Paz y Memoria

7 Nov 2021 - 7:00 p. m.

“El Palacio de Justicia fue el pilar del desastre”: Rigoberto Gil Montoya

El 6 y 7 de noviembre de 1985, el movimiento guerrillero M-19 se tomó el Palacio de Justicia en el corazón de la capital. La toma y posterior retoma por parte del Ejército dejaron un centenar de víctimas fatales y la destrucción total del edificio. Hubo otra consecuencia del holocausto: la resonancia en decenas de novelas y relatos que intentan recomponer la verdad de lo que ocurrió.

Camilo Alzate González

“El Palacio de Justicia fue el pilar del desastre”: Rigoberto Gil Montoya

El escritor Rigoberto Gil Montoya (La Celia, 1966) es autor de una docena de obras y ganador del premio nacional de literatura por su novela Mi unicornio azul. Su primer libro El laberinto de las secretas angustias fue una obra inspirada en el holocausto del Palacio de Justicia, sucedido el 6 y 7 de noviembre de 1985. Tras una nueva conmemoración de este hecho que partió en dos la historia del país Colombia+20 conversó con Gil Montoya sobre las resonancias que la toma del Palacio ha dejado en la literatura colombiana contemporánea.

Empecemos por el comienzo, usted era un joven recluta y conoció un Palacio de Justicia destruido pocos meses después de la toma, ¿cómo fue ese episodio?

Yo había terminado el bachillerato en 1985 y era obligatorio el servicio militar. Tuve la opción de ir a Bogotá, al Batallón Guardia Presidencial justo cuando acababa de ocurrir la toma. Comencé a recorrer el centro de Bogotá y conocí ese edificio en ruinas, la noticia de la toma del Palacio me había impactado mucho, pero llegar allá y ver esas ruinas fue otra cosa. En mi imaginación tengo la idea de que estaban calientes y todavía humeantes. Fue un impacto muy fuerte, apenas estaban comenzando a recoger escombros. Luego he metaforizado esa imagen que me impactó demasiado, hasta el punto que dije ‘acá hay una historia para contar’.

¿Cuándo empieza a escribir su novela?

Cuatro años después. Comienzo a investigar y a escribir en 1990. Hice un trabajo de hemeroteca muy amplio. Tenía los materiales, las voces y esa lectura de la prensa de 1985 y 1986. También todas las miradas del procurador Gómez, de la Fiscalía, del Ejército y los civiles que empiezan a preguntar qué había ocurrido, las familias de los desaparecidos, y todo ese concierto de voces muy polifónico se recogió en mi novela. Los relatos que surgieron ahí eran como si cada uno tuviera una verdad que agregar y que contar. Fue el insumo para construir la historia.

El Palacio marcó una generación de autores. Me interesa una obra: La Siempreviva, de Miguel Torres ¿fue la primera que abordó el tema de la desaparición forzada?

Yo diría que La Siempreviva es la mejor obra sobre el tema, no ha podido ser superada en términos de la puesta en escena, de lo literario, de la perspectiva. Su virtud es que logra tomar distancia del hecho para mirarlo desde una perspectiva muy particular, aborda la toma del Palacio de Justicia, pero a través del rumor, de lo que se escucha, de lo que ocurre en otra parte. En el teatro sin duda es la primera que habla de desaparecidos, pero antes ya se habían publicado Las horas secretas, una novela de Ana María Jaramillo, y la novela mía.

Y la de Olga Behar…

Si, Noches de humo, que es de 1988. Pero hay otro libro de Ana Carrigan estupendo, se llama El Palacio de Justicia. Ella es una colombo-irlandesa y estaba esos días en Bogotá, encontró la historia y comenzó a investigar a su manera sobre cómo fue el proceso de la toma, con un vínculo con personas muy cercanas al hecho. Sin que fuera su propósito, ella termina revelando un universo de complot y de conjura por todo lo que le cuentan. El Ejército quedó muy mal parado allí porque sabía que el M-19 se iba a tomar el Palacio y lo permitió.

Esa es la teoría de la ratonera, pero no exculpa la responsabilidad histórica que tuvo M-19 en el holocausto.

