4 Oct 2021 - 9:31 p. m.

Colombianos y venezolanos compartimos ancestros: se comprueba teoría antropológica

Resultó cierta la teoría que un antropólogo colombiano postuló hace cincuenta años. Un trabajo interdisciplinar entre la Universidad del Norte y la Pontificia Universidad Javeriana logró evidenciar la relación genética existente entre los grupos prehispánicos y contemporáneos de Colombia y Venezuela.

Juliana Gallego / Revista Pesquisa

Angulo Valdés, desde la década de los ochenta, venía planteando y proponiendo una relación entre el Bajo Magdalena y la Orinoquia venezolana.
Angulo Valdés, desde la década de los ochenta, venía planteando y proponiendo una relación entre el Bajo Magdalena y la Orinoquia venezolana.

El legado de Carlos Angulo Valdés ha trascendido. Y es que, aunque muchos lectores quizás desconocen este nombre, hace referencia a uno de los antropólogos más importantes que tuvo el Caribe colombiano en los años ochenta del siglo pasado. En la actualidad, sus estudios se relacionan con el Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana y el Laboratorio de Arqueología de la Universidad del Norte.

Antropología y genética

Transcurría el año 1976, cuando la Universidad del Norte, en Barranquilla, contrató a Carlos Angulo Valdés, quien comenzó a consolidar la investigación arqueológica en esta universidad. Por esa misma época, cuenta el profesor e investigador Alberto Gómez Gutiérrez, los genetistas de la Pontificia Universidad Javeriana “bajábamos de una suerte de torre de Babel y salíamos de nuestros encapsulados laboratorios para realizar la Gran Expedición Humana. Es decir, tomábamos la decisión de aproximarnos al trabajo de campo para conocer muy de cerca la labor de los arqueólogos”. Y aunque el antropólogo costeño no logró conocerse con los genetistas de la Javeriana, sí consiguió aportarles, a través de sus discípulos, el legado con el que actualmente se intenta dar evidencias que prueben algunas de sus hipótesis arqueológicas.

“Angulo Valdés, desde la década de los ochenta, venía planteando y proponiendo una relación entre el Bajo Magdalena y la Orinoquia venezolana”, señala Juan Guillermo Martín, arqueólogo y director del Laboratorio de Arqueología de la Universidad del Norte.

En esa época se atrevió a establecer dicha relación mediante el estudio y la documentación de cerámica con casi 3000 años de antigüedad que tenía una decoración muy particular: patrones lineales hechos sobre la arcilla fresca que representaban la fauna propia del Bajo Magdalena, elemento que coincidió con la cerámica analizada por unos colegas suyos en el Bajo Orinoco, en Venezuela, que presentaba el mismo tipo de decoración.

Desde ese momento, Angulo Valdés propuso una posible comunicación entre ambas sociedades, no solo por la similitud en la cerámica, sino por el procesamiento de algunas plantas empleadas para la alimentación, particularmente la yuca amarga.

A pesar de estas evidencias, la hipótesis de Angulo Valdés no se pudo corroborar completamente, por lo que, además de recibir muchas críticas, se le consideró un investigador osado para su tiempo. No obstante, estos reproches fueron zanjados, gracias al diálogo que generaron los genetistas de la Javeriana y los antropólogos de la Universidad del Norte.

El estudio interdisciplinar propiciado por los investigadores en estas dos áreas permitió analizar el ADN de los restos óseos humanos que habían sido encontrados en las excavaciones de Angulo Valdés y, para sorpresa de todos, se logró obtener evidencia genética y, de esta manera, corroborar por completo la asociación establecida, en su momento, con los ancestros de Venezuela. Así, la hipótesis trascendía la mera suposición y presentaba evidencia contundente con un hallazgo genético que sumaba a la certeza obtenida desde el punto de vista cultural.

