Analistas

1 Jun 2022 - 4:55 p. m.

Irán y la paz en Colombia

Teherán, la capital de la República Islámica de Irán, está a casi 13 mil kilómetros de distancia de Bogotá, en una línea aérea, recta e imaginaria. Un vuelo entre las dos ciudades dura alrededor de 24 horas, con una escala promedio de seis horas en Madrid, Frankfurt o cualquiera otra ciudad europea con conexiones al Medio Oriente.

Los dos países no tienen nada en común. En Colombia se habla español y en Irán, farsi. Las costumbres sociales y culturales son diametralmente opuestas. Mientras aquí se profesa mayoritariamente el cristianismo en sus diferentes vertientes, en suelo iraní el islam chií. Es más, el comercio bilateral entre ambos países jamás ha superado los ocho millones de dólares en su máximo histórico (1997), concentrado generalmente en un solo producto en ambas direcciones: azúcar o banano en el caso colombiano y de semillas de comino en el iraní.

Estas notas iniciales me sirven de contexto para introducir el tema que enuncia el título de esta columna y que llamó poderosamente mi atención durante la reciente Filbo 2022. En el stand de las editoriales de este país se promocionaba el libro Mi tío Soleimani, oda en honor del temido general que comandaba la Fuerza Quds y que murió durante un ataque aéreo estadounidense al vehículo en el que se movilizaba cerca del aeropuerto de Bagdad en enero de 2020.

En este orden de ideas: ¿Cuál es el creciente interés del gobierno iraní en Colombia? ¿Nuestra esquiva paz también pasa por los servicios de inteligencia del país musulmán? ¿Qué tiene que ver en todo esto la organización terrorista chií libanesa Hezbolá?

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En mis habituales pesquisas para ahondar en temas como este, llegó a mis manos un documento de nueve páginas de la Cancillería intitulado Irán, América Latina y Colombia ‒desconozco si reservado o no‒, autoría de Fréderic Massé, un doctor en ciencia política y relaciones internacionales de la Universidad de París, profesor universitario y codirector de la Red de Monitoreo del Crimen Organizado en América Latina (Red Coral).

La sola pregunta introductoria del documento de Massé preocupa y da la razón a representantes de la comunidad judía en Colombia y a un par de analistas militares criollos en temas de seguridad y defensa hemisférica, quienes al unísono vienen hablando con tono de denuncia sobre el intervencionismo iraní en los asuntos internos de Colombia y el apoyo a células de Hezbolá que ya estaría en nuestro territorio.

“[…] ¿Qué hacer con Irán? ¿Cómo relacionarse con este país que está bajo sanciones de la comunidad internacional, que tiene una presencia creciente y una política activa en América latina y estaría inclusive apoyando movimientos de izquierda y grupos terroristas en la región, pero que al mismo tiempo tiene relaciones con varios vecinos de Colombia, como Brasil, Venezuela, Ecuador y Nicaragua?”, reza este análisis en su preludio.

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En este punto, resulta oportuno señalar que la misión diplomática de Irán en Colombia es relativamente nueva, como quiera que la embajada del país asiático apenas abrió sus puertas en Bogotá en 2007. Sin embargo, según documentos de WikiLeaks que publicó la Revista Semana en junio de 2011, al menos 50 iraníes con pasaporte diplomático estaban presentes en Colombia un año después. Sobre este particular, el escrito de Massé se hace las preguntas siguientes: “[...] ¿Qué hacían tantos “diplomáticos” iraníes en Colombia? ¿Hasta qué punto representaban una amenaza para la seguridad del país?”

De hecho, existe un grave antecedente que muy pocos conocíamos. En la vigencia de la Zona de Distensión se suspendió la venta de una planta frigorífica y de un matadero por parte de Irán a las autoridades del Caguán, luego de que se descubrió que, entre el personal encargado de instalar la planta cárnica, figuraban asesores militares iraníes. Para la inteligencia del Estado, era evidente la posibilidad de que la planta frigorífica sirviera de fachada para la entrega de misiles tierra-aire a las otrora Farc-EP.

De ahí que este no resulte un tema menor, toda vez que la falta de una política de defensa y seguridad en Colombia, sumado a la desconexión de los organismos de inteligencia del Estado con carteras sensibles como la de Relaciones Exteriores, está facilitando que el país sea el anfitrión perfecto de redes del crimen trasnacional presentes en los territorios, en especial donde el conflicto permanece latente tras la firma del Acuerdo Final. Por algo, una de las líneas de investigación del magnicidio del fiscal antimafia paraguayo Marcelo Pecci en Barú sigue apuntando a Hezbolá y su alianza con los carteles del narcotráfico en nuestro país.

A manera de colofón, vale la pena agregar que la intervención de gobiernos extranjeros en el convulsionado panorama social y político de Colombia cobra más rasgos de certeza que de teoría conspirativa, tras la reciente captura del ciudadano ruso Sergei Vagin, al parecer involucrado con las actividades delictivas y terroristas de elementos de la llamada Primera Línea.

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