11 Jul 2021 - 2:01 a. m.

Teyrungʉmʉ y las partículas elementales de la Sierra Nevada

En 2016 Teyrungʉmʉ Apolinar se convirtió en el primer indígena Ikʉ (arhuaco) en graduarse como físico. El estudio de las simetrías y el universo cuántico, dos áreas que le apasionan, resuenan con algunos de los principios que primero escuchó en boca de los mamʉs, líderes espirituales de su comunidad. Esta es su historia.

Pablo Correa - @pcorrea78

Para Teyrungʉmʉ no existe un conflicto entre la visión de la física moderna y la visión arhuaca sobre el universo.
Para Teyrungʉmʉ no existe un conflicto entre la visión de la física moderna y la visión arhuaca sobre el universo.

En noviembre de 2018, Teyrungʉmʉ Apolinar Torres viajó a la Sierra Nevada de Santa Marta junto a Aída del Pilar Becerra, su esposa, para cumplir con los rituales del nacimiento de su primer hijo, tal como lo ordena la tradición wintukwa, Ikʉ o arhuaca. Los rituales exigían que el niño fuera presentado “a los seres visibles e invisibles que moran en ese territorio” y también ubicar la placenta en un lugar especial, bajo la simple y hermosa lógica que constituye la primera casa. El bautizo duró varios días y su abuelo Pello, un mamʉ (líder espiritual), reveló que el nombre de ese niño sería Kwaringʉmʉ, una palabra que en su mitología hace referencia a una rama del árbol sagrado que dio origen a la humanidad.

Kwaringʉmʉ había nacido en septiembre de 2018, pero Teyrungʉmʉ y Aída esperaron hasta que ella se recuperó del parto para emprender aquel viaje. Así que la placenta, la primera casa de Kwaringʉmʉ, permaneció conservada en su apartamento en Bogotá, cerca a la Universidad Nacional. La misma donde Teyrungʉmʉ se convirtió en el primer indígena arhuaco en obtener un título de físico. Después de dos semanas cumpliendo con los rituales apropiados en la Sierra, la familia regresó a Bogotá para que Teyrungʉmʉ avanzara en su tesis para la maestría en Física enfocada en simetrías y partículas elementales.

La tragedia que se avecinaba se asomó una noche, a finales de febrero de 2019, cuando un pariente buscó como pudo señal para su teléfono montaña arriba y anunció: “Estamos viendo mucho humo hacia el pueblo”. Era angustioso saber lo que estaba pasando y sentir impotencia de no poder hacer nada. Al menos nada distinto a llamar a la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgo de Desastres y tratar de convencer a un funcionario que jamás en su vida había escuchado hablar de Séynimin, que Séynimin estaba envuelto en humo y que con los vientos tan fuertes que soplaban en la Sierra, con la naturaleza seca, porque la lluvia se había ido hacía muchas semanas, con techos de paja en las casas, era cuestión de minutos, con suerte de horas, para que al pueblo lo rodearan las llamas y terminara todo convertido en ceniza.

“Lo vivimos minuto a minuto. Nos contaban cómo el viento llevaba brasas de un punto a otro, a otro y a otro, y toda la región prácticamente se incendió”, recuerda Teyrungʉmʉ. Más de 800 hectáreas se quemaron en esos primeros meses de 2019 en el territorio demarcado por la Línea Negra, Sei Shizha, que incluye los resguardos de los pueblos kogui, wiwa, kankuamo y arhuaco (Ikʉ).

Regreso a Séynimin, regreso a la infancia

Tan pronto como fue posible, Teyrungʉmʉ emprendió otra vez el viaje a la Sierra para apoyar en la reconstrucción. Séynimin cuelga de las faldas de ese sistema montañoso que quedó aislado de los Andes por los valles que forman los ríos Cesar y Ranchería. En esta muralla, que se levanta desde el nivel del mar hasta alcanzar una corona de nieve a 5.775 metros, se dice que están todos los climas. Séynimin, a 1.400 metros sobre el nivel del mar, tiene un clima templado. Para llegar desde Valledupar es necesario recorrer casi dos horas en vehículo hasta Gun Aruwʉn (Sabana Crespo) y de allí entre cuatro a seis horas a pie o a lomo de mula. Un viaje que Teyrungʉmʉ sabe de memoria.