ADN precolombino

El proyecto que llevan a cabo la Javeriana y la Universidad del Norte, titulado Bioarqueología del Magdalena, hace referencia específicamente al “ADN de los individuos que habitaron la región antes de la migración europea, es decir, antes del siglo XVI y previamente a la llegada de Colón”, según señala Gómez Gutiérrez. “Resulta que, alrededor del mundo, las diferentes poblaciones tienen una letra adjudicada a cada una de acuerdo con parte de su composición genética, es decir, una letra que indica la pertenencia a cierto grupo poblacional, oriundo de una determinada región, con características propias de la misma. Esto se conoce gracias a los estudios moleculares que, a lo largo del tiempo, han realizado los genetistas”.

En la América precolombina, por ejemplo, las letras adjudicadas son A, B, C y D para los genes que se encuentran en el citoplasma. Suponga que estas letras corresponden a su nombre, denominado en genética como haplogrupo. Pero usted también tiene unos apellidos, y a estos apellidos se les conoce como haplotipos, identificados con letras diferentes que se combinan con números. Como ejemplo, una persona de un haplogrupo B, con haplotipo 5g, sería B5g.

Precisamente, el análisis de los restos óseos excavados en el Bajo Magdalena, específicamente en Malambo, permitió identificar ADN correspondiente a la variante B. La investigadora María Claudia Noguera, que está a cargo de los experimentos de ADN precolombino en el Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, explicó cómo lograron, desde el punto de vista genético, determinar la relación existente entre las poblaciones del Bajo Magdalena y de Venezuela:

“Tras la identificación del haplogrupo B en los restos óseos precolombinos de Malambo, comenzamos a establecer una serie de variantes que nos llevaron a determinar que se trataba de un haplotipo B2j; un haplotipo que solo se encontraba hoy en las bases de datos en un individuo de Venezuela en toda Suramérica, evidencia que pudimos obtener a partir de las revisiones bibliográficas realizadas en diversas bases de datos internacionales, que permitieron, a la vez, determinar la relación biológica entre estas dos culturas o poblaciones”.

Los aportes sociales

Quizás ha llegado el momento de comprender, tal y como argumentan varios pueblos indígenas y algunas comunidades católicas, que ‘todos somos hermanos’. Hecho que cobra relevancia una vez confirmada la hipótesis, mediante estudios de ADN, de que todos venimos de los africanos. Tal y como afirma Gómez Gutiérrez: “Hasta el finlandés más blanco del mundo es afrodescendiente”.

Para los arqueólogos Javier Rivera y Juan Guillermo Martín, docentes de la Universidad del Norte, son tres aportes importantes los que quedan para la región Caribe. En primer lugar, dar a conocer a la población la historia de los antepasados indígenas.

En segundo lugar, la riqueza cultural que reposa en la colección arqueológica del Museo Mapuka, de la Universidad del Norte, ubicado en la ciudad de Barranquilla, y cuyo auge se ha incrementado y extendido en toda la región Caribe.

En tercer lugar, ampliar la investigación arqueológica en la zona, pues históricamente ha sido un territorio muy inexplorado debido a la violencia padecida durante años y a las escasas o nulas inversiones por parte del Estado en temas de investigación. Para Rivera, el Caribe es importante porque “las poblaciones que vivieron en el altiplano tuvieron, sí o sí, que haber pasado por la costa Caribe”. Pero, lastimosamente, este hecho ha sido muy poco explorado. Por último, el trabajo de estos investigadores deja en evidencia la importancia de la interdisciplinariedad y la relevancia de la investigación en ciencias sociales.

Continuidad de la investigación

La historia es infinita, así como lo es su estudio. La publicación de estos investigadores sobre la comunidad precolombina de Malambo es la primera de cuatro lugares más que están en estudio actualmente en el Atlántico: Tubará, Valle de Santiago, Ciénaga del Guájaro y Barrio Abajo, en el centro histórico de Barranquilla.

Los investigadores de ambas universidades cuentan con los restos óseos de las excavaciones hechas en estos sitios y esperan publicar muy pronto resultados adicionales obtenidos del estudio del patrimonio genético precolombino.

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