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Excomandante de las Farc y militar retirado dirigen la reconciliación en Cali

Gustavo Arbeláez, antiguo comandante del Frente Urbano Manuel Cepeda y uno de los autores del secuestro de los 12 diputados del Valle en 2002, hoy trabaja de la mano con Danis Rentería, quien llegó a ser sargento primero del Ejército y persiguió a ese frente en la capital del Valle.

Sebastián Forero Rueda
13 de diciembre de 2020 - 02:30 a. m.
Danis Rentería (izquierda) estuvo 24 años en el Ejército Nacional, en la carrera de suboficial, y Gustavo Arbeláez (derecha) estuvo más de 30 en las antiguas Farc. / Mauricio García - Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana de Cali
Danis Rentería (izquierda) estuvo 24 años en el Ejército Nacional, en la carrera de suboficial, y Gustavo Arbeláez (derecha) estuvo más de 30 en las antiguas Farc. / Mauricio García - Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana de Cali
Foto: Mauricio García - Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana de Cali

El 21 de septiembre pasado, durante las movilizaciones convocadas en todo el país por distintos sectores sociales, en Cali hubo un particular grupo de personas que se encargó de verificar el respeto a la protesta social y a los derechos humanos. 25 hombres y mujeres, que portaban chalecos y cascos azules, ‘patrullaron’ las calles y mediaron entre los manifestantes y la Fuerza Pública. Aunque esa fue su primera aparición en la calle, en medios de comunicación fueron reseñados un mes después, cuando intervinieron en las marchas del 21 de octubre. “Cascos azules acompañarán a los manifestantes en Cali”, titularon varios medios. Lo que pasó desapercibido en ese momento es que quien iba a la cabeza de ese equipo era Gustavo Arbeláez Cardona o Santiago Cepeda, como lo conocieron en la guerra, antiguo comandante del Frente Urbano Manuel Cepeda Vargas de las antiguas Farc, que por décadas operó precisamente en la capital del Valle del Cauca.

El día que esa estructura guerrillera, junto con el frente 30 y el Bloque Móvil Arturo Ruiz, entró a la ciudad con el objetivo de secuestrar a los diputados del Valle, el 11 de abril de 2002, Santiago Cepeda iba al mando de una de las cuadrillas que participó en la operación. Ese día, 18 guerrilleros de las Farc entraron vestidos como soldados del Batallón Primero de Numancia del Ejército Nacional y otros 11, como Policías Antinarcóticos. Cepeda fue quien dirigió la supuesta unidad Antinarcóticos y uno de los ‘cerebros’ del falso operativo antiexplosivos con el que buscaban raptar a los políticos.

Poco a poco se ha ido conociendo la verdad de este secuestro. Justo la semana pasada, Héctor Julio Villarraga, conocido como Grillo y quien fue el encargado de la custodia de los diputados durante su cautiverio, dio su versión sobre ese caso a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Allí reconoció que fue un error de comunicación entre tropas de las Farc lo que derivó en el asesinato de 11 diputados. La otra parte de la historia, lo que ocurrió desde que se ideó ese plan, la tiene Santiago Cepeda, porque el comandante del Frente Manuel Cepeda para la época y primero al mando de la operación del plagio fue “dado de baja” por el Ejército en 2007.

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Según Cepeda, la orden del secuestro la dio el comandante Alfonso Cano. En la etapa crítica de los diálogos de paz del Caguán, entre las Farc y el gobierno Pastrana, Cano le ordenó a esa estructura urbana que pensaran cómo capturar a dirigentes políticos y así tener un margen de maniobra para negociar la libertad de prisioneros de la guerrilla. El Frente le llevó tres propuestas: secuestrar al general comandante de la Policía Metropolitana de Cali, tomarse a un club que frecuentaban altos empresarios y dirigentes políticos o raptar a los diputados de la Asamblea del Valle. Cano optó por esta última por el poderío que demostraría. “A nosotros se nos dice ‘trabajen esa acción y en caso de rompimiento de los diálogos, la autorizamos’”, dice Cepeda. En febrero se rompió la mesa y el plan se ejecutó en abril.

