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Las “historias del Universo que no se ven con los ojos” y que reconstruyó Juan Diego Soler

El astrofísico y astrónomo Juan Diego Soler acaba de publicar Historia del Universo Invisible, un libro en el que hace un recorrido por la vida de los personajes que nos han permitido conocer mejor el Universo. 

29 de septiembre de 2026 - 07:31 p. m.
Juan Diego Soler es físico y doctor en Astronomía y Astrofísica.
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Juan Diego Soler no es alguien que necesite mucha presentación. Desde que en 2011 publicó su primer texto en El Espectador, mientras estaba en la Antártica, se ha convertido en un colaborador frecuente de varios medios de comunicación que recurren a él para entender los hallazgos de quienes estudian el Universo. Cada vez que su trabajo como investigador asociado a la Universidad de Viena (Austria) se lo permite, se arma de paciencia y de metáforas para dar una mano en la comprensión de anuncios que, a veces, parecen inteligibles.

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Como astrónomo y astrofísico, Soler sabe que quienes no entendemos de ecuaciones, señales distantes y análisis estadísticos, necesitamos de un traductor que, como alguna vez escribió Julio César Londoño —otro divulgador—, haga las veces de cartero y nos permita asomarnos a “los palacios de preciosos cristales, a esos laboratorios de donde salen armas terribles o a naves que vuelan más allá del Sol”.

Eso, más o menos, es lo que Soler, físico, PhD por la Universidad de Toronto, hace en su nuevo libro Historia del Universo invisible (Debate). En un poco más de 500 páginas, lleva a los lectores a través de la historia de la astronomía y de quienes han hallado las más importantes piezas de un rompecabezas que aún él y sus colegas están tratando de completar. Como él mismo dice, es un “compendio de lo que debería uno saber para entender qué es lo que hay afuera”. Un compendio “diseñado para todos, sin ecuaciones, y con ilustraciones astronómicas que acaban de salir del horno”.

En su paso por Colombia y mientras continúa trabajando en las observaciones de gas en la Vía Láctea desde Viena, Soler conversó con El Espectador sobre su libro que, entre otros protagonistas, tiene a los telescopios que desde tiempos de Galileo Galilei apuntan hacia las estrellas.

¿Por qué en las estrellas puede estar la clave para saber de dónde venimos?

Parte de la pregunta de dónde venimos y hacia dónde vamos está relacionada con los materiales de los cuales estamos hechos: hidrógeno, carbono, oxígeno, nitrógeno, azufre y fósforo. Esos materiales no salieron del Big Bang exclusivamente, sino que se forjaron en el interior de las estrellas a medida que las primeras estrellas fueron sintetizando a partir de hidrógeno elementos más pesados. Entonces, preguntarse de dónde venimos es preguntarse qué le ha pasado a las estrellas, incluyendo de qué están hechas y qué le ha pasado a esa materia de la cual se forman.

Usted nos contaba que publicó el primer texto en El Espectador hace 15 años, cuando estaba en la Antártica. Supongo que de ahí surgió la idea de su libro anterior, Relatos del confín del mundo. ¿En qué momento decide construir este, que es sobre la historia de la Astronomía y la de varios de sus protagonistas?

Escribir es una forma de pensar. Cuando usted quiere articular una idea, no la puede articular en abstracto. Relatos del confín del mundo fue la forma en que yo conté lo que viví en la Antártica, el continente más seco, más alto, más frío del mundo, donde no vive nadie. En últimas yo me quería contar qué fue lo que me pasó a mí y cómo lo digerí y cómo articulé lo que le había pasado a personas que habían llegado a Antártica en condiciones mucho más complicadas.

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Este libro sigue la misma filosofía y el mismo hilo narrativo. Es, en últimas, la síntesis de lo que yo hago. Yo quería saber de dónde viene ese germen, que es ver la luz que no se puede percibir con los ojos. Y cómo se cuenta esa historia del espacio que está entre las estrellas; no solamente a través de la ciencia moderna, de 350 años de historia que tenemos de estudio del medio interestelar. En últimas, yo lo que quería hacer era articular lo que estoy haciendo en este momento mi profesión, mi oficio, que es ser astrónomo, estudiando esas regiones en las que todavía las estrellas no han nacido o las regiones que quedan después de que las estrellas se mueren.

