Durante años, una de las ideas más extendidas sobre la Amazonía era que, antes de la llegada de los europeos, el bosque había estado habitado casi únicamente por pequeños grupos dispersos que apenas modificaban el paisaje. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en Nature, referencia de la mejor ciencia del mundo, podría cambiar esa idea.
Un grupo internacional de investigadores ha anunciado el hallazgo de los restos de más de 400 yacimientos bien conservados de arquitectura ceremonial monumental, junto con algunos asentamientos posteriores en el suroccidente de la Amazonia. Los científicos utilizaron un sistema de escaneo láser aerotransportado capaz de penetrar parcialmente el dosel del bosque y revelar el relieve del terreno. Gracias a eso, que permite observar estructuras ocultas bajo la vegetación, los científicos identificaron cientos de obras de tierra que habían permanecido invisibles para las imágenes satelitales convencionales.
En los vuelos realizados sobre más de 4.400 kilómetros se encontraron 432 estructuras arqueológicas, de las cuales solo 36 eran conocidas. Al comparar estos hallazgos con los registros obtenidos mediante imágenes satelitales, concluyeron que este último método apenas estaba mostrando una fracción de lo que realmente existe bajo el bosque. Según sus cálculos, por cada estructura identificada desde el espacio podrían existir alrededor de cinco. Con base en esa información, estiman que únicamente esta región del suroccidente amazónico podría albergar entre 23.000 y casi 30.000 estructuras construidas antes de la colonización europea, una cifra que, incluso en su escenario más conservador, iguala o supera las estimaciones que hasta hace poco se hacían para toda la Amazonía.
Estas construcciones, conocidas como geoglifos o grandes obras de tierra, no eran simples zanjas ni dibujos sobre el paisaje, explican. Se trata de enormes recintos con formas geométricas (circulares, cuadradas o poligonales) delimitados por fosos y terraplenes que, en algunos casos, alcanzaban decenas de hectáreas y estaban conectados mediante caminos. Los autores sostienen que no eran ciudades ocupadas de manera permanente, sino centros ceremoniales, políticos y sociales donde distintas comunidades se reunían para realizar rituales, tomar decisiones colectivas o celebrar encuentros de gran escala.
Levantar obras de esa magnitud durante cerca de 1.500 años habría requerido una organización social compleja, capacidad para movilizar grandes grupos de personas y conocimientos avanzados de planificación y geometría. Por eso, el estudio plantea que detrás de estos monumentos existió una sociedad mucho más numerosa y sofisticada de lo que tradicionalmente se había imaginado para esta parte de la Amazonía.
A partir del número estimado de estructuras, su antigüedad y modelos arqueológicos sobre el tamaño de las comunidades que pudieron construirlas y mantenerlas, los investigadores calculan que entre los años 100 y 300 de nuestra era la población de esta región habría oscilado entre 1,25 y 3 millones de personas. Los propios autores aclaran que no se trata de un conteo directo, sino de una estimación basada en modelos estadísticos y arqueológicos, por lo que el rango refleja la incertidumbre propia de este tipo de reconstrucciones históricas. “Nuestros hallazgos trastocan nuestra comprensión del pasado de la región amazónica”, afirma, citado en una nota de prensa, Martti Pärssinen, profesor emérito de la Universidad de Helsinki que dirigió el estudio.
Más allá del número exacto de habitantes, los autores creen que el hallazgo tiene implicaciones amplias. Si otras regiones de la Amazonía muestran patrones similares, habría que replantear cuánto transformaron los pueblos precolombinos los bosques, los suelos y la biodiversidad amazónica. Incluso, señalan los investigadores, podría ser necesario revisar los modelos sobre la influencia histórica de estas sociedades en el funcionamiento ecológico de la selva y, en consecuencia, en algunos aspectos del clima.
“La investigación demuestra que el impacto humano en el medio ambiente del Amazonas ha sido mucho mayor de lo que se creía anteriormente”, señala Pärssinen. “Esto tiene implicaciones directas para nuestra comprensión de la historia biocultural de la región. La civilización también afectó la producción y el balance de carbono de la antigua Amazonia, aspectos que deberían tenerse más en cuenta en los futuros modelos climáticos”.
¿Qué civilización era?
Los autores atribuyen la mayor parte de estas monumentales obras de tierra a una sociedad precolombina que denominan Aquiry. Según explican, no se trataba de un único reino o un solo pueblo, sino de una red de comunidades que compartían una misma visión del mundo, reflejada en la construcción de grandes recintos geométricos que comenzaron a levantarse hace más de 2.500 años en el suroccidente amazónico.
Aunque aún se conoce relativamente poco sobre esta civilización, los investigadores estiman que ocupó un territorio de unos 183.000 kilómetros cuadrados, una extensión comparable con la de la actual Siria. A diferencia de otras culturas precolombinas, los Aquiry no dejaron templos o ciudades construidas en piedra.
La explicación es sencilla: en esta región amazónica ese material es escaso. En su lugar, levantaron enormes estructuras de tierra, los llamados geoglifos amazónicos, que hoy constituyen la principal evidencia de la dimensión y complejidad de esta sociedad.
El nombre Aquiry tampoco es el que utilizaban sus habitantes para identificarse. Los investigadores explican que proviene del antiguo nombre indígena del río Acre y que fue adoptado para designar a este complejo multicultural, ya que se desconoce cómo se llamaban a sí mismos o qué lenguas hablaban. El estudio también muestra que los geoglifos construidos entre aproximadamente el 600 a. C. y el 850 d. C. corresponden a esta civilización. En cambio, otras estructuras de tierra, como aldeas con montículos y recintos circulares levantados después del año 1000, pertenecerían a sociedades posteriores, por lo que fueron excluidas de los cálculos sobre la población Aquiry.
A pesar de los avances, siguen existiendo grandes interrogantes. Los investigadores reconocen que todavía no saben qué provocó el aparente colapso de esta civilización hacia el año 850 d. C., ni qué ocurrió con las comunidades que construyeron estos monumentos.
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