partículas cargadas positivamente y neutras. Son partículas radioactivas, capaces de transformar la estructura de la materia con la que entran en contacto. Cuando llega a los cromosomas, donde se encuentra la información genética de la célula, causa mutaciones que impiden que la mosca se reproduzca.
Una vez esterilizados, los insectos son liberados por millones en cultivos para que copulen con la población nativa y den como resultado huevos que nunca nacerán. Así, a medida que las moscas vayan muriendo, las poblaciones empezarán a disminuir.
“Una vez esterilizados, los insectos son liberados por millones en cultivos para que copulen con la población nativa y den como resultado huevos que nunca nacerán”.
Por lo general, se liberan machos porque son más eficaces para reducir la población de la plaga. Un solo macho puede aparearse con varias hembras, mientras que cada hembra solo puede producir descendencia de un solo padre. Trabajar con ellos reduce costos y acelera el control de la plaga.
Esa fue el arma decisiva de República Dominicana: en octubre de 2015, con el apoyo del Organismo Internacional de Energía Atómica , el país liberó 4.000 millones de machos estériles en las zonas afectadas. Los insectos fueron importados desde la planta de irradiación fitosanitaria del Programa Moscamed, en Guatemala. Menos de dos años después, en julio de 2017, República Dominicana se declaró libre de la mosca del Mediterráneo.
La técnica del insecto estéril (TIE) no es la única forma en la que la energía nuclear está en la primera línea en la lucha contra plagas y enfermedades agrícolas. Es posible irradiar alimentos con rayos gamma, X y UV (que no es nuclear) para controlar su deterioro y eliminar microorganismos e insectos presentes en ellos durante la etapa post-cosecha, empaque o procesamiento y distribución.
La lógica es la misma, energía que afecta el material genético, solo que en esta ocasión no se utiliza para esterilizar, sino para matar a los organismos sin causar un cambio en la textura, coloración, olor o sabor de las frutas y hortalizas, y, por supuesto, sin volver radiactivos a los productos o dejar residuos en ellos. Como señala Ramos, esta técnica es efectiva para eliminar moscas de la fruta, trips — insectos que atacan flores, frutas, cereales y hortalizas— y algunos microorganismos.
Si bien es una técnica muy efectiva para la desinfección de productos como la fresa, mango, lechuga, brócoli y arándanos, no todos cuentan con la misma suerte. Los tomates, por ejemplo, pierden firmeza al ser expuestos a radiación, mientras que frutas importantes para el agro colombiano, como aguacates, bananos y mandarinas presentan daño en sus tejidos. También les genera pecas o coloración oscura. Por otro lado, algunos tipos de moho y levadura son muy resistentes a la radiación debido al grosor de su pared celular y a su estructura genética y no logran ser eliminados por este método.
Ambas son alternativas que pueden disminuir el uso de plaguicidas e insecticidas, pero su amabilidad con el medio ambiente es parcial a raíz de los residuos de operación, que pueden ser contaminantes. El Organismo Internacional para la Energía Atómica reporta más de 50 países que utilizan la TIE, incluyendo 17 de América Latina y el Caribe, junto a 60 que han desarrollado reglamentaciones que les permiten irradiar alimentos, ya sean producidos por ellos mismos o al momento de recibirlos desde otros países. Colombia no figura en ninguna de las dos listas ¿Por qué?
70 años de retraso
El primer caso exitoso de TIE se remonta a 1954, cuando Curazao erradicó al gusano barrenador del ganado, una mosca que en estado larval se alimenta de los tejidos blandos de su hospedante (vertebrados de sangre caliente). Por su parte, la irradiación fitosanitaria comenzó a usarse a nivel comercial en 1986, cuando fue aplicada en un cargamento de mangos provenientes de Puerto Rico con destino a Florida, después de que la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) aprobara el método.
Hoy, 70 años después, en Colombia no se ha asomado ninguna técnica nuclear para el control de plagas. El por qué tiene dos explicaciones: una de infraestructura y otra socioecológica.
Tanto la TIE, como la irradiación de alimentos requieren un reactor nuclear, que en Colombia existe, pero no en las condiciones que se necesitan para este propósito. Se encuentra en la calle 50 con calle 26, en Bogotá. Su casa es el Servicio Geológico Colombiano (SGC), que recibió el reactor en 1965 como donación del gobierno de Estados Unidos en el marco del programa Átomos para la Paz.
El reactor del SGC tiene fines investigativos y tiene poca potencia. Su potencia oscila entre 0 y 200 megavatios (MW), mientras que las plantas nucleares que generan electricidad en el mundo suelen operar entre 1.000 y 3.000 MW, según datos del Monitor de Energía Global. A esto se suma que, como explica Johana Gaitán, integrante de la Dirección de Asuntos Nucleares del SGC, el reactor “solo está funcionando al 25% de su capacidad” y tendría que operar al 100% para prestar servicios externos al instituto. Incluso en ese escenario, su alcance sería limitado: no tendría la capacidad de irradiar toda la producción agrícola del país, una tarea que requeriría una planta nuclear diseñada específicamente para ese fin.
