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4 Apr 2018 - 9:34 p. m.

La última propuesta para enfriar el planeta: echar sal de mesa en la atmósfera

Un investigador del Instituto de Ciencias Planetarias de California lanzó la propuesta en una reunión de expertos en Estados Unidos.

Redacción VIVIR

Hace unas pocas semanas, el científico Ken Caldeira, vinculado al Carnegie Institution, calculó que una transición mundial energética de fuentes fósiles a renovables, para frenar el problema del cambio climático, al ritmo actual tomaría cerca de 400 años. Es decir, terminamos fritos antes de cumplir la tarea.

Ante la lentitud de las soluciones a la vista, Robert Nelson, científico del Planetary Science Institute con sede en Pasadena, California, ha vuelto a insistir en discutir ideas de geoingeniería, es decir, provocar cambios a escala planetaria para contrarestar el impacto de los gases de efecto invernadero. En concreto, Nelson le propuso a sus colegas asistentes a la Conferencia de Ciencia Lunar y Planetaria que tuvo lugar en Texas, pensar en un ingrediente que no puede faltar en la buena cocina: la sal.

Para Nelson, la sal finamente pulverizada propagada a través de la troposfera superior, serviría como un espejo para contener los rayos del sol y evitar el calentamiento global. La idea del científico no es nueva. Desde hace varias décadas otros climatólogos e ingenieros han lanzado ideas un poco locas para salir del meollo. La inyección de partículas microscópicas en la atmósfera siempre ha estado sobre la mesa del debate. Los geólogos saben mejor que nadie que tras las erupciones volcánicas de gran magnitud, que lanzan partículas a la atmósfera, generalmente sobreviene un ligero enfriamiento del Planeta.

Nelson, como lo reseñó la revista Sciencie, cuestionó la anterior solución de inyectar partículas de dióxido de azufre (la misma de los volcanes), por el riesgo de destruir de paso la capa de ozono o producir lluvia ácida. Después de estudiar por varios años la atmósfera de otros planetas, Nelson llegó a la conclusión que la respuesta podría ser la simple sal de mesa. Este compuesto es más reflectante y más inofensivo para los humanos. Además tiene la ventaja de no bloquear el calor infrarrojo que sale de la Tierra si se pulveriza en diminutas partículas.

Matthew Watson, vulcanólogo de la Universidad de Bristol en el Reino Unido, y quien dirigió un experimento de geoingeniería, ya había considerado la sal como una posibilidad para enfriar el planeta pero la descartó porque, como lo explicó en la revista, “hay mucho cloro en la sal y el cloro puede contribuir a destruir el ozono. Eso solo podría ser suficiente para matar a la sal como candidato”.

Una idea similar la planteó hace varios años Sephen Salter, un ingeniero marino de la Universidad de Edimburgo, quien propuso rociar con agua de mar la atmósfera. De esta manera, las partículas de sal que se formarían al evaporarse el agua se aglutinarían en las nubes, convirtiéndolas en espejos. Salter imaginó crear unos 1.500 barcos gigantes que funcionarían con energía eólica y con la capacidad de succionar agua y rociarla en la atmósfera.

José Fernando Isaza, columnista de El Espectador, ex rector de la Universidad Jorge Tadeo, también analizó varias de estas propuestas de geoingeniería hace algunos años. Entre ellas, la de inyectar cristales de sal. Al respecto escribió: “Un geoproyecto consiste en construir sobre grandes barcazas altos rotores que inyecten a la alta atmósfera agua de mar rica en cristales de sal. Aunque factible técnicamente esta idea tiene varios problemas. Aún no se ha realizado ninguna prueba piloto, y los cambios de clima pueden ser no predecibles”.

David Keith, un científico de la energía y el clima centrado en geoingeniería en la Universidad de Harvard, reaccionó ante la propuesta con preocupación: “la sal también es muy atraída por el agua, y el agua es lo suficientemente escasa en la estratosfera que inyectar incluso cantidades limitadas de sal podría alterar potencialmente, por ejemplo, la formación de las nubes tenues del reino, con efectos desconocidos”.

La respuesta de Nelson ante estas advertencias, es que la sal se podría inyectar en la alta troposfera, sobre las nubes. "Esta sería una solución paliativa, no una solución a largo plazo", comentó el investigador, enfatizando que el esfuerzo principal debe seguir siendo la reducción de gases de efecto invernadero asociados al uso de combustibles fósiles.

Otras viejas ideas

En el pasado otras ideas de geoingeniería han surgido como alternativas polémicas. Una de ellas, convertir los océanos en pulmones que capturen el exceso de CO2. Fertilizando los mares con hierro se provocaría el crecimiento del plancton, que como los plantas utilizan el CO2 para producir su energía.

Roger Angel, director de un observatorio en la Universidad de Arizona, propuso en el pasado colocar millones de pequeños discos reflectores a una distancia cercana al millón de millas (donde la fuerza de gravedad de la Tierra y el Sol se equipara) que cumplirían la función de una sombrilla sobre nuestro planeta. Los platillos tendrían un sistema electrónico que les permitiría navegar según coordenadas satelitales. 

 

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