Dicen los visitantes que a Séynimin generalmente se llega de noche en medio de una llovizna. La explicación para los Ikʉs es que se trata del baño que la Sierra proporciona a sus visitantes para limpiarlos de los malos pensamientos. Pero Teyrungʉmʉ sabía que ese día no lo recibiría el baño de la Sierra. Desde Valledupar notó los pastos escuálidos, los árboles deshojados, la tierra polvorosa y las aguas bajas del río Guatapurí. Un hálito de calor lo golpeaba a cada paso. “Caminaba y me sentía como si me acercara a unas brasas”. Séynimin se había convertido en el rescoldo de una fogata. En algunas fotos se ven los muros tiznados de la escuela y, pegada a uno de ellos, la pizarra verde en la que Teyrungʉmʉ aprendió a sumar y restar con tizas blancas.

Los pueblos de la Sierra, por lo general, son deshabitados. Las familias viven dispersas en sus fincas y van al pueblo solo a reuniones, los niños a la escuela y los heridos a la enfermería. La población arhuaca asciende a unos 46.000 miembros. Teyrungʉmʉ y sus cuatro hermanos, Gunchigwey, Cheykaringūmū, Arukinguūmū y Guriwʉn vivieron en Séynimin durante su infancia. Su papá, Nehemías Torres, fue por varias décadas la única autoridad médica en el lugar, además de un consagrado artesano con la madera y los tejidos. Y su mamá, Leonor Zalabata, una líder defensora de derechos humanos, representó a la comunidad arhuaca en la Constituyente de 1991, luchó por el acceso a la educación y salud de las comunidades indígenas y ha estado al frente de muchos procesos sociales. También fue una de las primeras mujeres de la comunidad en ir a la universidad. Se graduó en 1973 como auxiliar de odontología social en la Universidad de Antioquia.

La rutina para ir a esa misma escuelita que devoraron las llamas comenzaba entre las 5 y 6 de la mañana. A Teyrungʉmʉ y a sus hermanos no les permitían dormir más allá de esa hora. Guriwʉn, quien se graduó de bióloga en la Universidad Nacional, a veces se escabullía del frío mañanero en la cocina, al lado del fogón, pero el papá la espantaba para que se desperezara. Entonces iba a cazar algunos rayitos de sol afuera de la casa. Teyrungʉmʉ tenía fama de estricto desde niño. Le gustaba tener toda su ropa organizada y totalmente limpia. En la última entrevista para este reportaje, cuando por fin pudimos conocernos en persona, Teyrungʉmʉ apareció con su manta impecablemente blanca, sus sandalias como recién lavadas, las dos mochilas trenzadas al pecho lucían nuevas. “Si las cosas no estaban en su puesto se ponía tenso y lloraba”, recuerda su mamá. Se bañaban con agua helada a totumadas y, tras desayunar, cada uno salía con una mano de guineos y dos palitos de leña para aportar a la cocina de la escuela. Guriwʉn y Teyrungʉmʉ eran los más introvertidos entre los cinco hermanos.

Los niños se reunían en círculo. Los profesores contaban novedades, les revisaban la ropa y daban consejos. Si alguien había cometido una falta, se analizaba comunitariamente su conducta. “La vida se aprende con el ejemplo y en comunidad”, dice Guriwʉn. El día transcurría conversando en Ikʉn, su lengua materna, tejiendo mochilas, trazando las primeras letras, ayudando a los mayores o trabajando en la huerta de algún enfermo. Otra responsabilidad colectiva era hacer trabajos espirituales en la casa ceremonial. Guriwʉn lo explica así: “En las kunkurwʉn hacemos trabajos orientados por los mamʉs. Con ciertos tipos de meditaciones nos hacemos conscientes de lo que somos, de cómo están nuestras relaciones cotidianas, laborales, con el planeta, el universo. Nos revisamos internamente para llevar una vida equilibrada. Hacemos pagamentos como forma de retribuir a los padres y madres de la naturaleza cada cosa: respirar, ver, entender, caminar, comer, estudiar”. Desde niño, y ahora de adulto, esos momentos de reflexión siguen siendo una piedra angular en la vida de Teyrungʉmʉ.

