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Las superpotencias quieren poner un reactor nuclear en la Luna en 2030. ¿Para qué?

La NASA ha dado un nuevo paso hacia la instalación de un reactor nuclear en la Luna, con una directiva que busca acelerar su desarrollo y despliegue antes de 2030. El objetivo es claro: garantizar energía confiable y continua para una futura base lunar habitada. Esta movida reactiva una carrera espacial con tintes geopolíticos, donde China y Rusia también avanzan con planes propios para colocar reactores en la superficie lunar.

Redacción Ciencia

05 de agosto de 2025 - 01:00 p. m.
En abril pasado, la agencia Reuters informó que China está considerando seriamente construir una planta nuclear en la Luna para abastecer de energía a la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), un ambicioso proyecto que desarrolla en conjunto con Rusia.
Foto: Tomado de internet
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Esta semana el mundo científico conoció, gracias a medios como The New York Times y Politico, la intención de la NASA de acelerar los esfuerzos para instalar un reactor nuclear en la Luna. La agencia espacial emitió una directiva que ordena, entre otras cosas, el nombramiento de un funcionario de la NASA para supervisar el proyecto en un plazo de 30 días, y la emisión de una solicitud de propuestas de empresas comerciales en un plazo de 60 días. El reactor propuesto debería generar al menos 100 kilovatios de energía eléctrica —suficiente para abastecer entre 300 y 500 hogares colombianos— y estar listo para su lanzamiento a finales de 2029.

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“Para avanzar adecuadamente en esta tecnología crítica para poder respaldar una futura economía lunar, la generación de energía de alta potencia en Marte y fortalecer nuestra seguridad nacional en el espacio, es imperativo que la agencia actúe con rapidez”, escribió, según cita The Times, Sean Duffy, el secretario de Transporte a quien el presidente Donald Trump nombró en junio como líder temporal de la agencia espacial, en la directiva.

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La idea no es nueva. De hecho, sus raíces se remontan a la era del programa Apolo, en las décadas de 1960 y 1970, cuando la NASA y otras agencias ya exploraban formas de generar energía de manera sostenible en entornos extraterrestres. Más recientemente, en 2022, la NASA adjudicó tres contratos por 5 millones de dólares cada uno a socios comerciales, con el objetivo de desarrollar diseños iniciales para un pequeño reactor de fisión nuclear. Estos diseños debían incluir sistemas de conversión de energía, disipación de calor, gestión y distribución eléctrica, así como estimaciones de costos y un cronograma de desarrollo.

El propósito: sentar las bases para una presencia humana continua en la superficie lunar durante al menos una década. Y es que detrás de la idea de tener un reactor nuclear en la Luna no solo hay un deseo de independencia energética, sino también la necesidad de garantizar una fuente estable, confiable y compacta de electricidad en un entorno donde la energía solar no siempre es viable. Durante las prolongadas noches lunares —que pueden durar hasta 14 días terrestres— la falta de luz solar dificulta el uso exclusivo de paneles solares. Un reactor nuclear, en cambio, puede funcionar de forma ininterrumpida, proporcionando electricidad para sistemas de soporte vital, comunicaciones, investigación científica, hábitats presurizados, y eventualmente, para la producción de combustible a partir de recursos lunares.

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En otras palabras, si la humanidad quiere tener un asentamiento funcional y autónomo fuera de la Tierra, depender exclusivamente de paneles solares no es suficiente.

Hay varios retos en ese objetivo. La experiencia que dejaron las iniciativas financiadas en 2022 dejó claro, por ejemplo, que es clave que los sistemas energéticos sean compactos, ligeros y capaces de resistir las duras condiciones lunares: temperaturas extremas, radiación cósmica y la abrasiva capa de regolito que cubre su superficie. Además, deben ser lo suficientemente autónomos para operar con una mínima intervención humana, y contar con medidas de seguridad estrictas que eviten fugas o fallas catastróficas. Otro desafío es el transporte. Llevar un reactor nuclear desde la Tierra hasta la Luna implica superar no solo barreras técnicas, sino también regulaciones internacionales e incluso muchas preocupaciones éticas.

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Además, el ensamblaje y la puesta en marcha en un entorno con baja gravedad y sin atmósfera demandan nuevas soluciones de ingeniería y robótica. Pero Estados Unidos no es el único país en esa carrera. En la directiva conocida, Duffy cita los planes de China y Rusia para instalar un reactor en la Luna a mediados de la década de 2030 como parte de una alianza para construir una base allí. Si fueran los primeros, China y Rusia podrían declarar una zona de exclusión que inhibiría las actividades de Estados Unidos allí, afirmó el funcionario, cita The Times.

