4 May 2022 - 5:22 p. m.

Líder zenú, primer colombiano en presidir foro de la ONU sobre asuntos indígenas

Darío Mejía Montalvo es el nuevo presidente del Foro Permanente de Naciones Unidas para Asuntos Indígenas. Dice que priorizará en la agenda mundial que se detenga la matanza de indígenas en Colombia.
Valentina Parada Lugo

Valentina Parada Lugo

Periodista Colombia 2020
Darío Mejía Montalvo lleva dos años en el Foro Permanente de Asuntos Índígenas. / Foro Permanente de  Asuntos Indígenas de la ONU.
Darío Mejía Montalvo lleva dos años en el Foro Permanente de Asuntos Índígenas. / Foro Permanente de Asuntos Indígenas de la ONU.

El día que Darío José Mejía Montalvo, a sus 17 años, salió del resguardo indígena San Andrés de Sotavento (Córdoba) hacia Bogotá por primera vez, fue para mudarse a estudiar ciencia política en la Universidad Nacional de Colombia.

Sus padres no habían ni siquiera soñado con la posibilidad de que su hijo fuera profesional. Recuerda que ese día empacó sus pertenencias en sacos de arroz y su familia le guardó en esa maleta improvisada algunas yucas y plátanos para el camino. Llegó a la capital junto a dos amigos de su edad sin tener un lugar para vivir. Se toparon con una familia indígena que les ofreció hospedaje por un tiempo y, cinco años después, se convirtió en el primer profesional de su familia.

Darío es indígena zenú, tiene 41 años y la voz serena y tímida. Señala que poco le gusta hablar de sí mismo y que esta es una de las conversaciones en las que más se ha “confesado”. Habla desde Nueva York -a más de 3.500 kilómetros de su resguardo ubicado entre los departamentos de Córdoba y Sucre-, la gran ciudad desde donde ahora tiene su oficina justo en el edificio de las Naciones Unidas. Darío es el recién posesionado presidente del Foro Permanente de la ONU para Asuntos Indígenas. Es el primer colombiano en ocupar este cargo y el segundo en integrar el Foro desde su creación, hace 20 años.

El mandato del Foro es también la ley de vida de Darío: mejorar la calidad de vida de los pueblos indígenas en el mundo, en este caso asesorando a la ONU y a través de la interlocución directa con mandatarios de todos los países. Esa labor, cuenta, la admiró desde que estaba en cuarto semestre de la universidad, cuando comenzaron a sonar los cargos de relatores especiales de asuntos étnicos. “Empecé a admirar mucho a Rodolfo Stavenhagen, que fue relator de la ONU. Me parecía un señor muy interesante y comencé a sentir mucho amor por estos temas y por esos mecanismos”, asegura. Dice que está convencido de que, aunque conoce de cerca los mecanismos de participación política en Colombia, no quisiera nunca llegar a un cargo de ese tipo aquí.

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La educación ha sido su norte, pero también su proyecto de vida. Recuerda que en sus primeros días de universidad en la capital fueron unos de los más difíciles en su vida, porque, a pesar de haber sido el mejor Icfes de San Andrés de Sotavento, sentía que no estaba al mismo nivel de quienes habían estudiado en ciudades más grandes. “El nivel educativo que uno trae del campo no es el mismo, así sea la misma educación pública. Mi relación con estudiantes de otras partes del país era complicada, yo estaba completamente perdido en las clases. Me sostuve, no perdí materias, pero no fue fácil”.

Lo asegura entre risas, porque cuenta que no fueron solamente los desafíos educativos, sino también los sociales para adaptarse a una ciudad que tiene casi 150 veces más población que la de San Andrés de Sotavento. En su municipio no tenía que preocuparse por cuidar su bicicleta cuando se transportaba en ella. En Bogotá, por el contrario, se la robaron dos veces en cinco años. Nunca aprendió a ser desconfiado, antipático y jamás pudo entender la cuestionada frase de la “malicia indígena”, que a veces pareciera querer volverse un principio de vida en una cultura urbana que normalizó la inhumanidad.

