Publicidad
3 Jan 2021 - 2:00 a. m.

Un virus que puede cambiar el mundo para bien

Reflexiones de un profesor de Geografía de la Universidad de California, en Los Ángeles, y ganador del Premio Pulitzer por el libro “Armas, gérmenes y acero”.

Jared Diamond * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR, LOS ÁNGELES

El experto prevé egoísmo internacional creciente  para la asignación de dosis contra COVID19.
El experto prevé egoísmo internacional creciente para la asignación de dosis contra COVID19.
Foto: ANGELO CARCONI

El COVID 19 está devastando el mundo. Está en proceso de contagiar a muchos (tal vez la mayoría) de las personas, matar a algunas, clausurar las relaciones sociales normales, detener la mayor parte del tráfico internacional de viajeros y provocar un grave daño a las economías y el comercio. ¿Cómo será el mundo en unos pocos años, cuando esta grave crisis llegue a su fin? Muchos dan por sentado que en poco tiempo se desarrollarán vacunas que nos protejan contra el COVID-19. Lástima que esta perspectiva sigue siendo muy incierta: la capacidad de las vacunas para prevenir enfermedades no es la misma para todas. (Recomendamos más artículos de la serie de Pensadores).

Algunas vacunas (por ejemplo, contra la viruela y la fiebre amarilla) proveen protección que dura décadas o toda la vida; pero las vacunas contra la gripe protegen por menos de un año. Y todavía no hay vacunas contra la malaria y el sida, por más que se han invertido ingentes esfuerzos en su desarrollo. Como el virus de la gripe muta con frecuencia, o varía la proporción de sus diversas cepas, hay que desarrollar una vacuna nueva todos los años. Y aunque la protección de las vacunas contra la polio y la viruela es universal, en el caso de la gripe y el cólera la vacuna solo protege a cerca de la mitad de quienes la reciben. Por eso es imposible predecir la eficacia de la ansiada vacuna contra el COVID-19.

Pero supongamos que tuviéramos en poco tiempo una vacuna eficaz. ¿Qué efectos tendrá eso sobre el mundo? Científicos de muchos países (China, Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido y otros) están en una carrera para desarrollar una vacuna. Podemos imaginar tres escenarios: el peor posible, el mejor posible y todas las variaciones intermedias.

Ya hay muchas señales de un incipiente peor escenario. Incluso si algún país logra desarrollar una vacuna, la prueba y determina que es eficaz, es imposible fabricar y distribuir de un día para el otro 7.700 millones de dosis para los 7.700 millones de personas del mundo. Al principio, el suministro será escaso. ¿Quién recibirá esas codiciadas primeras dosis? El sentido común indica que se reserven para el personal médico, porque todos los demás necesitamos que esas personas administren las vacunas y cuiden a los enfermos. Fuera del personal médico, es previsible que los ricos e influyentes encontrarán modos de comprar dosis antes que los pobres sin influencia.

Pero esa forma de egoísmo solo cuenta para la asignación de dosis dentro del primer país que desarrolle una vacuna efectiva. También es previsible que habrá egoísmo internacional: aquel país que desarrolle una vacuna, sin duda, priorizará a sus propios ciudadanos. Ya ocurrió con las mascarillas: hace unos meses, cuando eran escasas, algunos envíos desde China llegaron a Europa y se desataron corridas y guerras de precios en la competencia entre países por asegurarse el acceso a los suministros. Peor aún, podría ocurrir que el primer país que desarrolle una vacuna se la niegue a rivales políticos o económicos.

Pero basta un poco de reflexión para comprender que una política nacional egoísta es suicida. Incluso en lo inmediato, ningún país obtendrá protección duradera contra el COVID-19 eliminándola dentro de sus fronteras. En un mundo globalizado como el actual, la enfermedad volverá a entrar desde otros países que no hayan eliminado el virus.

Ya les pasó a Nueva Zelanda y Vietnam, donde después de detener la transmisión local con medidas estrictas, el regreso de viajeros desde otros países siguió importando nuevos casos. Esto permite extraer una conclusión clave: ningún país estará a salvo del COVID-19 hasta que lo estén todos. Es un problema global que demanda una solución global.

Eso para mí es una buena noticia. Tenemos otros problemas globales que también demandan soluciones globales, entre los que se destacan el cambio climático, el agotamiento mundial de recursos y las consecuencias desestabilizadoras de la desigualdad internacional en un mundo globalizado. Así como ningún país podrá mantenerse libre de COVID-19 para siempre por el mero hecho de eliminar el virus dentro de sus fronteras, ningún país podrá protegerse del cambio climático por el mero hecho de reducir la propia dependencia de los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero. El dióxido de carbono atmosférico, como el COVID-19, no respeta fronteras políticas.

Pero el cambio climático, el agotamiento de recursos y la desigualdad plantean amenazas mucho más graves a nuestra supervivencia y calidad de vida que esta pandemia. Incluso en el peor escenario, si cada ser humano sobre la Tierra se contagiara de COVID-19 y el 2 % muriera, eso supone “solo” 154 millones de muertes. Eso deja todavía 7.546 millones de personas vivas: mucho más que suficiente para garantizar la supervivencia de la humanidad. En comparación con el peligro colectivo del cambio climático, el agotamiento de recursos y la desigualdad, el COVID-19 es una bagatela.

Entonces, ¿por qué no nos movilizó tanto la lucha contra el cambio climático y las otras amenazas globales, como nos está movilizando la amenaza no tan grave del COVID-19? La respuesta es obvia: el COVID-19 nos llama la atención porque enferma o mata a sus víctimas en forma rápida (en cuestión de días o semanas) e inequívoca. Por otra parte, el cambio climático nos destruye en forma lenta y no tan evidente, a través de consecuencias indirectas como la reducción de la producción de alimentos, el hambre, los fenómenos meteorológicos extremos y el avance de enfermedades tropicales hacia zonas templadas. De allí que hayamos tardado en reconocer que el cambio climático es una amenaza global que demanda una respuesta global.

Por eso encuentro motivos de esperanza en la pandemia de COVID-19 (mientras estoy de luto por los amigos queridos que mató). Porque por primera vez en la historia, personas de todo el mundo se ven obligadas a reconocer que enfrentamos una amenaza compartida que ningún país puede superar solo. Y si los pueblos del mundo pueden unirse (obligados) para derrotar al COVID-19, tal vez aprendan una lección; tal vez hallen la motivación que necesitan para unirse (obligados) y combatir el cambio climático, el agotamiento de recursos y la desigualdad. En ese caso, el COVID-19 habrá sido no solo portadora de tragedia, sino también de salvación, al llevar de una buena vez por todas a los pueblos de la Tierra hacia una senda sostenible.

* Traducción: Esteban Flamini. Copyright: Project Syndicate, 2020. www.project-syndicate.org.

Síguenos en Google Noticias

Temas relacionados

PandemiavirusCovid-19