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¿Tiene Irán la bomba?

La física nuclear tiene reputación de ser una disciplina para genios, pero la verdad es más sobria, y por eso mismo más inquietante. El debate hoy ya no es si Irán pueda desarrollar un arma nuclear, sino si sus enemigos van a saberlo a tiempo.

Klaus Ziegler

20 de febrero de 2026 - 07:00 p. m.
Imagen de la explosión de la bomba atómica en 1945.
Foto: Pexels
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En la imaginación popular, la física nuclear tiene reputación de ser una disciplina para genios. Pero la verdad es más sobria, y por eso mismo más inquietante. La ciencia de la radiación atómica es una rama de la física tan asentada como el electromagnetismo o la mecánica. Lo extraordinario no está en la teoría —que cabe en pocos volúmenes—, sino en la escala industrial y tecnológica necesaria para convertirla en fuerza material.

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Construir un arma nuclear en 1945 fue una hazaña monumental, hoy revivida bajo la luz teatral de Hollywood en Oppenheimer. Pero el supersecreto del Proyecto Manhattan dejó de serlo hace décadas. El desafío ya no es entender cómo se fabrica una bomba atómica: es disponer de material fisible suficiente y de la capacidad técnica para producirlo, manejarlo y ensamblarlo con precisión.

El producto final engaña por su inocente apariencia: una esfera compacta, del tamaño de un pequeño balón, capaz de desatar lo inimaginable. Cuando la esfera se comprime y cruza un umbral crítico, se dispara una reacción en cadena. Los núcleos se fisionan y liberan neutrones; esos neutrones provocan nuevas fisiones y la cascada se desborda. En un tiempo ínfimo, una fracción de la esfera se convierte en una cantidad descomunal de energía, del orden de unos veinte kilotones, el equivalente a detonar unas 19 000 toneladas de TNT.

Lo que sigue no es una explosión convencional simplemente mayor, sino la irrupción de una física de otro orden. El mundo inmediato se vuelve plasma, un infierno blanco a temperaturas comparables a las del Sol. En el núcleo de la bomba nace un sol en miniatura y de él brota un destello que atraviesa la piel, hace visibles los huesos y puede quemar la retina de quien lo mire, incluso a kilómetros del punto cero. Luego el aire deja de ser aire. Se endurece, adquiere la violencia de un sólido, golpea como un muro, pulveriza y arranca de cuajo. En minutos, barrios enteros quedan reducidos a ruinas humeantes y de sus habitantes solo quedan siluetas negras grabadas en el cemento, como si la historia los hubiera borrado del planeta.

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Y cuando parece que todo terminó, llega la otra muerte, la lenta. La radiación se filtra en la tierra y en el agua, entra en los cuerpos, se pega a la sangre y a los huesos. No mata con estruendo, sino con paciencia. Enferma, degrada, persigue y sigue cobrando víctimas mucho después de que el incendio se apaga…

Esa historia de horror comienza en una mina. El uranio se extrae de la uraninita, también llamada pechblenda. Ese mineral contiene dos isótopos, uranio-238 (U-238) y una fracción pequeña, más ligera, de uranio-235 (U-235), que apenas llega al 0,72%. Y, sin embargo, es ese residuo minúsculo el material precioso capaz de sostener una reacción en cadena. Es el átomo útil, el que abre la puerta a isótopos para el diagnóstico y la terapia, y del que nace la energía en los reactores. Y es también el átomo siniestro, el que late en el núcleo de las armas de destrucción masiva. Extraer esa fracción diminuta, diluida en un océano de U-238, es el gran problema técnico de cualquier programa nuclear con ambiciones militares.

El método más extendido para lograr esa separación utiliza centrífugas de gas, cilindros huecos de alta resistencia que giran a velocidades extremas. Pero no es uranio metálico lo que entra a esas máquinas, sino hexafluoruro de uranio, UF6, un compuesto que puede circular como gas en condiciones controladas. En esa rotación, lo apenas más pesado tiende a irse hacia afuera; lo más ligero queda más cerca del eje. La diferencia es microscópica en cada etapa, pero el proceso se repite, una y otra vez. Así, en cascadas sucesivas, la proporción de U-235 —el isótopo más liviano— aumenta paso a paso.