Con “zona de exclusión”, se refiere a un área delimitada en la superficie lunar que, bajo el argumento de seguridad operativa o protección de infraestructura, impediría que otras misiones espaciales —especialmente las de países rivales— se acerquen o desarrollen actividades en sus inmediaciones. Aunque el espacio ultraterrestre no puede ser reclamado legalmente por ninguna nación, en la práctica, establecer presencia física y operativa podría dar ventajas geopolíticas.

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En abril pasado, la agencia Reuters informó que China está considerando seriamente construir una planta nuclear en la Luna para abastecer de energía a la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), un ambicioso proyecto que desarrolla en conjunto con Rusia. En marzo de 2024, Yuri Borisov, director de la agencia espacial rusa Roscosmos, confirmó que ambos países venían colaborando en un programa lunar, y que Moscú podría aportar su experiencia en el campo de la “energía espacial nuclear”. “Actualmente estamos evaluando con seriedad un proyecto para entregar e instalar una unidad de energía en la superficie lunar, junto con nuestros colegas chinos, entre finales de 2033 y 2035”, declaró entonces Borisov.

Una nueva carrera espacial

Los tres países —China, Estados Unidos y Rusia— están reeditando una nueva carrera espacial, similar a la que protagonizaron Washington y Moscú durante la Guerra Fría, pero con un giro: ahora el objetivo no es solo plantar una bandera en la Luna, sino establecer una presencia.

Por ejemplo, el primer alunizaje tripulado del programa de regreso a la Luna de la NASA, conocido como Artemis III, está oficialmente programado para 2027. Esta misión marcaría el regreso de astronautas a la superficie lunar por primera vez desde 1972, con la intención de establecer las bases para una presencia humana sostenida en la Luna. Sin embargo, expertos y observadores del programa consideran que esa fecha es poco realista. Entre las razones principales se encuentran los retrasos en el desarrollo del Human Landing System (HLS), el módulo de alunizaje que está siendo diseñado por SpaceX como una versión modificada de su nave Starship. Aunque se han logrado avances importantes, aún faltan pruebas clave, como un alunizaje de prueba no tripulado, que son esenciales antes de una misión con astronautas.

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A esto se suman demoras en el desarrollo de los nuevos trajes espaciales necesarios para las caminatas lunares, así como la complejidad logística de la misión, que requiere varios lanzamientos y operaciones de repostaje en órbita, tecnologías que todavía no han sido validadas en vuelos reales. Además, el programa depende en gran medida de la estabilidad del financiamiento aprobado por el Congreso de Estados Unidos, lo que añade incertidumbre política y presupuestal que podría retrasar aún más el cronograma.

China, por su parte, tiene ambiciones espaciales claras y grandes, y ha anunciado oficialmente que planea enviar astronautas a la Luna antes del año 2030. Este proyecto forma parte de su programa espacial tripulado liderado por la Administración Espacial Nacional China (CNSA).

Una de las misiones clave en ese camino es Chang’e-8, programada para 2028, que tiene como objetivo probar tecnologías necesarias para una presencia humana sostenida en la Luna. Esta misión, junto con Chang’e-7 (prevista para 2026), buscará recursos como agua congelada y evaluará la viabilidad de construir una base lunar en el polo sur. China ha hablado incluso de una “Estación Internacional de Investigación Lunar” (ILRS, por sus siglas en inglés) que sería permanente, aunque automatizada al principio, y posteriormente podría tener tripulación.

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Detrás de estas dos superpotencias, los planes de Rusia se encuentran algo más rezagados. Su primera misión lunar en casi medio siglo, la sonda Luna-25, fracasó en agosto de 2023, cuando perdió el control durante una maniobra previa al alunizaje y se estrelló contra la superficie del satélite. Esta misión marcaba el esperado regreso de Rusia a la exploración lunar desde la era soviética, cuando en 1976 la sonda Luna-24 logró con éxito traer muestras del suelo lunar.

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Aun así, Moscú no ha abandonado su ambición de recuperar protagonismo en la exploración lunar. La agencia espacial Roscosmos ha anunciado que continuará con sus planes, incluyendo futuras misiones como Luna-26, Luna-27 y Luna-28, con las que espera establecer una base científica permanente en el polo sur lunar hacia la próxima década. Sin embargo, la dependencia de tecnologías heredadas, las sanciones internacionales y la pérdida de colaboración con agencias como la ESA tras la invasión de Ucrania han ralentizado sus avances. Así, Rusia se mantiene como un actor relevante, pero más limitado, en una nueva carrera lunar donde el liderazgo y la capacidad de innovación parecen estar concentrados en Asia y Occidente.

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