Usted está, de alguna manera, en constante movimiento. Ahora va para Francia, después va para Corea del Sur y, quienes lo seguimos en redes sociales, lo vemos todo el año en diferentes partes del planeta. ¿Cómo hizo para sacar adelante este libro?

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Es una coordinación tremenda. El libro está dedicado a mi esposa y a mi hija, no solamente por la inspiración y por la alegría que me da estar con ellas, sino porque ellas, en últimas, están frente al cañón. Para poder escribir, yo me despierto a las 4 a.m. que es la mejor hora porque no hay nadie. No suena absolutamente nada. Y usted tiene, por lo menos, tres horas de completa tranquilidad cuando ya comienza a trabajar. ¿A qué horas escribo viajando tanto? Es que los viajes le dan unas ganas de escribir tremendas. Relatos del confín del mundo comencé a escribirlo en el aeropuerto Haneda, de Tokio (Japón), porque se había demorado mi vuelo y comencé a hacer unas notas. Este libro empecé a escribirlo durante un viaje: cuando me invitaron hace tres años al Observatorio de la Universidad de Harvard a hacer una reseña que, creo, fue uno de los eventos más importantes de mi vida: poder ir a contar lo que uno hace a la meca de la astronomía.

Ahí me di cuenta de que hay muchas cosas que uno toma por sentado en su labor profesional. Cuando suceden esas pausas, que suceden en los viajes, uno comienza a preguntarse bueno, ¿y qué es lo que estoy haciendo? ¿Lo ha hecho alguien antes? ¿De qué rama del conocimiento fue que salió esa fruta que estoy consumiendo ahora? Porque nosotros no nos caemos de los árboles, ni los periodistas, ni los científicos, ni ningún oficio aparece por generación espontánea. Nosotros venimos de una tradición y esa cuestión de la tradición también corresponde, no solamente a lo que estamos rescatando ahora de culturas precolombinas o a lo mejor de ciertas culturas que habíamos abandonado en nuestra narración, sino que también somos herederos de la cultura occidental y de la ciencia, que es probablemente uno de sus frutos más poderosos.

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Antes de escribir "Historia del Universo invisible", Juan D. Soler había escrito "Relatos del confín del mundo".
Foto: Mauricio Alvarado

Entonces empezó ahí, en el Observatorio de Harvard, al que, además, le dedica unas buenas páginas en el libro…

Pues en el Observatorio de Harvard se tomaron las primeras placas continuas del firmamento. Ellos querían rellenar todo el firmamento utilizando placas con el dinero de la herencia de Henry Draper. Su esposa entregó al Observatorio un montón de dinero para que ellos pudieran comenzar a registrar el firmamento sistemáticamente, no solamente en la posición de las estrellas, sino también en el color de las estrellas. Para ahorrar dinero, comenzaron a contratar lo que llamaron después, un poco erróneamente, “mujeres computadoras”. Para suplir los costos, contrataban mujeres que, además, tenían discapacidades físicas; eran sordas o mudas.

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La primera mujer computadora era la señora que le hacía el lavado la casa del director del Observatorio de Harvard, que, además, era matemática: había sido profesora de matemática en Escocia y no podía conseguir trabajo, así que terminó lavando ropa y resultó una dura para las cuentas. Ninguno se había dado cuenta y fue una de las primeras mujeres computadoras: Williamina Fleming.

Entonces, en ese viaje, me llevaron a un edificio que todavía está en Harvard, en donde se conservan las placas fotográficas. Son las placas de 20 por 20 en las cuales están registradas las primeras fotos del firmamento. Y, aparte, están las notas de esas mujeres computadoras. Toda la clasificación de estrellas, la composición de las estrellas, el hecho de que el Sol está hecho de helio e hidrógeno, que es el principal componente del sol y otras estrellas, lo descubrió una mujer: Cecilia Payne. Tenía que contar toda esa historia.