El día del secuestro, la falsa caravana entró a Cali por Cristo Rey. Estaba integrada por una buseta blanca polarizada; un camión NPR, en el que iban los guerrilleros vestidos de militares y otros con chalecos de prensa que acompañarían el supuesto operativo antiexplosivos; una camioneta Dimax doble cabina, en la que iban los supuestos agentes antinarcóticos, y dos motos con supuestos miembros del Ejército. Mientras los falsos militares entraban a la Asamblea, los antinarcóticos instalarían un retén en la calle aledaña para “dar un ambiente de normalidad” y apoyar en cualquier contratiempo que tuviera la operación.

“El secreto de esa acción, además de la sorpresa, fue la labor que se hizo con el personal para que actuaran como Fuerza Pública: trabajamos el lenguaje, las expresiones; nosotros decimos ‘camarada’, ‘compañero’, y ellos usan ‘curso’, ‘lancero’, ‘comando’. También la forma de portar el arma: ellos la portan con el cañón hacia arriba, nosotros con la boquilla hacia el frente”, detalla el antiguo comandante. De tal envergadura fue el engaño, que incluso cuando la caravana bajaba de Cristo Rey, por azar se encontraron dos policías motorizados que se fueron delante de la caravana, pitando y abriéndoles paso.

Mientras los antinarcóticos permanecieron en el retén, el otro grupo ingresó a la Asamblea. Con la amenaza de que había una bomba, desalojó el recinto y aseguró que para los diputados había un vehículo especial. Los guerrilleros lograron llevarse a 12 de ellos. “Si hubieran estado los 21, a los 21 nos hubiéramos llevado”, advierte. Una vez hecha la extracción, levantaron el retén y salieron por una vía alterna cerca al zoológico municipal que conduce hacia los Farallones, en la parte alta de Cali. Llegaron hasta Peñas Blancas y allí filtraron a los retenidos, pues con los diputados también se subieron secretarios y otros funcionarios que en ese punto dejaron en libertad. Esa estructura permaneció con ellos 15 días, y luego otro grupo los transportó hasta Buenaventura, donde fueron entregados a Grillo.

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Por ese hecho, Santiago Cepeda ha rendido versiones voluntarias en la JEP y ha acudido a la Comisión de la Verdad. Pero hoy tiene otra historia para contar. Cuando Jorge Iván Ospina fue electo como alcalde de Cali, lo llamó porque quería que un exmiembro de las Farc hiciera parte de su Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana. Allí mismo le contó la otra parte de este relato: quien presidiría esa secretaría sería un suboficial retirado del Ejército y víctima del conflicto, Danis Rentería.

Rentería es un chocoano nacido en la cuenca del río Bebará, que luego de terminar el bachillerato se unió al Ejército Nacional, en la escuela de suboficiales de Tolemaida. Durante sus 24 años de carrera militar, estuvo en Putumayo, Huila, Antioquia, Arauca, Valle del Cauca y Caquetá. En este último departamento, en medio de una emboscada de las Farc, fue herido en combate en su pierna izquierda, centímetros arriba de la rodilla. Pero eso no le impidió continuar con su carrera. Se graduó como abogado de la Universidad San Buenaventura y después hizo una maestría en Derechos Humanos y Cultura de Paz, y un doctorado en Educación. También fue deportista de alto rendimiento: por más de 10 años fue Selección Colombia de Lucha Olímpica y compitió en juegos panamericanos, bolivarianos y en varios mundiales.

En su carrera como suboficial del Ejército llegó a ser sargento primero, el penúltimo escalón para un suboficial. Cuando estaba a punto de llegar a ser sargento mayor, decidió retirarse en 2010 porque quería ser concejal de Cali. “Junto con mi familia tomé la decisión de retirarme, ya estaba pensionado, y arrancamos el proyecto político”. El 30 de octubre de 2011 lo logró y alcanzó un asiento en el Concejo.