Cuando piensa en Séynimin, Teyrungʉmʉ retrocede en el tiempo y se ve caminando con una grabadora pequeña en la mano que le regaló alguna amiga de su mamá. Se ve saltando en las cinco terrazas que demarcan a Séynimin y corriendo entre las sombras de los muros de tierra de las casas. En la grabadora oprime Play, Rew, Play, Rew, Play, Rew, Play para escuchar una voz con acento extranjero leyendo El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Sus preocupaciones infantiles: ¿existen o no las jirafas y los elefantes? ¿Debía hacer pagamentos también por esos animales irreales? Ya le gustaban las matemáticas. “Cinco más cinco es diez”, le dice a todo el que se atraviesa en su camino como quien acaba de arrancar una nueva verdad al universo.

Algún día Teyrungʉmʉ preguntó por el origen de los zapatos. Los vio en algún bunachʉ, un extranjero. ¿Quién los fabrica? ¿Cómo los hacen? ¿Dónde? Alguien respondió que eran científicos. Teyrungʉmʉ anunció aquella vez: cuando sea grande voy a ser científico. “De niña me reía. Qué importancia tiene eso, pensaba. Eso para qué. Ahora entiendo que él tenía esa curiosidad por el origen de las cosas”, cuenta Guriwʉn.

La escuelita que se quemó era importante también por otra razón. Según Aída del Pilar Becerra, investigadora social y cofundadora junto a Teyrungʉmʉ del proyecto Agua Maestra, dedicado a educar a niños y jóvenes en torno al cuidado del agua y el ambiente: “Séynimin es algo más que un pueblo, es el emblema de una lucha histórica pacífica y colectiva, que tuvo lugar como respuesta a la imposición violenta del mundo no indígena en la Sierra, secundada por los gobiernos de turno”. El mamʉ Apolinar, abuelo paterno de Teyrungʉmʉ, es una figura legendaria en la Sierra, que junto a otros líderes locales fundó Séynimin tras escapar de la persecución realizada por los evangelizadores capuchinos. Dice Aída que “evitaron el trágico destino que sí vivieron muchas comunidades. Yo veo a Séynimin como el palenque de resistencia espiritual, cultural y política, versión la Sierra”.

Expulsar a los misioneros capuchinos que se establecieron en la Sierra entre 1916 y 1984 supuso para estas comunidades resistir por casi setenta años. “Fue un período muy oscuro”, me dijo Teyrungʉmʉ en alguna de las conversaciones telefónicas en medio de la pandemia. “Allí lo que vivimos fue casi un exterminio cultural: se prohibió la lengua, se impuso el cristianismo. Muchos líderes fueron perseguidos, quemaron nuestras casas, separaron a muchos niños y niñas de sus familias, causando gran dolor. Mi abuelo paterno, Apolinar, decía que la forma de luchar es conocer lo que te rodea. Para fortalecer lo de adentro hay que observar lo de afuera”.

Una planta bautizada Emmy Noether

El conflicto armado en la Sierra se intensificó en la primera década de este siglo, y la escuela de Séynimin fue clausurada por dos años. Teyrungʉmʉ se mudó a Valledupar para terminar el bachillerato. “Ese indio qué va a saber estudiar”, rumoreaban a sus espaldas. En pocos meses se convirtió en el mejor alumno. Cuando terminaba la jornada escolar, almorzaba e inmediatamente se dedicaba a terminar los trabajos de la escuela. Como con la ropa, todo tenía que estar en su lugar para sentirse tranquilo. Le gustaban el álgebra y la aritmética, pero también la biología, la química y la física.

