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La caravana humanitaria en Catatumbo atendió a 1.400 personas: así fue la visita

Durante cinco días, la organización Vivamos Humanos lideró una misión humanitaria en Tibú. El confinamiento, el control y el miedo siguen marcando la vida de las comunidades.

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Redacción Colombia +20
31 de marzo de 2026 - 01:37 a. m.
La organización Vivamos Humanos lideró una misión humanitaria entre el 24 de 28 de marzo a Tibú.
La organización Vivamos Humanos lideró una misión humanitaria entre el 24 de 28 de marzo a Tibú.
Foto: Vivamos Humanos
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Las banderas blancas que ondeaban desde las camionetas rompieron, por unas horas, la lógica de la guerra en el Catatumbo.

La misión humanitaria, liderada por Vivamos Humanos y realizada entre el 24 y el 28 de marzo, llegó hasta Tibú, un territorio disputado por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Frente 33 de las disidencias de las FARC, donde la población civil está atrapada desde enero de 2025 entre el desplazamiento, el confinamiento y el miedo.

Entrar al territorio no era un trámite menor. Organizar la caravana implicó garantizar condiciones de seguridad, articular 22 entidades –entre instituciones nacionales e internacionales– y movilizar a una población paralizada por el temor. Aun así, la gente llegó. La misión recorrió Campo Seis, Bertrania, Versalles y el kilómetro 25 y atendió a más 1.400 personas. Esa asistencia fue, en sí misma, una forma de romper el encierro.

Para Lina Mejía, coordinadora de Derechos Humanos y DIH de Vivamos Humanos, durante los cinco días de recorrido hubo una imagen que resumió no solo el sentido de la caravana, sino la crueldad de una guerra que golpea de frente a las comunidades: las de los niños que por un momento experimentaron la tranquilidad de jugar en el parque; uno que la propia comunidad había construido con sus manos. Las minas, las confrontaciones, los drones que sobrevuelan la zona semana tras semana hacían de ese espacio un lugar prohibido.

El miedo está tan enquistado en la gente que ni siquiera pueden permitirse que los niños salgan a un parque que ellos mismos construyeron. Yo creo que eso es bastante diciente y bastante complejo frente a la realidad que afronta la gente a nivel territorial. Creo que eso es también un llamado de atención porque es muy difícil poder entender desde otros lugares que no sea en el que están las comunidades cómo es que se vive el conflicto, cómo es que existe tanta zozobra que no se deja salir ni siquiera a jugar a los niños por temor a lo que pueda pasar algo”, dijo Mejía a Colombia+20.

Confinamiento, control y miedo: las otras violencias que cercan a las comunidades

Las cifras confirman esa degradación de la situación humanitaria. Según el reporte de Vivamos Humanos, más de 99.000 personas han sido desplazadas forzadamente desde enero de 2025, el equivalente a llenar dos veces y media el estadio General Santander de Cúcuta. También se registraron al menos 170 homicidios y cinco personas desaparecidas.

Otras 600 personas permanecen confinadas hoy, y más de 30.000 han vivido ese encierro en algún momento de la crisis.

Pero el confinamiento no siempre responde a una orden directa de los grupos armados ilegales. También opera como una forma de autoprotección. “Se encuentra uno con las comunidades confinadas por temor. Eso es importante tenerlo en cuenta. La comunidad dice ‘no, nosotros de aquí preferimos no salir porque si vamos a la vereda siguiente y nos encontramos con un combate, nos detienen’”, señaló Holmer Pérez de la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat) durante la rueda de prensa que se realizó al cierre de la visita, el sábado 28, desde Cúcuta.

Ese miedo regula la vida cotidiana. Define por dónde se puede transitar, cuándo salir y con quién hablar. El control, además, se extiende a la comunicación: hay revisiones de celulares y restricciones informales para compartir información. “Hay miedo incluso de estar en grupos de WhatsApp o de contar lo que ocurre”, añadió Pérez. El resultado es un aislamiento que no solo es físico, sino también informativo.

Ese encierro ha profundizado otras afectaciones. La educación sigue siendo intermitente en varias zonas del Catatumbo, donde la desescolarización persiste por el temor y las restricciones de movilidad.

Todavía vemos la desescolarización, si bien ha podido iniciar algunos ciclos escolares en algunos lugares, donde no se habían podido iniciar el año pasado, lo cierto es que aún persiste esta problemática”, señaló Mejía.

Otro de los problemas que persisten es el retorno de las personas que fueron desplazadas.

No se ha podido realizar o los pocos que han retornado la han hecho sin garantías finalmente porque pues no hay condiciones materiales y de seguridad que permitan eventualmente el retorno. Incluso, se está hablando de otro tipo de escenarios que no necesariamente es este espectro del retorno, porque es demasiado complicado en este momento”, señaló Mejía.

Una sensación de desesperanza

La caravana humanitaria encontró algo más que necesidades urgentes, una sensación extendida de que nada va a cambiar. Quienes viven en medio de la disputa entre el Frente 33 y el ELN hablan de una guerra sin pausa, de un tiempo que no avanza.

“Hay un sentimiento generalizado de zozobra. Las condiciones en salud mental no mejoran y está muy arraigada la idea de que esto va a seguir así, que no va a cambiar. La gente se pregunta cuánto tiempo más va a tener que esperar", señaló Mejía.

Esa percepción también atraviesa a los más pequeños. Durante la misión, los testimonios de madres y niños apuntaban en la misma dirección: crecer en medio del conflicto se ha vuelto parte de lo cotidiano.

“Nos decían: ya estamos acostumbradas, esto para nosotros no es extraño”, contaron desde la Asociación Madres del Catatumbo por la Paz al cierre de la visita.

Cuando la caravana se fue, la lógica de la guerra volvió a imponerse.

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