Del Concejo de Cali salió para Coldeportes, donde fungió como director de Fomento y Desarrollo Deportivo y promovió las escuelas deportivas para la paz. El año pasado se lanzó como candidato a la Alcaldía de Cali por el partido cristiano Colombia Justa Libres. “Soy un hombre cristiano”, afirma sin dubitaciones. Su rival Jorge Iván Ospina salió elegido y meses después lo llamó para proponerle que liderara la secretaría de Paz y Cultura Ciudadana. También le informó que trabajaría al lado del exjefe guerrillero.

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Para el exsuboficial, Santiago Cepeda no era un nombre desconocido. “En todo el mapa de guerra, Santiago estaba ahí como uno de los cabecillas del frente urbano de las Farc aquí en el Valle. Siempre cuando yo salía a hacer operaciones en la parte alta en los Farallones Santiago era referencia”, recuerda hoy Danis Rentería. Al exjefe guerrillero se le había propuesto inicialmente liderar la subsecretaría de Derechos Humanos y Construcción de Paz, pero tuvo que ser descartado porque no tiene un título profesional. Cursó hasta quinto semestre de Sociología en la Universidad del Valle y en 1985 se fue para las filas de las Farc. Además, en 2008 cayó preso y solo volvió a salir en 2017, después de que se firmó el Acuerdo de paz. Entonces, fue a Nataly González Arce, quien durante el conflicto hizo parte de la insurgencia en su organización política clandestina (no empuñó un arma) a quien nombraron en esa subsecretaría.

En esa oficina también trabaja hoy el excoronel Omar Pedraza, jefe del área administrativa, con quien Cepeda ha cruzado viejas anécdotas de guerra. “Cuando nos conocimos él me preguntó:

— ¿Usted es Santiago Cepeda, el de los diputados, el de las Farc?

— Sí — le respondí.

— ¿Usted sí sabía que por su culpa yo me gané un regaño de mi general Canal (comandante de la tercera brigada del Ejército)?

— ¿Por qué?

— Cuando ustedes se metieron a la Asamblea como Batallón Primero de Numancia, yo era el comandante de ese batallón y me llama mi general a preguntarme dónde estaba. Yo le dije que por el Cauca, en Mondomo, con todo el personal. Él me respondió: ‘Pues póngase las pilas, gran huevón, porque aquí veo una gente que se metió a la Asamblea a nombre de su unidad y haga el favor y averigua cómo carajos hizo esa gente para conseguir todos los distintivos de su unidad’”.

“Cada uno por su lado lo asumió con convicción, equivocado o no, pero eso fue así. Ya hoy miramos quiénes eran los muertos, los detenidos, era gente del pueblito, ahí no había ningún hijo de un general o de un industrial o de un empresario en la línea de combate”, dice Gustavo Arbeláez, quien retomó su nombre de pila tras el Acuerdo de Paz.

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Danis Rentería, por su parte, sostiene que “no solamente es mostrar que personas que estuvimos en el conflicto ahora estamos ahí, sino que sí estamos trabajando por la reconciliación. Durante la construcción del Plan de Desarrollo, empezamos a hacer recorridos por universidades, colegios, y en esos espacios exponíamos nuestras experiencias de vida y por qué estábamos en ese espacio de gobernabilidad”.

Quienes fueron antagonistas en la guerra y parados en orillas políticas distintas ahora ayudan a conciliar posiciones opuestas en las confrontaciones que se dan en la ciudad. Rentería explica cómo han usado esa relación y sus propias experiencias para convencer a los demás: “Nosotros le decimos a la gente ‘mire, si nosotros hace más de 10 años nos perseguíamos para matarnos y nos dábamos bala, y pudimos reconciliarnos de verdad y pudimos hacer un equipo de trabajo, cómo no se puede reconciliar la familia, cómo no se pueden reconciliar los vecinos, cómo no nos podemos reconciliar como sociedad”, argumenta.