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Este libro también es un repaso por la historia de la astronomía. Empieza en Aristóteles, va hasta la Biblioteca de Bagdad, pasa por Ptolomeo, por los Incas, por Copérnico, Galileo, por Herschel padre e hijo, Cecilia Payne, hasta llegar al radiotelescopio, entre muchos otros personajes. ¿Cuál de todos esos episodios le pareció más fascinante?

Parte de lo que yo quería mostrar en el libro es que los científicos también cocinan con agua. Los científicos, en últimas, también son humanos que existen en un contexto. A pesar de que hablemos de esto, de la torre de marfil de las grandes eminencias, todos los descubrimientos astronómicos en toda la historia de la humanidad se han hecho por humanos, hasta ahora. Y los humanos comemos, tenemos casas y tenemos familias. Yo quería representar eso. Entonces, se me ocurre, porque hay varios episodios, la lista de compras de Galileo Galilei en Florencia.

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Yo estuve en Florencia. Me invitaron a dar una conferencia en el Observatorio de Marchetti, que está en frente de donde falleció Galileo, cuando estaba en prisión domiciliaria. Entre los documentos que se conservan de él están las listas de compra de cuando Galileo estaba en Venecia. Y decía: zapatos para Vincenzo, el hijo; naranjas; algo que le debía un señor; vino Malvasía, que era el que le gustaba a él; cáñamo, brea, tubos de estaño… Están los componentes del telescopio. En últimas, Galileo vivía casi que a préstamo cuando comenzó. Se ve claramente que no hacía suficiente plata como profesor de matemáticas en Venecia. Entonces, también era un emprendedor. Aunque nosotros pensamos que los científicos son esos que viven por allá en las facultades, los científicos también tienen que emprender para solucionar esos problemas que a nadie se le han ocurrido que ni siquiera existen.

Si tuviera la oportunidad de meterse en un agujero de gusano y viajar a través del tiempo, ¿cuál de estos personajes le gustaría conocer?

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Uf. Esa es complicada porque el personaje que a mí me gustaría conocer era bien conocido porque no le gustaba mucho hablar con la gente. Era Emerson Barnard. El tipo tiene una historia de vida fantástica, de superación de las dificultades. Queda huérfano muy joven en el sur de los Estados Unidos después de la Guerra Civil y se convierte en aprendiz de fotografía. Como estas luces que tenemos en el estudio [de grabación], a Barnard le tocaba hacer eso mismo pero utilizando la luz del Sol, que era la única fuente, utilizando una cámara que se llamaba Júpiter, una lupa que enfocaba la luz del Sol para ampliar los negativos.

Esa habilidad después le sirvió porque fue Barnard el que hizo la primera fotografía de la Vía Láctea y no funcionó el mecanismo que tienen los telescopios para seguir los objetos en el firmamento. Estuvo nueve horas pegado a la cámara con pulso fino, moviendo en el firmamento. Pero, aparte de una persona extremadamente humana: Barnard llegó a convertirse en astrónomo profesional descubriendo cometas. Hay un episodio que me parece de los más fascinantes: le gustaban los árboles frutales y lo invitaron a Francia en una conferencia sin hablar una gota de francés. Lo invitó Camille Flammarion, que es uno de los grandes divulgadores científicos y un poco un “tegua” en la historia de la ciencia. Y en el postre le sirvieron cerezas y él se guardó todos los huesitos de las cerezas para poder cultivarlas en su finca que había comprado cerquita al observatorio. Lo llamaban el hombre que no dormía, como muchos astrónomos.

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Emerson Barnard.

El libro también es la historia de los esfuerzos para entender la naturaleza de la luz con diversos artefactos. ¿Cuál de todos los que menciona le pareció más fascinante?