Su nobleza y don de gente los heredó de su familia y de la humildad propia de los campesinos. Su papá lo sacó adelante con sus cultivos de pancoger, mientras su madre prensaba la caña-flecha para hacer artesanías. Desde pequeño quiso estudiar las leyes, pero terminó estudiando la política por un consejo que le dio su padre desde sus 16 años. “Yo le decía a mi papá que quería estudiar Derecho. Obviamente él no podía financiar mis estudios, pero siempre me dijo que una de las cosas que más le daba temor, conociéndome, era que si yo estudiaba Derecho, por ser tan correcto en mis cosas, alguien quisiera dañarme”.

A pesar de que la mayoría de sus proyectos han sido políticos, señala que nunca quiso llegar a ser gobernador indígena, ni alcalde y menos congresista de la República. “Me llamaba la atención poder trabajar con la Organización de Naciones Unidas, por el carácter vinculante que tiene para transformar el mundo”, asevera, con la convicción de que está en el lugar indicado desde donde está luchando por los indígenas en Colombia, pero también por el resto de pueblos étnicos del mundo. El primer trabajo de Darío Mejía fue como consejero suplente de la Organización Nacional Indígena de Colombia a sus 18 años. Durante algunos meses trabajó por el ordenamiento territorial de los indígenas en el país.

Luego, llegó a ser uno de los consejeros principales de esta organización, justo antes de llegar al Foro Permanente, que es una de las más importantes instancias en el mundo sobre asuntos étnicos.

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Su trabajo en la ONIC no fue menor: fue parte del equipo de trabajo de la Minga Indígena en 2013 que se sentó a concertar con el entonces presidente Juan Manuel Santos el decreto 1953, que fue la norma que permitió poner en funcionamiento los territorios indígenas en función de sus sistemas de gobierno propios.

En ese mismo cargo también participó en la formulación del Sistema Educativo Indígena Propio y fue una de las personas que impulsó la inclusión del enfoque étnico en el Acuerdo de Paz.

Darío es uno de los dos representantes indígenas de Latinoamérica en el Foro Permanente junto a Freddy Condo Riveros, un líder indígena de Bolivia. Ambos fueron elegidos en 2020 por el Consejo Económico y Social de la ONU (Ecoscoc), entre 48 candidatos de la región, que representan a los más de 800 pueblos indígenas que hay en América Latina. Su labor consiste en analizar las complejas realidades de las comunidades indígenas en el mundo y plantearlas precisamente ante esa instancia que los eligió, donde también emiten recomendaciones para solventar las crisis que viven estas poblaciones.

El Foro Permanente lo integran 16 representantes indígenas de todo el mundo, y ellos eligieron a Darío Mejía como presidente para esta vigencia.

Darío tiene al país y a la región en la cabeza. Conoce de cerca la realidad de los pueblos indígenas en América Latina y ha llevado varias discusiones hasta el Foro de Asuntos Étnicos. En su más reciente informe, entregado al Ecosoc, hizo más de 70 recomendaciones sobre lo que deben hacer los países para preservar los derechos de los pueblos étnicos en medio de los problemas energéticos globales. Pidió que no siguieran las injusticias con los pueblos indígenas frente a la relación con los combustibles en los territorios ancestrales.

“El exterminio contra los indígenas en nuestro país es algo que no pasa en esa dimensión en otras partes del mundo”.

Aunque las complejidades de todos los pueblos indígenas en la región son similares, reconoce que la realidad de los indígenas en Colombia tiene particularidades difíciles de dimensionar en el mundo. “El exterminio contra los indígenas en nuestro país es algo que no pasa en esa dimensión en otras partes del mundo. Es lo que más me preocupa personalmente”. Pero también habla de la necesidad de impulsar la sustitución de cultivos ilícitos y de las medidas de justicia social con pueblos indígenas en zonas PDET. “Pensarse los problemas de los indígenas a escala global pasa por dimensionar todo lo que pasa en Colombia”. Si Darío pudiera resumir su trabajo en una frase, seguro sería esa.

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