Él, por ejemplo, siendo cristiano es crítico hoy del papel que jugaron algunas iglesias cristianas en el plebiscito por la paz, en 2016. “En ese momento faltó tiempo para hacer pedagogía sobre lo que significaba lo que estaba firmando el Gobierno con las Farc, y como había tanta desinformación algunas iglesias optaron por el No, pero no significa que el pueblo cristiano no busque la paz, de hecho, todo lo contrario”, sostiene.

Él fue quien, desde el 21 de enero, cuando hubo la primera movilización este año en Cali, empezó a gestar la idea de los cascos azules. “Ahí pudimos dialogar con la gente y la gente nos escuchaba, tomaba en cuenta nuestras recomendaciones y de ahí me surge la idea”. Se reunió con Nataly González y Gustavo Arbeláez y les propuso especializar un grupo de hombres y mujeres y capacitarlo en mediación y, para distinguirlo, que portaran chalecos y cascos azules, como el equipo de personal que utiliza Naciones Unidas en las misiones de paz.

El éxito del experimento se probó desde el 21 de septiembre, cuando salieron a las calles por primera vez. Gustavo, que estuvo allí, describe tres momentos en los que la mediación de ese equipo evitó que la manifestación escalara violentamente. “El primero fue cuando esa marcha nocturna que era fundamentalmente de la Universidad del Valle, se iba a tomar una vía principal, cerca al paso a una estación de servicio de transporte masivo y la Fuerza Pública no iba a permitir eso. Nosotros hablamos con la Fuerza Pública, ellos ya sabían de nosotros, y nos dijeron ‘si ustedes están ahí, se comprometen a que no va a pasar nada, nosotros autorizamos’. Y así fue y la marcha pasó sin problemas”.

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El segundo momento fue más adelante, cuando la marcha iba pasando por en frente de la estación de la Sijin y “había una intencionalidad de los manifestantes de vandalizar ese edificio”. Los cascos azules, junto con otros organismos de DD.HH. hicieron un cordón humano y la marcha tuvo que seguir su camino. Y el último fue cuando al final de la jornada hubo confrontaciones entre manifestantes y uniformados y 29 personas fueron detenidas. El equipo liderado por Gustavo permaneció allí hasta las 2:00 a.m., buscando que todas fueran dejadas en libertad. “Conclusión: el equipo buscó que se garantizara el derecho a la protesta social y se defendió la integridad tanto de manifestantes como de Fuerza Pública”, resume Gustavo.

Él y Nataly González no son los únicos exintegrantes de las Farc que hacen parte de la secretaría de Paz de Cali. Hay por lo menos otras cinco personas que hoy son funcionarios de esa entidad, a la que además pertenece también Rubiel Muñoz, exalcalde de Dagua y exdiputado del Valle secuestrado por el Eln. Del grupo de los 25 ‘cascos azules’ que hoy garantizan el derecho a la protesta social en Cali y median entre manifestantes y Fuerza Pública, cinco pertenecieron a la guerrilla.

Danis Rentería y Gustavo Arbeláez no tienen hoy una relación distinta a la que puede existir entre otro secretario de gobierno y su ‘mano derecha’. Básicamente, en eso se ha convertido Gustavo para el secretario de paz y hoy los ven en la ciudad juntos para arriba y para abajo. Si alguna de las cabezas de las dos subsecretarías no está (la de derechos humanos y construcción de paz y la de prevención y cultura ciudadana), es Gustavo quien asume ese liderazgo. Hoy las correrías que se hicieron el uno al otro en el Cauca o en la zona rural de Buenaventura, si salen en una que otra conversación “ya hacen parte del campo de las anécdotas”, sentencia Gustavo.

Sebastián Forero Rueda

Por Sebastián Forero Rueda

Periodista y politólogo de la Universidad Javeriana, con experiencia en cubrimiento de temas de paz, conflicto armado, derechos humanos y economía de la coca.@SebastianForerrsforero@elespectador.com

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