En Colombia le damos un montón de peso a la teoría. Aquí, ser teórico físico teórico, como Stephen Hawking, es ser un “duro”. Y, de hecho, este libro es la muestra de Stephen Hawking no es el único que puede hablar del Universo. También puede ser alguien que no sea un hombre blanco. Un colombiano también puede hablar de eso. Lo último en guarachas, en astronomía, es el telescopio de un kilómetro de tamaño que es el SKA. Es el telescopio más poderoso del mundo y se está haciendo en África, con mano de obra de Sudáfrica, incluyendo los recibidores del telescopio, que son unas neveras grandes que me invitaron a conocer y eso es lo único que se está llevando a Sudáfrica. Se necesitaba soldar aluminio, que es muy difícil, y pues le enseñaron a los sudafricanos a soldar aluminio. Necesitaban las placas y la industria sudafricana comenzó a desarrollar el capital humano para hacer eso.

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En el recorrido del libro usted llega a estos radiotelescopios que empiezan a desarrollarse en las décadas del 30 o del 40 del siglo pasado, gracias a Grote Reber. ¿Qué cambia para la astronomía con esos artefactos?

Esa historia de la radioastronomía le dice a uno que, a veces, la sociedad tiene que estar madura para los descubrimientos. Lo que estamos viendo ahora con Chat GPT, con los agentes de IA, no es nuevo. Los agentes de IA han estado aquí durante mucho tiempo.

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Cuando yo estudié en la Universidad de Toronto, Geoffrey Hinton dio una charla sobre los peligros de la IA. Y yo me gradué en el 2013.

La radioastronomía despegó por primera vez en los años 20, pero no pegó porque el interés en ese momento era optimizar el telégrafo: querían hacer rebotar ondas en la atmósfera, pero no hubo astrónomos durante casi 30 años. Después, ese señor, Grote Reber, que era un “cacharrero”, o sea, vendía partes para radios. Utilizando esas partes para radios, construyó el que fue el primer radiotelescopio para observaciones astronómicas continuas e hizo una cantidad de descubrimientos tremendos desde el patio de su casa. Incluso, en ese momento no pegó. ¿Cuándo pega la radio astronomía? Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando hay un montón de personas interesadas en tener el monopolio de las señales electromagnéticas para fines militares. Y ahí se dan cuenta de que esa misma luz que estamos utilizando nosotros para detectar al enemigo, para comunicarnos, nos está diciendo algo del universo y ha sucedido un montón de veces en aplicaciones militares.

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Cuando los primeros satélites infrarrojos se lanzaron por fuera de la atmósfera de la Tierra, el objetivo era ver dónde había pruebas nucleares y se dieron cuenta de que la señal de pruebas nucleares venía desde fuera, desde el Universo, desde todas las explosiones termonucleares que están sucediendo en los centros de las galaxias.

Entonces, realmente lo que yo aprendí con ese desarrollo de la radioastronomía es que a veces la sociedad necesita también alcanzar esa cúspide. Y si hay algo del libro es que los pioneros la pasan mal, la pasan mal porque es un camino muy solitario. Es similar al de la escritura. Usted que escribe para el periódico sabe que no hay una soledad como la de terminar un texto y no saber quién lo va a recibir. Entonces, este es el puente que yo establezco, a ver cómo reciben los colombianos esas historias del Universo que no se ven con los ojos.

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El último catálogo publicado por Gaia, el telescopio espacial, indica que, como usted menciona en el libro, más o menos que hay 1.800 millones de estrellas que cubren solo el 1 % de la población estelar de la Vía Láctea. ¿Cómo estamos tratando de descubrir el otro 99 %?

Lo último que se ha lanzado es el telescopio espacial Roman. La razón por la cual nosotros apenas vemos el 1% de la galaxia es por el oscurecimiento del polvo interestelar, que es uno de los protagonistas del libro. Cuando nosotros miramos el firmamento, no estamos viendo todas las estrellas posibles; vemos las estrellas cuya luz nos alcanza a nosotros. Pero también vemos nubes de polvo que están oscureciendo la luz de las estrellas. Hay lugares en los que se puede ver un poco más allá. Por ejemplo, la galaxia es como si fuera un plato. Nosotros vivimos en un ladito del plato. Si usted mira hacia arriba, pues no tiene mucha materia que lo oscurezca, entonces lo puede ver bien, puede ver hasta otras galaxias, puede ver la luz del Big Bang, pero si usted mira directamente en el plano de la galaxia, pues ve una cantidad de nubes de polvo que le están oscureciendo la luz de las estrellas. ¿Cómo se puede ver a través de esas nubes de polvo? En luz infrarroja; es luz que atraviesa esas nubes de polvo y nos permite ver estrellas que están mucho más lejos.

