¿Y si su perro anciano pudiera ayudarnos a entender mucho mejor la enfermedad de Alzheimer?
Así lo sugiere un grupo de investigadores, pero expliquemos por qué. Aunque solemos asociar el alzhéimer con los seres humanos, los perros también experimentan un deterioro cognitivo a medida que envejecen. De hecho, pueden desorientarse, cambiar sus interacciones con las personas y perder algunas de las capacidades que antes les permitían desenvolverse en la vida cotidiana. Sus cerebros pueden acumular proteínas relacionadas con las alteraciones que caracterizan al alzhéimer humano. Y esas características pueden ayudar mucho a los científicos.
¿Por qué? Porque esa combinación los convierte en un modelo de interés para estudiar cómo cambia el cerebro con la edad.
"El envejecimiento cerebral es difícil de estudiar en ratones, ya que no presentan de forma natural la acumulación de proteínas deformadas que se observa en la demencia. Los investigadores pueden modificar genéticamente a los ratones para imitar lo que ocurre en un cerebro humano, pero es difícil reproducir todos los aspectos de la demencia en un solo ratón", escriben los investigadores en una columna publicada hace poco en The Conversation.
Una investigación publicada en npj Dementia se propuso examinar con mayor detalle esas semejanzas y diferencias entre los perros y los humanos. Para hacerlo, los investigadores analizaron los cerebros de 24 perros de ocho años o más después de su muerte.
También tuvieron en cuenta las evaluaciones de su comportamiento realizadas antes de morir y, en un grupo más pequeño, midieron biomarcadores en muestras de sangre. El objetivo era determinar qué alteraciones cerebrales presentaban estos animales y cómo se relacionaban con su estado cognitivo.
Los resultados mostraron que los 24 perros tenían depósitos de beta-amiloide en la corteza cerebral. Esta proteína es una de las protagonistas de la investigación sobre el alzhéimer, pues puede acumularse y formar placas en el cerebro. En el 87,5 % de los animales también se encontraron depósitos en el hipocampo, una región relacionada con la memoria. En general, la acumulación de beta-amiloide era mayor en los perros de más edad.
Pero había una diferencia importante. Aunque los investigadores encontraron depósitos de esta proteína en todos los cerebros examinados, ninguno presentó placas neuríticas, un tipo de lesión que se caracteriza por la presencia de prolongaciones neuronales dañadas alrededor de los depósitos. Es decir, los perros compartían algunas señales de la patología del alzhéimer, pero no todas las alteraciones que se observan en los seres humanos.
También examinaron la proteína tau, otra de las protagonistas de esta enfermedad. Cuando presenta determinadas modificaciones y se acumula de manera anormal dentro de las neuronas, puede formar parte de las lesiones asociadas al alzhéimer.
Los investigadores encontraron alteraciones compatibles con una fase temprana de patología tau en el 71 % de los perros. Sin embargo, eran menos extendidas que los depósitos de beta-amiloide y no siempre seguían el patrón de progresión que se conoce en los seres humanos.
¿Tenían más alteraciones los perros con deterioro cognitivo? En algunos casos, sí. Los animales clasificados con deterioro cognitivo presentaban una mayor acumulación de beta-amiloide en la corteza prefrontal y más células con tau fosforilada en la corteza visual. Estos resultados sugieren que ciertas alteraciones cerebrales están relacionadas con los cambios cognitivos en los perros mayores, aunque la asociación no fue consistente en todo.
Entonces, los científicos se hicieron una pregunta. Si los perros acumulan beta-amiloide, pero no desarrollan todas las características neuropatológicas del alzhéimer humano, ¿qué explica esa diferencia? Los autores plantean que estudiar cómo se comportan estas proteínas en el cerebro canino podría ofrecer pistas sobre los procesos que favorecen —o limitan— la progresión de las alteraciones cerebrales. Por ahora, se trata solo de una posibilidad.
Los investigadores advierten que su trabajo tiene limitaciones. La muestra fue pequeña, el análisis de los cerebros se realizó después de la muerte y las evaluaciones cognitivas dependían de la información proporcionada por los dueños. Además, los criterios utilizados para clasificar las alteraciones se adaptaron de los que se emplean en humanos y todavía no constituyen un sistema validado para establecer equivalencias entre ambas especies.
"Comprender mejor cómo envejece el cerebro canino puede ayudar a esclarecer por qué algunos perros o personas desarrollan demencia mientras que otros no. Gracias a este trabajo, los investigadores podrían descubrir nuevos tratamientos y detectar la demencia en etapas más tempranas", se lee en The Conversation.
👩🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