En 2009 se matriculó en la Universidad Nacional. Se inclinó por la Física. “Era la primera vez que veía a un indígena de la Sierra”, cuenta Juan Camilo Guevara Gómez, uno de sus compañeros, que se mudó desde Paz de Ariporo a Bogotá. “Él era muy distante. Tenía una gran pared alrededor. Eso era lo que uno percibía”.

La pared se derrumbó durante el paro estudiantil de 2011. Juan Camilo cree que fue en esa época cuando se afianzó la amistad: “Él, desde su postura indígena, tenía algo que decir de los problemas de educación, y la política es mi segunda pasión después de la ciencia”. Junto a Leonardo Vásquez conformaron un grupo de estudio para “acuartelarse” y pasar noches enteras estudiando. Las intensas jornadas de estudio comenzaron a dar frutos. Los tres empezaron a obtener mejores y mejores notas. El premio después de algunos exámenes difíciles era ir a un restaurante que queda por la salida de la calle 26 llamado Quilichao. Allí comían el plato del día, un enorme pescado sudado que costaba alrededor de $14.000; una fortuna para los tres estudiantes. “Íbamos porque sabíamos que lo merecíamos”, dice Juan Camilo.

“Como físico, diría que Teyrungʉmʉ tiene una habilidad especial para aterrizar las ideas, para pasar de lo abstracto a lo tangible”, añade Juan. Recuerda que cuando tomaron una clase sobre electrodinámica, “el terror de los físicos”, prefería estudiar de los comentarios que Teyrungʉmʉ hacía en un cuaderno que del libro de texto. “Esos conceptos complicados los traducía de forma sencilla”.

Pero hay algo más que compartieron los tres físicos: el amor por Emmy Noether, tal vez la matemática más importante de todos los tiempos. Juan Camilo recuerda el día en que compró una planta de ornamentación en la universidad y cuando le preguntó a Teyrungʉmʉ cómo bautizarla, él no lo dudó: Emmy Noether. Y Emmy Noether vivió con Juan Camilo y recibió los cuidados de una planta hasta antes de irse a Oslo. El tema que Teyrungʉmʉ eligió para su tesis de pregrado y también el de maestría está ligado al trabajo de esta matemática, pero también al pensamiento arhuaco: el equilibrio, la simetría y las leyes de conservación como principio básico de orden en el universo.

Una belleza profunda y subyacente

A finales del siglo XIX y principios del XX las matemáticas se removían desde sus cimientos. El epicentro más importante de ese movimiento telúrico fueron las universidades alemanas. Hija del matemático Max Noether y de Ida Amalia Kaufmann, Emmy nació el 23 de marzo de 1882. Se suponía que iba a tomar el camino de las lenguas, pero optó por una ruta prohibida para las mujeres de su época: matemáticas.

En la Universidad de Göttingen asistió a conferencias de grandes matemáticos: David Hilbert, Felix Klein y Hermann Minkowski. En 1907, consiguió el equivalente a un doctorado y en 1915 fue invitada a unirse como investigadora y profesora en la U. de Gottingen, donde su presencia se hizo sentir muy pronto al formular y demostrar lo que se conoce como el teorema de Noether, que dejó boquiabiertos a Teyrungʉmʉ y sus colegas de acuartelamiento un siglo más tarde.

Leon Lederman (premio nobel) y Christopher Hill escribieron, en el libro Simetría y el hermoso universo, que el teorema de Noether, “en última instancia, explica las fuerzas y la dinámica de la naturaleza que surgen como consecuencia de simetrías profundas y subyacentes. El teorema de Noether es, sin duda, uno de los más importantes jamás probados para guiar el desarrollo de la física moderna, posiblemente a la par del teorema de Pitágoras. No se encuentra solo en la provincia de las matemáticas, sino que es una declaración profunda sobre todo el mundo físico”.