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Lo fundamental —y aquí es donde el debate sobre Irán se vuelve explosivo— es que el cuello de botella está al inicio. Subir desde el 0,72% exige energía, años, infraestructura y una paciencia industrial extenuante. Pero al 60%, lo que queda ya no es levantar una catedral, sino poner la aguja y cerrar las bóvedas. Desde ahí, lo decisivo deja de estar en el laboratorio y queda en manos de la voluntad política.

Y en este punto conviene despejar un mito. En la prensa se repite a menudo la cifra mágica del “98–99%” como si fuera el portal único hacia el apocalipsis. En realidad, incluso el umbral típico de “grado militar” (que suele situarse alrededor del 90% de U-235) no es un dogma físico, sino un estándar práctico. Y hay expertos, como Theodore Postol, profesor emérito del MIT, que sostienen que, dependiendo del diseño y la ingeniería, un arma rudimentaria podría construirse con uranio menos puro, en torno a la franja media del 80%.

Según el OIEA, a 13 de junio de 2025 Irán había acumulado más de 440 kg de uranio enriquecido hasta un 60%. En esos mismos reportes, la OIEA habla de pérdida de “continuidad de conocimiento” (continuity of knowledge) sobre inventarios y componentes clave. Con ese telón de fondo, el debate ya no es si Irán puede hacerlo, sino si sus enemigos van a saberlo a tiempo 1.

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Y ese tramo final no exige siempre instalaciones colosales y fácilmente identificables, como Fordow o los complejos de Isfahán. Con suficiente know-how y equipos adecuados, parte del proceso puede desplazarse a infraestructuras discretas, difíciles de detectar incluso desde el satélite. La discusión no sería si Irán ya puede hacerlo, sino a qué costo político y para quién.

La dirigencia iraní, no obstante, ha invocado una prohibición religiosa (fatwa) contra las armas nucleares. Aunque su alcance y su peso práctico han sido objeto de debate, se cita con frecuencia como un freno normativo interno 2. Pero ese freno puede evaporarse cuando la amenaza se percibe como existencial. El hecho real es que las prohibiciones religiosas son las primeras sacrificadas cuando los Estados se sienten acorralados.

Netanyahu y el círculo de halcones que le rinden pleitesía en Washington llevan décadas empujando una estrategia de asfixia y confrontación contra el régimen de los ayatolás. Sanciones, operaciones encubiertas y “golpes quirúrgicos” que, en la práctica, han incluido sabotajes y asesinatos selectivos atribuidos por numerosos analistas a Israel y a sus aliados 3. Irán sigue siendo el principal obstáculo para un proyecto hegemónico regional sostenido en la violencia, el racismo y la impunidad. Y cuando esa lógica se impone, la moral, incluida cualquier prohibición religiosa, se vuelve un obstáculo menor.

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Cuando la materia prima existe y se puede purificar, la duda misma funciona como arma. Y en un tablero donde los mismos de siempre han monopolizado la violencia y se han arrogado el derecho de ser los árbitros del mundo, la sola posibilidad de que aparezca otro actor como Irán altera el balance hegemónico. Para bien o para mal, el club de los violentos podría tener un nuevo miembro no invitado. Y lo verdaderamente peligroso no es solo quién entra al club, sino que el club siga existiendo, intacto, repartiendo carnés de legitimidad mientras el resto del mundo aprende —a golpes— que la ley nunca fue la misma para todos.

Referencias

1 OIEA/IAEA, “Statement on the situation in Iran” (13 de junio de 2025) y reporte “Verification and monitoring in the Islamic Republic of Iran” (31 de mayo de 2025). https://www.iaea.org/newscenter/statements/statement-on-the-situation-in-iran-13-june-2025 ; https://www.iaea.org/sites/default/files/25/06/gov2025-24.pdf2 Reuters (16 de junio de 2025). https://www.reuters.com/business/energy/iranian-president-says-tehran-does-not-seek-nuclear-weapons-2025-06-16/3 Reuters (25 de junio de 2025). https://www.reuters.com/world/middle-east/iran-hangs-three-men-spying-israel-2025-06-25/

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