Opinión | Hoy, en medio del conflicto desencadenado tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel para detener el presunto desarrollo de armas en el programa nuclear iraní, cuesta imaginar que esa tecnología alguna vez constituyó una esperanza de paz y un puente entre las naciones.
Cuando los Estados Unidos enviaron el primer reactor nuclear que se activó en territorio iraní, era imposible prever los tremendos cambios que esa nación experimentaría durante las casi siete décadas transcurridas desde entonces. Hoy, en medio del conflicto desencadenado tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel para detener el presunto desarrollo de armas en el programa nuclear iraní, cuesta imaginar que esa tecnología alguna vez constituyó una esperanza de paz y un puente entre las naciones.
“Incluso antes de la bomba, no se respiraba con facilidad en este mundo torturado. Ahora se nos presenta una nueva fuente de angustia; tiene todas las papeletas para convertirse en nuestra mayor angustia jamás conocida”, escribió el filósofo Albert Camus en su reacción al bombardeo de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas, el 6 y 9 de agosto de 1945. Esa angustia se extendió por todo el mundo tras la primera prueba nuclear de la Unión Soviética, en agosto de 1949, y tras los ensayos de las aún más potentes bombas termonucleares de los Estados Unidos en las Islas Marshall, a comienzos de la década de 1950. En un esfuerzo por desviar la atención del público del ámbito militar y buscar un enfoque distinto de la amenaza de la guerra nuclear en las relaciones internacionales, el presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, proclamó la iniciativa conocida como “Átomos para la paz”.
“Estados Unidos se compromete ante ustedes —y, por lo tanto, ante el mundo— a ayudar a resolver el terrible dilema atómico, dedicando todo su corazón y su mente a encontrar la manera de que la milagrosa inventiva del hombre no se dedique a su muerte, sino que se consagre a su vida.”, declaró Eisenhower ante en la plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York el 8 de diciembre de 1953. Su compromiso no mitigó su convicción de que, para evitar una guerra nuclear, Estados Unidos debía mantenerse a la ofensiva, listo para atacar en cualquier momento. Durante su mandato, el arsenal estadounidense pasó de mil a veinte mil armas nucleares. Sin embargo, también se abrió la investigación nuclear civil a países que anteriormente no contaban con esa tecnología.
El Reactor de Investigación de Teherán fue enviado por Estados Unidos en la década de 1960, cuando Irán estaba bajo el gobierno de Mohammad Reza Pahlavi, más conocido como el Sha de Irán. Hacia 1963, una década después de hacerse con el control del país tras un golpe militar, auspiciado por el Reino Unido y los Estados Unidos, el Sha inició un programa de modernización. A las medidas de redistribución de la tierra y a cuantiosas inversiones en infraestructura, se sumó la construcción de instalaciones nucleares. Era una apuesta por la independencia energética del país, a pesar de su ya considerable producción de petróleo, y una fuente de orgullo nacional.
Para 1977, año en que el presidente estadounidense Jimmy Carter brindó junto al Sha en Teherán celebrando que “Irán es una isla de estabilidad en una de las zonas más conflictivas del mundo”, el sueño de la energía nuclear parecía materializarse. Las centrales nucleares de Busheh, en la costa iraní del Golfo Pérsico, y Darkhovin, en las cercanías de la frontera con Iraq, estaban en construcción con la cooperación de firmas alemanas y francesas. Sin embargo, tan solo unos días después del brindis del presidente Carter, las fuerzas de seguridad del Sha reprimieron violentamente una manifestación de estudiantes del seminario en la ciudad de Qom. Era el detonante de una serie de acontecimientos que culminaron en el derrocamiento de la dinastía Pahlavi y en el fin del programa nuclear civil en la nación que se transformaba en la República Islámica de Irán…
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