En su trabajo de grado, titulado “Rompimiento espontáneo de simetría en diferentes escenarios de la física”, Teyrungʉmʉ comienza planteando una explicación sencilla de las simetrías. La simetría, escribió, es un concepto que abarca temas tanto de la física como de otros aspectos del conocimiento. Incluso es posible verlo en nuestra vida diaria. Está presente en innumerables patrones diseñados por la naturaleza. Está presente en el mundo interior de la estructura de la materia, el mundo exterior del cosmos y el mundo abstracto de las matemáticas mismas. Las leyes básicas de la física, las afirmaciones más esenciales que podemos hacer acerca de la naturaleza, se fundamentan en este concepto.

“Podemos apreciar la simetría que presentan los pétalos de una flor, una perla del mar, las hojas de los árboles o la forma de un copo de nieve. Las vemos en el tránsito de la Luna y el Sol en trayectorias que se repiten de forma simétrica en el transcurso del tiempo. Escuchamos las simetrías de un tambor o de una simple secuencia de tonos en una canción o en el llamado de un pájaro. Somos testigos de la simetría, en el tiempo, en el ciclo de vida de un organismo”, escribió.

Esas son las simetrías obvias. Las que podemos apreciar directamente con nuestros sentidos. ¿Pero cómo se manifiestan las simetrías en sistemas más complejos? Dicho como quedaría en un libro de Física para estudiantes de primer semestre y en palabras de Lederman y Hill: “Un sistema físico posee una simetría (o invariancia) si se puede hacer un cambio en el sistema de modo que, después del cambio, el sistema se describa exactamente igual que antes… si un sistema permanece igual cuando le hacemos una transformación, decimos que el sistema es invariante bajo la transformación. Por ejemplo, las leyes de la Física son invariantes bajo transformaciones espacio-temporales. Si estudiamos la caída de los cuerpos en un laboratorio, y luego en otro, concluiríamos que dos objetos caen al mismo tiempo, independientemente de sus masas, sin importar el laboratorio”.

La grandeza del teorema de Noether, su profundidad casi mística, es que nos advierte que cada vez que detectemos una simetría en las leyes de la física podemos tener la certeza de que está aparejada con una ley de conservación, una cantidad física que se conserva. Noether nos hizo comprender que la energía se conserva porque las leyes de la física no cambian con el tiempo o que la cantidad de movimiento se conserva porque las leyes de la física no dependen del lugar del universo en donde se midan. Hasta donde se tienen pruebas, las leyes de la física conocidas han operado de la misma manera durante toda la edad del universo y a escalas tan pequeñas como dividir una ramita de una pulgada 1.000.000.000 de veces. Si las leyes son las mismas, estamos por lo tanto ante un universo gobernado por la simetría de esas leyes.

Para Lederman y Hill, “todas las leyes de conservación reflejan simetrías fundamentales de las leyes de la naturaleza. El teorema de Noether codificó y unificó sucintamente muchas ideas que habían existido durante mucho tiempo y las puso firmemente sobre los pilares de la simetría… La idea de las simetrías subyacentes y el teorema de Noether han llevado, en última instancia, al descubrimiento del principio unificador que gobierna todas las fuerzas conocidas de la naturaleza”.

Noether, en suma, construyó algo parecido al Canal de Panamá entre el océano de las matemáticas y el de la física. Tristemente, el ambiente liberal y efervescente de creatividad e ideas en el que desarrolló su trabajo se vio oscurecido con el ascenso del nazismo. Siendo de origen judío, no le quedó otra opción que escapar a Estados Unidos. Falleció el 14 de abril de 1935, a la edad de 57 años, de un infarto. Albert Einstein escribió sobre ella en el New York Times el 4 de mayo de ese año: “En el ámbito del álgebra, en el que los matemáticos más dotados han estado ocupados durante siglos, [Noether] descubrió métodos que han demostrado ser de enorme importancia... La matemática pura es, a su manera, la poesía de las ideas lógicas… En este esfuerzo hacia la belleza lógica, se descubren fórmulas espirituales necesarias para adentrarse más profundamente en las leyes de la naturaleza...”.

