25 Jul 2020 - 2:00 a. m.

Matronas del Atlántico preservan la tradición en medio de la pandemia

Los cuatro festivales gastronómicos que se celebran en ese departamento este año son virtuales. En el Festival de la Arepa de Huevo y el Festival del Pastel, las hacedoras lograron recaudar más de $130 millones en ventas.
Martín Elías Pacheco

Martín Elías Pacheco

Periodista Colombia
Desde 2016, la arepa de huevo cuenta con un Plan Especial de Salvaguardia.
Desde 2016, la arepa de huevo cuenta con un Plan Especial de Salvaguardia.

En Colombia pareciera que hay ferias y fiestas en un pueblo distinto cada fin de semana del año. Y aunque unas son más conocidas y populares que otras, cada una revela un valor patrimonial y cultural que se ha mantenido por décadas en las regiones.

Por eso, en medio de la pandemia, muchas celebraciones han tenido que sortear las dificultades propias de la emergencia sanitaria para mantenerse a flote. En los pueblos la gente se resiste a renunciar a su tradición.

Es el caso de las más de 300 matronas que dan vida a los cuatro festivales gastronómicos que se desarrollan en Atlántico: el Festival de la Arepa de Huevo, el del Pastel, el de la Guayaba y el del Bollo. Este año la virtualidad ha sido la clave para mantener la herencia cultural. Gladis Alcázar es una matrona de Luruaco (Atlántico). Tiene 68 años, cuarenta de los cuales los ha dedicado al oficio de hacer arepas de huevo. Una tradición que se constituyó como el Festival de la Arepa de Huevo hace más de tres décadas. Este año, de manera virtual, se vendieron 8.500 arepas en un fin de semana, generando ingresos por el orden de $30 millones. “Fue un éxito. Agradecemos a todos los que nos prepararon para hacerlo virtual. Claro, no es igual porque la costumbre de nuestro pueblo es hacer un festejo en la plaza para compartir con coterráneos y turistas”, cuenta Alcázar.

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Desde 2016, la arepa de huevo cuenta con un Plan Especial de Salvaguardia, aprobado por el Consejo de Patrimonio de Atlántico, para preservar la tradición de las hacedoras. Por eso, en el marco del festival, que se realizó del 17 al 21 de julio, se dictaron talleres virtuales de cocina. Aprovechar la era de la virtualidad fue una propuesta de la Secretaría de Cultura con apoyo de entidades públicas y privadas. “Si no podemos ir a los festivales, que ellos vengan a nosotros. A partir de esa idea nace toda la estrategia de acompañamiento a las matronas, con la colaboración de las alcaldías municipales, el sector privado y el SENA”, detalla Marcela Dávila, secretaria de Cultura de Atlántico.

En Pital de Megua, un corregimiento de Baranoa (Atlántico), a 32 kilómetros de Barranquilla, se celebra el Festival del Pastel, que durante años ha sido la principal fuente de ingresos económicos para sus más de 2.000 habitantes. Corsina Llanos, por ejemplo, es una matrona hacedora de pasteles por herencia familiar. Hace diez años tiene su emprendimiento de ventas de pasteles con su hermana, siendo ese el sustento de su familia. “Con esto ganan todos: el que cría el cerdo, el pollo, la vaca, el que vende la leña. Es una cadena donde todos nos beneficiamos. Este año estábamos preocupados y no pensamos que tuviera tanta acogida, por el tema de la pandemia”, dice Llanos.

Debido a la demanda, este año el festival se extendió un fin de semana más. Fue la primera vez en los 28 años que lleva la tradición. Las matronas vendieron 10.000 pasteles, ventas que se traducen en aproximadamente $100 millones. “Con estos recursos se reactiva la economía de nuestras mujeres, campesinos y productores que participan en esta tradición gastronómica”, resalta la gobernadora de Atlántico, Elsa Noguera.

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Los pasteles se hicieron en una cocina que cumple con todos los protocolos de bioseguridad exigidos por la Secretaría de Salud. “Mi hermana, en 2015, presentó un proyecto de pasteles al fondo SENA Emprende y ganó. Con el estímulo nos acondicionaron la cocina que hoy nos beneficia”, cuenta Llanos.

El festival virtual se logró gracias a una alianza de la Gobernación de Atlántico y la aplicación de domicilios Rappi, en la que se creó el botón Sazón Atlántico, espacio virtual en el que se habilitan los productos durante la fecha de cada festival. Dicho botón permanecerá disponible los días que no hay festivales como una vitrina para visibilizar emprendimientos gastronómicos, como productos congelados, postres y galletas, entre otros productos de microempresarios.

Desde la Gobernación apoyan a las matronas con logística para la distribución de sus productos, que se reparten a través de Rappi en Barranquilla y con pedidos en preventa para los diferentes municipios. “Hay un grupo de matronas que son las que dan la cara y están trabajando todo el tiempo. En conjunto con el SENA les enseñamos todo el tema de estandarización de las recetas. Además, hacemos un control de pruebas covid para garantizar que todas estén negativas”, explica la secretaria de Cultura.

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En el municipio de Ponedera, tierra del Festival del Bollo, la virtualidad también llegó para sacar a flote la gastronomía. Así lo cuenta Luzminia Rúa, quien tiene 66 años y desde hace 55 está haciendo bollos. Ella es una de las 200 matronas que se están preparando para el festival, que se realizará del 31 de julio al 2 de agosto. “Hago bollos desde que tengo once años. Gracias a eso pude educar a mis cinco hijos. Estoy feliz porque este año seguiremos con la tradición, pero al tiempo me da nostalgia, porque por la pandemia no puedo salir. Mis hijas se encargarán de la distribución”, cuenta Rúa.

Asimismo, diez productores de guayaba, entre hombres y mujeres, de Palmar de Varela (Atlántico) se preparan para el Festival de la Guayaba, cuya tradición se celebra desde hace trece años. La última vez que dejaron de hacer los productos derivados de la guayaba fue en 2010, por el fenómeno de la Niña, cuando la temporada de lluvias causó afectaciones en cerca de 549 municipios del país. “Después de la pausa por el fenómeno de la Niña retomamos en 2018. Para este año tenemos un pedido de 2.000 bocadillos, unas 500 mermeladas y cien pudines”, detalla Karilis Pizarro, encargada de comprar la materia prima.

“En Palmar tenemos territorios solo para el cultivo de la guayaba. Hay quienes tienen media hectárea o una hectárea de cultivos, otros tenemos hasta cuatro hectáreas. En agosto aumenta la producción, siendo nuestra principal fuente de ingresos”, explica Alirio Bolaños, quien se dedica a los cultivos de guayaba desde hace 35 años. La fruta se vende por canastas de 24 kilos y su costo depende de la calidad: va de $20.000 hasta $40.000.

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