Claro, eso no le quita para nada la responsabilidad al M-19, pero fue a propósito dejar que se metieran para acabarlos adentro, ellos no previeron lo que iba a pasar, pensaban que era como robar leche y entregarla en los barrios. Se metieron a una ratonera. Creo que para el Ejército era también un tema del orgullo militar herido, por eso los eliminó de esa manera, de lo contrario habría salido muy debilitado de la toma. Toda esa conjura es la que revela el libro de Ana Carrigan.

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En 1988, la periodista Olga Behar publica su libro como una novela de ficción y tres décadas más tarde buena parte de lo que cuenta coincide con lo que esclareció la justicia, ¿la literatura fue más verídica que los fallos judiciales?

Pero es que hablamos de una periodista que investiga, que llega a las fuentes y parte de la premisa de que eso que va a contar es irrefutable. Además, conoce el manejo de los documentos, sabe qué hacer con ellos. Es bien particular que ella hubiera decidido presentar su libro como una novela, eso le permitía cierta libertad para no comprometerse con eso que llaman la verdad histórica. Es un pretexto para presentar una verdad que es muy dolorosa.

La espectacularidad de la toma, lo desastrosa que fue, ¿contribuye a que hayan surgido tantos relatos alrededor?

Yo creo que la década de los 80 fue la más importante en la historia de Colombia. Lo tiene todo: desde los momentos más felices de la historia del país, como el premio Nobel de Literatura, hasta los problemas del proceso de paz con las guerrillas. Además, está la toma del Palacio de Justicia y también el mayor ascenso del narcotráfico con Pablo Escobar. Presenciamos el paramilitarismo, momentos álgidos como la muerte de Héctor Abad Gómez -para mí el símbolo mayor del exterminio-, y luego la de Galán Sarmiento.

Es la década con mayor espectacularidad y en ese orden de ideas la toma del Palacio es especial porque fue registrada de muchas manera: en televisión, con fotos, por la radio. Fue una polifonía. Y de pronto viene lo paradójico: Noemí Sanín (la entonces ministra de Comunicaciones) exige que transmitan un partido de fútbol, para tapar algo que no hay cómo tapar. Luego viene la otra paradoja, Belisario Betancur, un hombre que había apostado a la paz, pero que se asume como manipulado por las Fuerzas Armadas, lo volvieron un mequetrefe. Era como estar metidos en una película en vivo.

¿No cree que la mayoría de escritores tienen una carga moral más benévola con el M-19?

Pienso que sí, se romantiza al grupo guerrillero. Yo mismo no me escapé de eso con mi libro. El M-19 logró una suerte de estatus heroico entre el pueblo colombiano. La protagonista de mi libro es una mujer que está del lado de los guerrilleros.

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¿Qué hay de cierto en que el presidente Belisario Betancur, también escritor, se encerró en su palacio a leer poesía mientras afuera ocurría el holocausto?

Eso hace parte del mito. Pero en medio de todo hay elementos que sí son ciertos. Era un presidente poeta, traductor de Cavafis, con un recorrido intelectual como pocos, tenía la tradición de la retórica y la élite ilustrada. Tiene sentido entonces alimentar esa leyenda del poeta que se encierra a leer poesía. Yo no me imagino cómo Belisario pudo asumir eso, él perdió todo el protagonismo mientras los militares pronunciaban la célebre frase de que había que “salvar la democracia”.

Nos quedó faltando esa versión, el libro que dicen que escribió Belisario sobre el hecho…

Nada raro que lo haya escrito. Siempre tuve consideración por él, siempre me llamó mucho la atención su prudencia, su mesura para responder a los ataques. Incluso en el momento de mayor ataque por parte de los medios y todos los sectores, de las familias de los desaparecidos, que le exigían una responsabilidad como presidente, me llamó la atención esa prudencia.

¿El Palacio sería la gran metáfora de esa época?

Si, y además sucede exactamente en la mitad de la década, en 1985. Es el pilar del desastre. Un desastre que se puede recorrer durante todos los años ochenta. El Palacio es una cantera de historias, uno de esos pocos hitos que constituyen una memoria con múltiples miradas, como sucedió con la muerte de Gaitán o con la masacre de las bananeras. Esas múltiples miradas son el aporte de la literatura a esa verdad.

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