Para graduarse como físico, Teyrungʉmʉ decidió tomar como base el trabajo de Noether y construir un “laboratorio teórico” con ecuaciones matemáticas para probar qué pasa cuando una canica gira en un aro en presencia de un campo gravitatorio y también con un metal sometido a una temperatura tan baja que se convierte en un conductor casi perfecto de electricidad, como una superautopista para la corriente. Obtuvo la máxima calificación.

“El trabajo de Teyrungʉmʉ busca entender qué pasa cuando se quiebran las simetrías de forma espontánea y lo hace a través de esos modelos”, comenta el astrofísico colombiano Juan Diego Soler: “Cuando las simetrías se rompen pasan vainas extrañas. El universo entero pudo nacer del rompimiento de una simetría”. Luego añade: “Teyrungʉmʉ en sí mismo es una encarnación del quiebre de simetrías. Entre los físicos él tiene una visión única que nos hacía falta”.

“Cuando pienso en mi hermano, la primera visión es verlo en una mesa con muchos papeles, lápiz y borrador”, dice Guriwʉn. “Yo lo admiro mucho por esa disciplina. Eso me conmueve mucho. Esa dedicación que pueda tener una persona científica que se queda días y días y uno no sabe por qué lo hace, pero ahí está. Impresionante cómo llega el cerebro a entender cosas que uno no ve. Aunque pienso que también así es el pensamiento arhuaco, es complejo”.

“Teyrun”, como le dice Aída, “no fuma, no toma, es un man juicioso. A los 40 grados de Valledupar lo ves haciendo oficio o leyendo sus libros de física como si nada”. A veces también con una guitarra en la mano, que aprendió a tocar por cuenta propia.

A salvo de las balas

El día de la graduación de Teyrungʉmʉ, en el auditorio León de Greiff en la Universidad Nacional, estuvo a su lado la médica colombiana Sofía Quintero Romero. Había viajado desde Italia, donde vive desde hace varias décadas. No quería perderse ese momento por nada del mundo… “que un indígena en Colombia vaya a estudiar Física es único, es un noticionón”, me cuenta por teléfono desde su casa en Trieste (Italia), al tiempo que reconstruye aquel día en que fue a visitar a la familia de Teyrungʉmʉ en Valledupar y se enteró de la decisión profesional que había tomado “ese pelaíto”.

—Hola, ¿qué haces, Teyrungʉmʉ?

—Voy a estudiar.

—¿Qué vas a estudiar?

—A la Nacional; Física.

—¿Cóóómo? ¿Y tú sabes matemáticas?

Dice que Teyrungʉmʉ se puso a reír.

—Claro que sí, cómo voy a estudiar Física sin saber matemáticas.

Ese instante, cuando nombraron a Teyrungʉmʉ en el Auditorio León de Greiff para que subiera a la tarima a recoger su diploma de físico, quedó estampado en el corazón de Sofía: “Teyrungʉmʉ con su tutusoma blanco sobre el pelo negro azabache, su manta, sus mochilas cruzadas, su poporo, y el teatro entero de pie aplaudiendo. Fue impresionante ese momento. Nos abrazamos con sus padres. Lloramos. Era un triunfo de la comunidad. Era mostrarle a mucha gente que menosprecia a los indígenas que sí se puede, sí se puede”.

“Ese sí se puede” con el que se desahoga Sofía tiene una historia. Sofía conoció a Leonor, la mamá de Teyrungʉmʉ, al lado de Dionisia Alfaro, una de las lideresas mas importantes del pueblo Ikʉ , cuando apenas comenzaba a estudiar Medicina. Los Ikʉs bajaban a la ciudad a hacer compras y había una casa que se llamaba la casa indígena. “Dionisia era una mujer fascinante. Por su gestualidad, su melena negra, coposa, suelta; me fascinaba oír sus historias”. En cierto momento apareció Leonor al lado de Dionisia y comenzó una amistad que se iría cimentando con los años.

