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Científicos documentaron por primera vez cómo varios grupos de ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) colaboran de forma sofisticada para cazar presas en el fondo marino, en un comportamiento inesperado para esta especie.
Hace décadas se sospechaba que estas ballenas realizaban este tipo de caza debido al registro de cicatrices en las mandíbulas de algunos de sus individuos. Ahora, la investigación “aporta la primera documentación sobre la caza bentónica (en el lecho marino) cooperativa y coordinada de esta especie, así como pruebas que respaldan la colaboración, el nivel de caza más complejo desde el punto de vista cognitivo”, explican los autores del estudio publicado en la revista Behavioral Ecology and Sociobiology.
Para llegar a esas conclusiones, los investigadores realizaron observaciones de grupos de estas ballenas en el golfo de Maine, específicamente en el Banco Stellwagen (Estados Unidos). A través de etiquetas de registro acústico con sensores y cámaras, observaron cómo estos cetáceos llegan de manera coordinada al fondo marino para acorralar y capturar a sus presas, en particular a peces pequeños.
El 79 % de las observaciones de los investigadores consistió en una ballena cazadora acompañada por entre uno y tres “cocazadores” de la misma especie. En la mayoría de los casos, el grupo llegaba al fondo marino, adoptaba una formación de “estrella” y, posteriormente, se movía simultáneamente hacia los demás cazadores.
“Formaban una disposición cara a cara que terminaba cuando sus rostros se encontraban a pocos metros de distancia entre sí; un comportamiento que parecía servir para acorralar a las presas, en particular peces, hacia los demás cazadores”, se lee en el artículo.
Los investigadores destacan que existen ciertas tendencias en este modo de caza. Por ejemplo, los miembros del grupo mantienen posiciones constantes respecto a sus compañeros y sincronizan la apertura de sus bocas, actuando como un equipo estructurado en lugar de simplemente agruparse al azar.
En el estudio también se destacó el caso de varios individuos estudiados, entre estos a Bolide, una hembra de 24 años que participó en 29 eventos analizados (algunos de ellos que involucraron hasta cuatro ballenas en total). Siempre estaba acompañada por un individuo en una posición a la derecha.
Una de las hipótesis a las que llegaron los científicos es que la necesidad de capturar presas evasivas como el lanzón del norte (Ammodytes dubius) ha impulsado una “plasticidad conductual” en su comportamiento. “Aún no se sabe si este comportamiento es exclusivo de las ballenas jorobadas que cazan lanzones en el golfo de Maine (EE. UU.) o si es característico de la caza bentónica que realizan estas ballenas de otras presas en otros lugares”, concluyen los autores del estudio.
Además, alertan que este método de caza también implica un riesgo para su conservación, pues las ballenas corren el riesgo de enredarse con redes de pesca comercial, así como trampas de langostas.
“Aunque el enredo puede resultar letal de forma inmediata por ahogamiento, las ballenas enredadas que logran liberarse suelen sufrir una muerte lenta al tener que arrastrar un aparejo pesado por muchos meses. Durante ese tiempo, se les dificulta la búsqueda de alimento y aumenta su gasto energético al incrementar la resistencia al avance e inhibir los movimientos de natación, convirtiéndose al mismo tiempo en una fuente de hemorragias e infecciones”, indicaron los investigadores.
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