En el 2022 Agrosavia realizó un escaneo científico sobre la técnica del insecto estéril, que determinó la viabilidad de implementarla en Colombia. Su análisis de costos determinó que la construcción de una planta nacional de esterilización costaría aproximadamente USD 20 millones (dólares), a los que se suman USD 5.9 millones anuales en costos de producción.
Aunque Colombia todavía no contempla la construcción de una planta nuclear, el país dio un paso significativo en esa dirección el 10 de junio de 2026, cuando el Congreso aprobó la Ley Nuclear. Esta iniciativa, promovida por el Ministerio de Minas, establece el marco legislativo para regular las actividades relacionadas con el uso de radiación nuclear con fines exclusivamente pacíficos, como la lucha contra el cáncer, la seguridad alimentaria y la transición energética. Además crea la Agencia Nacional de Seguridad Nuclear (ANSN), una entidad encargada de regular los asuntos nucleares civiles.
La posibilidad de otro camino
Si bien la falta de infraestructura imposibilita actualmente la irradiación de frutas, la técnica del insecto estéril también es posible a través de la importación. Así como ocurrió en República Dominicana, Colombia podría traer machos estériles desde países vecinos que los exportan, como México y Guatemala, para acogerlos en instalaciones diseñadas para ello. Bajo este panorama los costos bajarían a USD 197.000 para la adecuación de laboratorios, y USD 77.000 de operación.
Aunque existe ese camino de importación, Barreto y Ramos señalan que la apertura de Colombia a mercados internacionales más amplios no es tan simple como liberar millones de moscas estériles.
Coinciden en que la gran diversidad de especies de moscas de la fruta, sumada a las condiciones ambientales y de relieve del país, así como a la abundancia de hospedantes comerciales y silvestres, dificulta el control de la plaga. Un ejemplo es el café, que funciona como reservorio de moscas. Aunque estas solo se alimentan de la pulpa del fruto y no afectan a la semilla (que es la que se usa para preparar café), el cultivo sirve como fuente de individuos que pueden dispersarse hacia cultivos vecinos. Como resultado, la plaga encuentra pocas barreras para su expansión y presenta una distribución prácticamente continua a lo largo de distintos pisos altitudinales y regiones del país.
Esta situación contrasta con la de otros países donde la técnica del insecto estéril (TIE) ha mostrado mejores resultados. Allí, las barreras geográficas naturales limitan el movimiento de las plagas y facilitan su erradicación o control a escala regional. En Colombia, en cambio, la conectividad entre ecosistemas y la amplia disponibilidad de hospedantes favorecen la dispersión constante de las moscas, lo que reduce la eficacia de este tipo de estrategias cuando se aplican de manera aislada.
Además, ambas señalan que el control de esta plaga no es el único impedimento de Colombia para alcanzar su potencial comercial. También han surgido nuevas enfermedades, como el hongo Fusarium, que, si bien no afecta la exportación, sí perjudica la productividad de los cultivos. Por otro lado, los procesos post-cosecha podrían mejorarse con el fin de alargar la vida en anaquel de frutas y hortalizas
A esto se suma la falta de organización, tanto a nivel gremial —que podría mejorar las prácticas productivas y fortalecer las exportaciones— como territorial, pues en Colombia la agricultura se desarrolla en pequeñas áreas de producción, lo que hace que cualquier estrategia fitosanitaria dependa de la colaboración entre vecinos.
Sin embargo, de implementarse técnicas nucleares, Barreto cree que deben hacer parte de estrategias integradas que involucren educación en mejores prácticas —como la cuarentena de frutos infestados—, insecticidas aplicados responsablemente, desinfección poscosecha —mediante tratamientos de frío y vapor caliente, una técnica que devolvió la pitahaya colombiana al mercado en los años 2000—, y vigilancia y control por parte de entidades estatales, como el ICA.
Ramos también señala que el control integrado de plagas, por sí solo, no es suficiente. Debe complementarse con procesos de identificación de riesgos, monitoreo e intervención que permitan abordar el problema no solo cuando la plaga ya está presente, sino también desde la prevención.
En Colombia, si bien el control integrado de plagas combina métodos biológicos y químicos, los insecticidas siguen siendo la herramienta predominante. Su uso excesivo ha dejado una estela de consecuencias: residuos dañinos en los alimentos, riesgos para la salud humana —incluidos trastornos neurológicos y cardiovasculares—, deterioro ambiental y la creciente resistencia de las plagas a estos productos.
Su constante uso también implica un gran desafío. Barreto, por ejemplo, recuerda un estudio reciente que le parece alarmante. Señala que “en Colombia hay 16 plagas con resistencia a plaguicidas químicos, Incluyendo comedores de follaje, mariposas que se alimentan de algodón y de maíz, ácaros, trips y moscas blancas”.
*Este reportaje fue elaborado en la Maestría de Periodismo Científico de la Pontificia Universidad Javeriana.
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