Cuando terminó la carrera de Medicina, Sofía comenzó a trabajar en el poblado de Atanquez. Por allí apareció un día un grupo de monjas seglares que seguían la teología de la liberación y “la comunidad quiso y respetó mucho”. Con ellas se planteó la necesidad de ofrecer mejores servicios médicos a las comunidades indígenas. “En Colombia ese apartheid que ha existido hacia los pueblos indígenas es impresionante”, se lamenta. Así fue como organizaron un curso básico de Enfermería en Séynimin. Nehemías lo hizo el curso y también Leonor.

Leonor se sigue sintiendo orgullosa de esa conquista que dio frutos con los años. “Séynimin y otras localidades eran lugares donde no había atención en salud. Los niños morían de diarrea, de una gripa. Fuimos pioneros con lo que ha pasado en salud en el pueblo arhuaco”. Pero llevar salud a su comunidad tuvo un precio y una advertencia. Le impusieron una orden de captura. Los políticos regionales decidieron que lo suyo era activismo político y le colgaron la etiqueta de comunista y guerrillera.

Sofía recuerda que el nacimiento de Teyrungʉmʉ evitó que Leonor perdiera la vida. Había sido nombrada para representar a los arhuacos en las mesas de conversación para la Constituyente de 1991 junto a otros líderes como Luis Napoleón Torres, Hugues Chaparro y Ángel María Torres. El día en que a los tres líderes los secuestraron, el 28 de noviembre de 1990, para luego torturarlos y asesinarlos, Leonor entró en el trabajo de parto de Teyrungʉmʉ que nació el 1° de diciembre. “Ese niño le salvó la vida, pues ella debía sumarse a esa comitiva que iba para Bogotá. Luego aparecieron los pedacitos de ellos regados por todo un terreno grande”, cuenta Sofía. Leonor tenía 36 años y dos años más tarde viajó hasta Ginebra para representar a su pueblo ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, donde relató el crimen que, como revelaron las investigaciones, resultó ser un crimen de Estado.

Trieste (Italia), donde viven Sofía y su familia, es sede de una de las mejores escuelas de Física Teórica del mundo. Teyrungʉmʉ ha sido invitado dos veces al Centro Internacional Abdus Salam de Física Teórica​ para participar en seminarios y cursos cortos. Su manta, su tutusoma blanco y las mochilas siempre viajan con él. Tenía planes de volver, pero el incendio en Séynimin cambió la simetría de sus planes. Surgió el dilema entre continuar con su carrera o servir y ayudar a la comunidad. “Siento un llamado muy fuerte a trabajar con la comunidad”, dice. La tesis de maestría sobre la dinámica de los bosones de Goldstone (entre los que figuran el famoso bosón de Higgs o partícula de Dios) asociados a una ruptura espontánea de simetría, quedó suspendida y, en cambio, la comunidad lo eligió para liderar un proyecto del Ministerio de Educación que hace parte del programa Todos a Aprender. Su tarea consiste en visitar y trabajar con los maestros de unas sesenta escuelas de la región.

La ley de origen

Para Teyrungʉmʉ no existe un conflicto entre la visión de la física moderna y la visión arhuaca sobre el universo. La ley de origen, o kunsamʉ, ofrece una visión amplia de los principios fundamentales que rigen la existencia junto con el universo, dice, y la física “lo que hace es explorar e indagar en detalle, con el lenguaje de las matemáticas y la experimentación”. Algún mamʉ definió la ley de origen como “los vientos que envuelven todo el mundo y fluyen de un lugar a otro para garantizar la oxigenación de todas las cosas, para mantener un orden establecido por la naturaleza”.