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Usted le dedica varias páginas al rol que han tenido las mujeres en la astronomía. Al inicio, con muchas dificultades, como el caso de Cecilia Payne, que ya mencionó. Hoy, si usted mira retrospectivamente, ¿cree que ya les dimos el lugar en la historia de la astronomía que merecen esas mujeres que también estuvieron a la vanguardia de muchos descubrimientos?

Creo que no se cuentan esas historias lo suficiente. Y no solamente de las mujeres, sino de personas que contribuyeron a la Astronomía y que venían de lugares realmente inesperados. Meghnad Saha, de India, hizo la ecuación que describe la luz que viene del Sol, en una época en que India se estaba consolidando como nación no sólo a través de las luchas de Gandhi y los movimientos de derechos civiles en la India, sino también a través de sus científicos, como Satyendra Nath Bose, premio Nobel de Física, que encontró un nuevo estado de la materia, el estado Bose-Einstein. O Chandrasekhar, que se carteaba directamente de tú a tú con Einstein, a quien le encantaba hablar con Chandrasekhar porque siempre tenía unas ideas gigantes. Y Saja casi que ni se menciona cuando fue el que nos reveló el secreto del Sol.

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Meghnad Saha.

Sucede lo mismo con nosotros, los colombianos y los latinoamericanos. En el libro, en la última parte, yo cuento los grandes desarrollos de la radioastronomía en Argentina, porque una de las cosas que uno se da cuenta en astronomía es que todo el cielo no se ve desde el norte. Ahí fue de donde salieron los desarrollos de la red Astronomía en Argentina. La primera observación global de todo el cielo se completó con datos desde Argentina. A los argentinos les entregaron uno de los recibidores de radio para instalarlo en unas antenas que trajeron desmanteladas desde Estados Unidos y los argentinos las tuvieron que ensamblar e hicieron una de las observaciones que todavía utilizamos. Son datos que todavía se utilizan para hacer radioastronomía, para hacer investigaciones de las nubes de gas en el firmamento. Y fue en tiempos extremadamente turbulentos, porque se mezcló el desarrollo del Instituto de Radioastronomía de Argentina con las dictaduras del Cono Sur.

Hablando del Sur Global, usted le dedica también unas páginas a un personaje muy querido de la historia colombiana: el Sabio Caldas. ¿Qué le genera a usted este personaje?

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Primero, una curiosidad tremenda. Yo no quería que esto fuera una historia de la astronomía, sin contar lo que estaba sucediendo aquí en nuestro territorio. Y sí hemos tenido un científico de talla mundial que ha surgido casi de manera espontánea fue el sabio Caldas. Hizo unos desarrollos espectaculares: fue el primer tipo, posiblemente, que se dio cuenta que el agua hierve a distintas temperaturas a distintas alturas. Descubrió el concepto de pisos térmicos que después Humboldt divulgó y se generalizó a través de su obra Cosmos. Pero el sabio Caldas, a través de observaciones físicas que estaba haciendo en nuestro territorio estableció un montón de principios importantes. Yo digo “generación espontánea”, pero el sabio Caldas fue un tipo que tuvo la fortuna de recibir la herencia de las expediciones de La Condamine, que fue cuando estaban intentando medir el diámetro del Ecuador de la Tierra y vinieron los franceses al sur de Colombia y al Ecuador, a hacer expediciones de medición y muchos de esos textos que trajeron se convirtieron en textos que estaban al alcance de las personas.

Caldas era abogado porque lo obligaron a estudiar Derecho, pero le toca hacer tours entre Popayán y Bogotá para vender telas. Y en esos tours pues comienza a medir nuestro territorio y, de hecho, eso le cuesta la vida. A Caldas lo fusilan porque a través de las suscripciones a una revista le pidió a los neo granadinos en su momento medir nuestro país y eso era un alto secreto militar. A mí siempre me ha molestado ese término “sabio”, pero creo que a este sí le queda bastante bien.