Tampoco hay conflicto, porque la ley de origen es una filosofía de vida, basada en el principio de que el pensamiento precede a la palabra, y que la palabra es acción: “En mi cultura tenemos presente que lo que somos y aprendemos está conectado con lo que nos rodea; es decir el universo. Al final la sabiduría de los mayores es por la contemplación, la observación y respeto por la naturaleza. Eso mismo hace un científico: aprende de las leyes de la naturaleza”.

Guriwʉn, su hermana, piensa igual. “La base filosófica de los arhuacos es tratar de entender la profundidad que tienen las cosas, es una forma de ciencia”, dice. “La ciencia es así: un ejercicio de observar y comprender por qué funcionan las cosas”.

Curiosamente, el Plan de Salvaguarda “El mandato original es el camino” (2015), documento elaborado por la comunidad Ikʉ presentado al Ministerio del Interior para la restitución de sus derechos, comienza con una alusión a su cosmología. En las primeras páginas se aclara que el pueblo Ikʉ apareció sobre la faz de la Tierra con una misión, unas leyes y un territorio delimitado para la vigencia a perpetuidad. El territorio de la Sierra Nevada de Santa Marta es un espacio sagrado de delicado manejo, “por ser un resumen vivo de la diversidad del universo”. ¿Qué pensaría Emmy Noether de esta idea de simetría? Cada piedra, cada árbol, cada riachuelo, cada animal es vital para la sostenibilidad del entorno de la Sierra, del universo, y los Ikʉs están llamados a interactuar con los seres y energías de forma armónica y equilibrada.

El conocimiento es para ellos un legado de los primeros padres y madres de todo cuando existe, y se encuentra, además, referenciado y codificado en la geografía de la Sierra Nevada. Mantenerlo vigente es una norma de la ley de origen. Como se explica en el Plan de Salvaguarda y aclara Teyrungʉmʉ: “Para nosotros, el universo posee, digamos, varias dimensiones que corresponden a las etapas por las que pasó para su creación. Anugwekin, chʉro’kin, ɉwerukin, y orokin son etapas de un equilibrio no estático que reflejan el camino hacia la perfección que dio origen y se ha plasmado en la naturaleza”.

Para los Ikʉs, existe una correlación de beneficios, ¿una ciencia? expresada en todo el funcionamiento de la naturaleza: los mares necesitan del agua dulce para enfriar su calor, las aguas dulces necesitan del mar para facilitar sus movimientos; la temperatura de la Tierra necesita alternarse para establecer un equilibrio, para ello se da el calor y el frío. La cadena alimenticia constituye uno de los más claros ejemplos de correlación de beneficios.

De vuelta a la escuela

El trabajo con los maestros de la Sierra le ha traído muchas satisfacciones y aprendizajes a Teyrungʉmʉ. “Creo que los niños son la base para poder seguir defendiendo el territorio”, dice. Quiere enseñar muchos más conceptos de física, pero una barrera es que en lengua Ikʉn términos como onda mecánica o materia condensada no tienen una traducción tan fácil y exigirá crear nuevas palabras. Así quiere contribuir a reforzar el proyecto educativo propio, bilingüe e intercultural que forjaron sus abuelos.

Rafael Hurtado, profesor del Departamento de Física de la U. Nacional, no se sorprendió cuando Teyrungʉmʉ decidió enfocar su carrera en el estudio de partículas elementales. “Lo que le interesa es de qué están hechas las cosas... lo grande y lo pequeño, para tener la comprensión del universo como un todo. Esa elección es una decisión muy consciente entre cosmogonías de su cultura y la cosmogonía de la ciencia. Teyrungʉmʉ está haciendo el camino para ser un gran líder en el pensamiento arhuaco, pero también en el nuestro”.

Teyrungʉmʉ lleva cifrado ese mensaje en su propio nombre. Teyrungʉmʉ es una palabra usada para referirse a todos los ancestros, su filosofía, historia y su forma de vivir, de entender el universo, con el cual se mantiene el conocimiento para preservar el orden establecido.

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