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Demos un salto en el tiempo. Cuéntenos qué es el filamento Magdalena, que tiene mucho que ver con usted y lo menciona en el libro.

Magdalena es la materialización de lo que sueña toda persona que se dedique a la física: ver algo que alguien nunca antes había visto. Cuando fui a trabajar a Alemania en el Instituto Max Planck de Astronomía, yo era parte de un proyecto que llevaba ya cuatro años para hacer el mapa más detallado de gas hidrógeno en la Vía Láctea. Yo era el observador de ese proyecto. Estábamos componiendo los datos y tenía algo que no había visto jamás. Eso era una imagen de un tercio del plano galáctico de la Vía Láctea; de esa banda que se ve en el cielo nocturno.

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Esas observaciones tenían un pequeño error y es que no corrigieron el hecho de que nuestra galaxia no es un plato, sino que es como una papa frita. Entonces va hacia arriba en un pedacito. Yo estaba haciendo ese análisis de datos y esos datos se habían excluido porque era la parte de la papa frita en los que no se esperaba ver nada. Y en ese pedazo había una culebrita, que, cuando estimamos la distancia, queda a 17 kiloparsecs, es decir, como a unos 5.000 años luz: queda del otro lado de la Vía Láctea y es enorme. Tiene 100.000 veces la masa del Sol. La mayor discusión y fue lo que más nos costó, es ¿qué tan largo es? Tiene 1,7 kiloparsecs. Y me tocó a mí la oportunidad de darle el nombre, porque en astronomía, pues si usted lo ve, le pone el nombre. Y yo estaba leyendo el libro El río, de Wade Davis, y sabía que tenía que ponerle el nombre del río fundamental. Era un pequeño homenaje a mi país. No es mi resultado astronómico más interesante, pero sí puedo decir que descubrí una culebra de 100.000 masas solares del otro lado de la galaxia.

¿Qué está investigando hoy?

Sigo trabajando con las observaciones del gas en la Vía Láctea y utilizando telescopios de síntesis. Cuando usted tiene un telescopio muy grande, pues no puede llenar un plato de 27 kilómetros de placas de metal para hacer un telescopio gigante, aunque lo puede intentar. En China, ahora mismo hay un telescopio que se llama Fast, que tiene 500 metros de diámetro y se puede apuntar un poquito. Yo sigo con los telescopios que se pueden organizar como si fueran antenas para observar ondas de radio. Y ahora el último resultado que tenemos es una burbuja que está alrededor de la Nebulosa de Orión. Nadie lo había visto porque nadie lo había buscado. Está aquí no más, a 1.350 años luz.

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¿Y qué está leyendo en este momento?

Estoy leyendo dos cosas, pero una me ponía de mal genio para el tour del libro, entonces la dejé. Estaba leyendo Calle Londres 38, de Philippe Sands. Este señor es un abogado de derechos humanos y hace la comparación entre lo que sucedió en el juicio de Pinochet y el juicio de un alemán que había sido uno de los perpetradores del Holocausto que se refugió en Chile gracias a un auxiliar militar que conoció en Ecuador que se llamaba Augusto Pinochet. Eso, pues, no me pone de muy buen genio para hacer un tour de libros. Entonces, estoy releyendo El Aleph, de Borges. Son historias cortitas y le dejan a uno más espacio para tener nuevas ideas para el siguiente libro.

¿Y del siguiente libro nos puede dar una pista?

Primero tengo que recuperarme de esto, pero estoy pensando en públicos distintos y en ilustración. El próximo año se cumplen 70 años del vuelo de Laika al espacio. Tenemos un libro ilustrado sobre Laika y otro libro sobre las extinciones; sobre lo que estamos haciendo los humanos en este momento con nuestro planeta y cómo lo vamos a ver en 100 años.

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Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar. SergioSilva03 ssilva@elespectador.com
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